15 de diciembre de 2004

Aclaración

Parece que lo del sexo (ya he conseguido meter la palabrita en otro post para deleite de los buscadores) del post anterior funciona algo, así que ya seguiré con ello un día de estos (gracias de nuevo Kp). Pero ahora toca otra cosa, una pequeña aclaración.

He recibido alguna pregunta sobre el motto de este blog (siempre por la privada vía del email y nunca a través de los comentarios, que continúan vírgenes los pobres salvo las aportaciones de Kaperucita): Stultorum Infinitus est Numerus, y ya que el otro día afirmé, falsamente como se verá, que siempre citaba la traducción de la Biblia de Casiodoro de Reina de 1569, me referiré brevemente (espero, que a veces se me va la mano) un poco al mismo. Disculpen de nuevo la escasez de links.

La cita proviene del Eclesiastés (I, 15) y, traducida literalmente viene a decir, “El número de los necios es infinito”. Otra cuestión es qué he querido yo decir al ponerla ahí arriba. Eso forma parte de los deberes de mis lectores (pocos pero algunos hay).

Pero detrás de esta frase, como detrás de casi cualquier frase, hay una historia. Si uno busca en la Nova Vulgata, que algo se parecerá a las antiguas Biblias latinas , Eclesiastés I,15, encuentra lo siguiente:

Quod est curvum, rectum fieri non potest;
et, quod deficiens est, numerari non potest.

Fiel a la letra, Casiodoro de Reina había traducido: Lo torcido no se puede enderezar y lo falto no se puede contar. ¿Qué tiene que ver todo esto con el número de los necios? ¿Cómo ha podido transformarse esto en el número de los necios es infinito? Pues la cosa se debe a un solo individuo, San Jerónimo, autor de la célebre traducción latina de la Biblia conocida como Vulgata que pretendía acercar las escrituras al lenguaje llano (eso sí, en latín). No tomaré partido por ninguna hasta que acabe los cursos de hebreo y griego antiguos en los que todavía no me he matriculado (y después tampoco).

Esta versión de San Jerónimo alcanzó pronto gran difusión y pueden encontrarse restos de ella en prácticamente todas partes. Ya que todavía no ha empezado formalmente el centenario, me atrevo a seguir citando el Quijote a título de ejemplo:

Antes es al revés, que, como de “stultorum infinitus est numerus”, infinitos son los que han gustado de tal historia... (2ª Parte. Cap. III)

...por ver que es más el número de los simples que de los prudentes (1ª Parte, Cap. XLVIII)

En fin, que la frase es proverbial (y además cierta). Esta pequeña historia, sin alguna aportación de mi propia cosecha, la pueden encontrar en un libro muy recomendable; El que no lea este libro es un imbécil (Taurus, 2000), de Oliviero Ponte di Pino. Libro que no garantiza la sabiduría porque, como bien hace constar en su inicio no todos los que lean este libro no son imbéciles.

Lo cierto es que éste no es el único caso de traducción cuando menos “objetable” en las distintas Biblias. Seguro que ya han oído hablar de aquella vieja historia del camello y el ojo de la aguja del evangelio según San Mateo que, por lo visto, es muy probable que viniera a decir otra cosa bastante menos imaginativa.

Pues bien, vamos a ver qué tal queda el griego en un post: la palabra “camello” en griego es muy similar a otra que significa “cable, maroma, cuerda gruesa” (he intentado poner las palabras en griego pero la cosa no funciona bien). La traducción del amigo Casiodoro es: Mas os digo que más liviano trabajo es pasar un cable por el ojo de una aguja que el rico entrar en el Reino de Dios (Mateo, 19,24). Pero aún hay más: el propio Casiodoro en la palabra “cable” introduce una nota que literalmente dice: Una maroma de ancla. Otros: un camello. No deja de ser curioso que una de las imágenes más surrealistas y de más éxito de la literatura universal sea, con toda probabilidad, un error de traducción. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras: Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas son perfectas (Augusto Monterroso, La palabra mágica).

A ver si un día de estos dejo de citar la Biblia y el Quijote, que se van a formar ustedes una idea muy equivocada de mí.

P.D. No confundan a Juan Pérez de Pineda (c1500-1567), el que ayudó a Casiodoro en su traducción, con Juan de Pineda (1558-1637) el teólogo del que Sir Thomas Browne dijo que citaba “en una sóla obra más autores de los necesarios para todo un mundo” (Religio Medici, Libro I, Sec. 24) y al que, tristemente, estoy empezando a parecerme (intentaré limitarme en el futuro).