4 de diciembre de 2004

Bombas y códigos

Actualidad

Dice el inefable Otegui que de las explosiones de Madrid sólo puede concluirse que “el conflicto persiste”. Mira por donde voy a acabar estando de acuerdo con él. Este personaje tiene un conflicto persistente entre sus dos neuronas. En todo caso, como casi siempre, basta con sustituir la palabra “conflicto” por la palabra “ETA” o “grupo terrorista” para que las palabras de Otegui se transformen milagrosamente en proposiciones acertadamente descriptivas de la realidad. Entre otras perlas, parece que ha declarado lo siguiente a propósito de su “propuesta” (insisto, después de las bombas):

"Sería necesario que de manera pública o privada, con cámaras de televisión o discretamente, el resto de los agentes dijeran si comparten nuestra propuesta, o en qué sí y en qué no, y si comparten la necesidad de adquirir compromisos. Ese sería un buen inicio. Pero lo que nos está preocupando es que, ante esa posibilidad que hemos abierto, todo el mundo se dedica a asomar por la puerta para insultarnos".

Vamos a ver, “el·resto de los agentes” ha dejado muy clarito no sólo que no comparten la “propuesta”, sino que ni siquiera van a perder el tiempo en “asomar por la puerta” para insultarles (bueno, quizá algunos “agentes” han resultado algo tibios, pero esto no es noticia). En lo que sí están de acuerdo (espero) es en la necesidad de “adquirir el compromiso” de acabar con ETA antes de cualquier otra consideración.

Hace tiempo propuse una solución que creo no ha perdido vigencia para acabar con este problema: bastaría con editar en todos los informativos las intervenciones de esta gente (y no sólo me refiero a la extinta Batasuna, ponga cada uno la frontera donde le venga en gana) para añadirles carcajadas al estilo de lo que se hace en las sitcoms norteamericanas. ¿Se imaginan? Arzalluz, cabreado como siempre, declarando “esta democracia es de muy mala calidad” y después las risotadas. Ya sé que el terrorismo es trágico y no parece una medida muy adecuada ni respetuosa. Ya sé que en los tiempos que corren la “manipulación” no está muy bien vista (¿para qué tendremos manos?). Pero lo más urgente es informar por todos los medios de que las ideas del nacionalismo vasco no sólo no se sostienen, sino que ni siquiera pueden llamrse “ideas”. Más explicaciones otro día sin bombas.

Hallazgos

C.E. Shannon, en el artículo que inventó la criptografía moderna escribió It is clear that no finite key will give perfect secrecy (Communication Theory of Secrecy Systems, 1949). No se puede decir más claro aunque sí más literariamente. Por ejemplo, Javier Marías en Fiebre y Lanza (pág. 415) escribe: ...todos lo códigos son susceptibles de ser desentrañados un dia, después o antes, y no habrá ninguno secreto que lo sea eternamente.

Viene esto a cuento porque, parece que hoy en día no se puede escribir (o publicar, no sé por donde van los tiros) una novela sin códigos secretos. La cosa, obviamente, es otra de las perversas consecuencias del éxito de El Código da Vinci, sobre el que no pienso perder el tiempo (ni el mío ni el de quien, con peligro para su salud mental, lea este blog).

El asunto no es nuevo. Códigos secretos ha habido prácticamente desde que hay secretos, es decir, desde siempre. No podían faltar ni en la guerra ni en la literatura. Un ejemplo algo ingénuo está en el magnífico relato El escarabajo de oro, de Edgar Allan Poe (que nunca leyó a Shannon por problemas cronológicos; tampoco le hizo falta):

En el presente caso -y realmente en todos los casos de escritura secreta- la primera cuestión se refiere al lenguaje de la cifra, pues los principios de solución, en particular tratándose de cifras más sencillas, dependen de la índole peculiar de cada idioma y pueden ser modificados por éste. En general no hay otro medio para conseguir la solución que probar (guiándose por las probabilidades) con todas las lenguas conocidas, hasta econtrar la verdadera.

Pero lo cierto es que la primera cuestión es otra, tan obvia que casi da vergüenza escribirla. Recurro por ello a palabras ajenas: Hay una regla áurea para todo criptoanalisita o descifrador de códigos secretos, y es decir, que todo mensaje puede ser descifrado con tal de que se sepa que se trata de un mensaje (U. Eco, Seis paseos por los bosques narrativos).

Hace tiempo, y quienes han tenido ocasión de sufrirme en otros lugares lo saben bien, me encontré con un intrigante asunto, el manuscrito de Voynich. Un código indescifrado desde hace muchos siglos, de historia bastante más interesante que alguna que otra novelilla reciente. Cual sería mi desilusión al leer esto. Primera regla: saber que se trata de un mensaje (quizá convendría añadir “que merezca la pena conocer”).


Máxima

No apuestes por el "diálogo" antes de saber si éste es de sordos o de besugos.