21 de diciembre de 2004

Ahíncos resfriados

Por alguna razón que se me escapa, parece ser que don Miguel de Cervantes Saavedra, hombre con poca mano izquierda, se interesó por los Diálogos de Amor de León Hebreo. Por esta razón, el capítulo XXIII de la primera parte del Quijote (sí, ése, el del centenario) incluye una explicación tan impropia de Cervantes como esta:

Sucedió pues, que como el amor en los mozos por la mayor parte no lo es, sino apetito, el cual como tiene por último fin el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba, y ha de volver atrás aquello que parecía amor, porque no puede pasar adelante del término que le puso naturaleza, el cual término no le puso a lo que es verdadero amor.

¿Entienden algo? No es fácil, pero con algo de atención y esfuerzo cabe suponer que quiere decir que calmado el apetito sexual se pierden las ganas y el interés por el otro. Quizá por eso Cervantes, el verdadero Cervantes sin adulterar, aclare el sentido de tan oscuras palabras diciendo, o mejor escribiendo a continuación:

Quiero decir que así como don Fernando gozó a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ahíncos.

¿A que con estas felices expresiones la cosa queda mucho más clara? Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida y centrémonos en la cuestión de fondo. ¿Será verdad que todo queda en un calentón? En el capítulo 36 del volumen quinto de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, encontramos esta idea expresada, si cabe, con mayor contundencia: Lo cual explica la afirmación de Aristóteles de que “quod omne animal post coitum est triste”. No me molestaré en traducirlo, es más que evidente.

Pues bien, un peluche arco iris, allá por noviembre de 2003, en una bitácora que merece la pena visitar, tuvo el sano criterio de traer la ciencia en nuestro auxilio:

Dormirse tras alcanzar el climax no es una señal de abandono, ni de falta de amor o descortesía, es una pura y dura reacción bioquímica que hace que se produzcan endorfinas, causantes de esa sensación de bienestar y relajación que, en la mayoría de las personas, es el preludio del sueño.

Así que la próxima vez que les echen en cara su falta de sensibilidad por quedarse dormidos tras los fuegos artificiales hablen de las endorfinas y, si la cosa no funciona, pasen al plan B explicando el terrible resfriado que sufren sus ahíncos.

Excusen los masoquistas la brevedad del post de hoy y disfrútela el Parquirri.

P.D. Si han llegado hasta aquí, les informo de que la cita de Aristóteles ciertamente se encuentra en el Tristram Shandy de Sterne, pero es falsa. Un día les cuento algunas de Aristóteles que sí son ciertas.