26 de diciembre de 2004

Dándole a la corchea

Donde hay música no puede haber cosa mala (Quijote, 2ª Parte, Cap. XXIX, ya ven que todavía me atrevo a citar el Quijote, a lo largo de 2005 prometo referirme sólo al de Pierre Menard), pero no estoy muy seguro de que la afirmación sea muy cierta. Supongo que todo depende de lo que uno considere música (John Cage aparte, claro). Por mi parte no tengo claro si el tema de hoy es “musical” o no. Ustedes verán.

Si leen los comentarios del post anterior descubrirán una alarmante interpretación de lo que puede significar el éxito del cantante de los rizos de oro, que en adelante denominaré BisBaal. Algún día de estos, tras el correspondiente esfuerzo documental, habrá que continuar esa investigación. Pero, ya que ha salido por aquí este nuevo “ruiseñor”, trataré hoy algunos pequeños detalles que me llevan tiempo intrigando.

En efecto, desde el estreno en España de cierto indescriptible programa de televisión he intentado comprender, sin éxito, las razones de su elevada audiencia. Uno ha conocido demasiados restaurantes en los que nadie comería de haber visto su cocina y me temo que este programa es uno de ellos. Y sin embargo el éxito de esta operación parece residir justamente en eso, en mostrar la cocina, con sus miserias, sus ratones y cucarachas y sus cocineros cochambrosos; en mostrarle al público cómo se le engaña, .
cómo se fabrica un sucedáneo musical con los peores ingredientes y además vendérselo cómo rosquillas.

Además, según avanzaban las emisiones, otra duda surgía. Hasta entonces se venía pensando que todos los mercados tenían un punto de saturación, que es la forma técnica de referirse al viejo concepto de “hasta los cojones”, que a su vez es corolario del aún más viejo adagio filosófico que afirma que de todo se cansa uno, hasta de comer percebes. Pero el “punto de saturación” de éste no parecía llegar nunca (por lo que se ve y no se oye, al fin llegó, albricias). ¿Cómo era posible que tal multitud fuera capaz de adquirir semana tras semana discos clónicos y no dar muestras de agotamiento? Misterios todos estos que sin duda algún día requerirán la atención de sabios y filósofos de mayor ingenio y mejor criterio que quien esto firma para resolverlos.

Sin embargo, queda otro asuntillo que no acabo de entender. Supongo que no es importante pero aquí se lo planteo. ¿Se han preguntado alguna vez porque estos emisores de trinos y gorgoritos son incapaces de atender una entrevista sin ponerse a vociferar sus pretendidos éxitos? ¿Quién les ha dicho que ser cantante consiste en cantar a todas horas, aunque no venga a cuento? ¿Se los imaginan en su casa cantando “cariñoooo, se ha acabadooooo el butanoooo subidú subiduduá” o cosas similares? Pues bien, estas preguntas me han llevado a un descubrimiento sorprendente, y es que la primera edición de este programa tuvo lugar mucho antes de lo que imaginaba. De hecho Horacio ya tuvo ocasión de sufrirlo. Vean si no.

Todos los cantantes tienen este vicio: que entre amigos nunca tengan el ánimo presto a cantar si se les pide; nunca dejen de hacerlo si no se les manda (Sátiras, I, 3)

No sé ustedes pero yo me quedé perplejo al leerlo. ¿Habrá alguna vez algo nuevo bajo el sol? Extraigan ustedes la conclusión que quieran. La mía, terrible, es que para librarse de escuchar a este BisBaal sólo cabe hacerse su amigo (y no sé qué es peor).

Que tengan la fiesta en paz.

P.D. Ya que está de moda en la blogosfera, informo aquí de que escribí esto escuchando con total atención y detenimiento 4’33” de John Cage.