20 de diciembre de 2004

Fenomenología del espíritu

Pues ya ven, aquí me tienen. Escribiendo desde la capital del reino (no está claro si es nación o estado, pero reino seguro que lo es). Y, como pueden comprobar, sigo aficionado a despistar, al menos con los títulos, a todos aquellos que busquen cualquier cosa menos ésta en los buscadores. No se asusten, los mas fieles (son minoría pero existen) ya sospecharán que no voy a hablarles de Hegel, aquel alemán con cara de caballo empeñado en decir que no a todo para que las cosas avancen. Efectivamente, el espíritu que traigo aquí a colación es otro muy diferente. ¿Recuerdan mi resaca del otro día? Pues por ahí van los tiros (aunque más optimistas).


El alcohol, de acuerdo con Paracelso, es el espíritu del vino, razón por la cual las bebidas alcohólicas se conocen como espirituosas. Se trata de un principio del que se conocen multitud de beneficiosas propiedades (Fecundi calices quem non fecere disertum; La abundancia de copas ¿A quién no hizo elocuente?; Horacio, Epístolas, I, 5, 19). Aunque también es cierto que el amigo Horacio nunca hubo de enfrentarse a la actual campaña de la Dirección General de Tráfico, ni se vio en situación de demostrar su elocuencia ante un número de la guardia civil provisto de su correspondiente y reglamentario soplamatic. Pero no conviene olvidar que Baco, el dios del vino, era también llamado Liber, el liberador. Por algo sería, ¿no creen? Esto lo han sabido unas cuantas mentes preclaras a lo largo de la historia, de las que me permitiré destacar la del ilustre opiófago que ya conocemos:

Cierto es que incluso el vino, hasta cierto punto y en ciertas personas, tiende más bien a exaltar y agilizar el intelecto; yo mismo, que nunca he sido un gran bebedor de vino, solía comprobar que media docena de vasos de vino afectaban ventajosamente mis facultades, agudizaban e intensificaban la conciencia y otorgaban a la mente un sentimiento de ser "ponderibus librata suis"; por consiguiente es absurdo decir, en el lenguaje popular, que su mente está nublada por el alcohol; todo lo contrario, la mayoría de las personas tienen una mente nublada por la sobriedad, y extremadamente nublada, y precisamente cuando están bebiendo ocurre que esas personas despliegan la verdadera naturaleza de su carácter. (Thomas de Quincey, Las confesiones…)

Y a mí, modestamente, me parece que quienes tienen la mente más que nublada por la sobriedad son precisamente los responsables de estas campañas de acoso y derribo que emanan del Ministerio del Interior. ¿Se han parado a pensar que, como esto siga así, bastará con pasar por delante de un bar que tenga la puerta abierta para dar positivo en un control de alcoholemia? ¿Acaso no debe considerarse un fracaso una campaña que realiza 10.000 controles de alcoholemia diarios en plenas fiestas navideñas si no encarcela al menos al 50% de la población? Porque todos sabemos que en estos días más de la mitad de los conductores que circulan darían positivo en un control.

Llegados a este punto, suele llegar la voz bienintencionada que insiste en que los conductores bebidos constituyen un riesgo público. ¡Pues claro que sí, vaya lince! Pero el quid (iba a escribir el “busilis”, búsquenla en el diccionario) está en que “bebidos” y “positivos en un control de alcoholemia” son cosas ligeramente distintas. La primera, algo subjetiva, depende de lo que uno beba; la segunda, completamente objetiva, depende de lo que decida un funcionario (o peor, alto cargo) del Ministerio del Interior. Y durante los últimos tiempos entre éstos parece haberse desatado una carrera por ver quién sitúa la tasa de alcohol en sangre permitida en niveles más bajos. ¿Creen ustedes realmente que por haberse tomado una caña (¡una sola caña!) sus capacidades se ven tan disminuidas? ¿No les parece más sensato dejarse de rebajar continuamente la tasa de alcoholemia y dedicar todos esos recursos a garantizar que quienes sí constituyen un serio riesgo público, aquellos con tasas verdaderamente elevadas, sean cazados siempre? A este paso van a acabar hasta con el precario equilibrio de nuestra balanza de pagos, siempre sostenida por los ingresos por turismo (y ya saben que aquí a lo que se viene es a encontrar alcohol barato, pregunten a cualquier turista no japonés).

Toda esta diatriba viene a cuento porque, mientras KP disfrutaba del partido del Betis (o eso tengo entendido), un servidor se ha visto obligado a recorrer 600 kilómetros con sentimiento de culpa, continuamente amenazado por los paneles “informativos” y, lo que ya resulta completamente inaceptable, haber tenido que comer con agua no fuera a ser que me saliera la elocuencia en el momento más inoportuno. Y como ven, completamente sereno, mi prosa deja bastante que desear (supongo que borracho también, pero al menos yo no me doy cuenta). Así que les dejo aquí y me voy a tomar una copa. Deberían ustedes hacer lo mismo, que tanto tiempo frente a la pantalla tampoco puede ser sano.