4 de diciembre de 2004

Declaración de principios o principio

El Príncipe Saurau pensó alguna vez en qué ocurriría si se permitiera que toda ocurrencia repentina se transformase en idea. Tan alarmante ocurrencia (o idea) se ha aproximado mucho a la realidad gracias a los blogs. Éste no podía ser menos. Aquí no cabe esperar otra cosa que ocurrencias (de ahí las "Salidas" del título, véase la decimosexta acepción del diccionario RAE) con pretensiones no siempre fundadas de transformarse en ideas.

No hay, pues, muchas ambiciones en este blog. Sé, como don Quijote, que no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño (eran tiempos en que la palabra entendimiento nada tenía que ver con la homosexualidad y sí con otras prácticas que hoy parecen olvidadas). Por tanto, toda satisfacción que me proporcione es, por naturaleza, ilusoria. Tampoco pasa nada. Obras más grandes han caído. Ya lo señaló Borges: No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. ¿Cómo pretender algo con este divertimento?

Pero en fin, la cosa es que no sé cómo dar salida a tanta (o tan poca, ya veremos) ocurrencia. Ésto es más una terapia que una publicación. Peor que clamar en el desierto es clamar entre la muchedumbre. Si alguien me oye o no carece de importancia, pero si a alguien le aprovecha (o le indigna) me alegraré sobremanera.

Por último, una declaración: no soy, lo sé, quién para irrumpir como intruso en este teatro así que vayan aquí mis disculpas. Sólo puedo decir en mi descargo que mi psicólogo lo agradecerá.