19 de diciembre de 2004

El problema de la polución

Prometí hace días que regresarían los temas eróticos (aunque no he podido resistir la tentación de utilizar un título equívoco para ver quien llega aquí desde los buscadores). Es hora de cumplir la palabra, aunque parcialmente porque no creo que la cosa vaya a quedar excesivamente erótica. Pues bien, vamos allá, hace unos días, leyendo a Montaigne (¿recuerdan?, aquel blogger del siglo XVI), encontré que, tratando sobre la fuerza de la imaginación (Essais, Lib. I, Cap. XXI) citaba a Lucrecio:

Ut quasi transactis saepe mnibus rebus profundant
Fluminis ingentes fluctus, vestemque cruentent


Que, según nota a pié de pagina, viene a ser “A menudo, como si hubieran consumado el acto, derraman su savia, manchando sus vestidos”. Por si a alguno de ustedes no le ha quedado claro, de lo que Lucrecio nos habla es de las poluciones nocturnas (¿ven?, la fuerza de la imaginación), pero antes de extenderme sobre este asunto permítanme una pequeña digresión.

Tito Lucrecio Caro, poeta latino, pasa por ser el expositor oficial de las doctrinas de Epicuro en su poema De rerum Natura (De la naturaleza de las cosas). Epicuro, Epi para los amigos así como Pascal es Blas, fue autor prolífico pero del que nos ha llegado muy poca cosa. (Eduardo Torres explica que, “en su afán de síntesis, la Antigüedad llegó a cultivar mucho el fragmento”), así que Lucrecio es la fuente más completa que poseemos (junto con las tres epístolas de Epicuro que Diógenes Laercio recogió en sus Vidas de los filósofos; si les interesan estas últimas y las van a usar para investigación y estudio la Universidad de Sevilla tiene una edición facsímilar de 1792 aquí: Tomo1, Tomo2, ojo que son casi 75 megas!).

En nombre de Epicuro se ha follado mucho aunque, en honor a la verdad, él nunca fue muy partidario del asunto. Más bien al contrario. De hecho llegó a escribir que “las relaciones sexuales jamás favorecen, y por contentos nos podemos dar si no perjudican”. Pero ni siquiera Epicuro estaba a salvo de lo que él denominaba “simulacros”, un concepto escurridizo que, para los efectos de esta chanfaina vamos a considerar simplemente como la fuente de las visiones del espíritu.

Volvamos a las poluciones, para lo que ampliaré el pasaje que recordaba Montaigne, según la traducción de Marchena de 1791 (por cierto, esta edición electrónica incluye las tres epístolas de Epicuro), para aclarar algo más el sentido del mismo.

Más los que sienten por la vez primera
la juventud lozana cuando el tiempo
el semen por los miembros desenvuelve,
se les ofrecen muchos simulacros
de cualquier cuerpo en sueños mensajeros
de un rostro hermoso, fresco y agraciado
que provocan el órgano atestado
de semilla abundante; y así como
hubieran penetrado muchas veces
el santuario del placer, arrojan
chorros de semen que los contaminan.
(De rerum natura, IV-1030-36)

De otro ilustre poeta latino, “cerdo de la piara de Epicuro” (si Monterroso lo homenajeó con estas palabras no soy quién para cambiarlas) y buen amigo de quien esto les escribe, tenemos constancia de que se vió afectado por este tipo de “ataques de imaginación” o “asaltos de simulacros”. Durante el viaje de Horacio a Brindisi acompañando a Mecenas (y buena parte del mismo en compañía de Virgilio), las cosas no le salieron como estaban planeadas, cosa de la que dejó constancia en una famosa sátira:

hic ego mendacem stultissimus usque puellam
ad mediam noctem exspecto; sommus tamen aufert
intentum Veneri. tum immundo somnia visu
nocturnam vestem maculan ventremque supinum
(Horacio, Sat. I,5, 82-85)

que traducida viene a ser lo siguiente

Aquí yo, tonto entre los tontos, espero a una moza mendaz
hasta la media noche; sin embargo, me llevó el sueño
dispuesto para Venus y obscenas fantasías oníricas
en decúbito supino me manchan el pijama y la tripa


Así que para tranquilidad de todos los que se vean en semejante trance, que sepan que se encuentran en compañía de hombres ilustres (tampoco es necesario que por ello se pongan a componer versos, basta con que se sientan acompañados de tan selecto grupo).

Se me ocurre que sólo hay una forma de librarse de estos peligros (bueno, en realidad hay dos, la otra es cumplir años en exceso). Por lo que se ve esto de los simulacros, estas imaginarias visiones provienen antes de la sugerencia que de la muestra. Es la sugerencia la que excita la imaginación y, en muchos casos puede conducir a engaño. Así, según Tomás Moro, los utópicos, “en la elección de cónyuge, siguen con toda seriedad una práctica que a nosotros nos parece muy extraña y ridícula. La prometida, ya sea virgen o viuda, es expuesta desnuda a los ojos del pretendiente por alguna matrona grave y honesta; a su vez el novio es presentado ante la muchacha, igualmente desnudo, por un hombre respetable. Y como nosotros censurásemos riendo tan absurda costumbre, admirábanse ellos, por su parte, de la necedad de otros pueblos que, mostrándose muy cautos al adquirir un caballo que, al fin y al cabo, cuesta poco dinero, rehusándose a comprarlo, aunque lo vean en cueros, si no se le quita la silla y despoja de todos sus arreos, no sea que bajo éstos se encubra alguna matadura, procedan con tanta ligereza en la elección de cónyuge, que puede llenar de solaz o pesar el resto de la vida” (Tomás Moro, Utopía). Entre nosotros, sin embargo, tan razonable práctica sólo se encuentra documentada en Sir William Roper, de Eltham.

Me explico, al hilo de ésto en las Brief Lives, de John Aubrey (1627-1697), concretamente en la de Tomás Moro, puede leerse: “En su Utopía se establece como ley que las parejas jóvenes deben verse el uno al otro completamente desnudos antes de casarse. Sir William Roper, de Eltham, en Kent, se presentó una mañana muy temprano a ver a Milord para pedirle en matrimonio a una de sus hijas. Ambas hijas de Milord se encontraban dormidas juntas en una cama en la recámara de su padre. Milord introdujo a Sir William en la recámara, y tomando la sábana por una esquina la levantó de pronto. Ellas estaban sobre sus espaldas con el camisón leventado a la altura de las axilas. Cuando despertaron se dieron vuelta inmediatamente y quedaron sobre sus barrigas. Dijo Roper: - He visto ambos lados- y pasándole la mano sobre las nalgas a una de ellas la escogió diciendo: Tú eres mía” (Trad. por Augusto Monterroso e incluído en su obra La vaca).

Lo que es seguro es que con estas historias que les he contado hoy, pocos simulacros se les van a aparecer en sus sueños (lo siento por Kp). Y escrito esto, como les anuncié, cojo el coche dispuesto a atravesar el país. Deséenme buen viaje.