18 de diciembre de 2004

Últimas palabras y epitafio

No se alarmen (o alegren) por el título, que no voy a dejarles tan pronto. La cosa va por otro lado. No sé cuántas veces lo habrán hecho ustedes a lo largo de su vida pero en el caso de un servidor han sido muchas. Una vez más, y sabiendo lo poco que vale esta palabra, hoy he decidido no volver a beber. No sé qué tienen estas fechas, pero presentan una marcada tendencia a que las cosas se “compliquen”. Queda uno con unos amigos para despedirse y... las cosas se “complican”. Y aquí me tienen ahora, hecho unos zorros, intentando escribir la ración diaria de martirio que les entrego con cariño. El vino hace burlador, la cerveza alborotador y cualquiera que en él errare no será sabio (Proverbios; XX,1, como siempre, traducción de Casiodoro).

La verdad es que, en este estado, cuesta ser positivo. Espero que me perdonen, pero me voy a poner algo lúgubre. Acháquenselo a las circunstancias. Un caballero que ya va siendo habitual por estos pagos, Sir Thomas Browne, escribió una vez que “se observa que a veces los hombres, en la hora de su partida, hablan y razonan por encima de sí mismos. Pues entonces empieza el alma a liberarse de las ataduras del cuerpo, empieza a razonar como ella misma y a disertar en un tono que está por encima de la mortalidad”. Es decir, que las últimas palabras (ah! el mito) de alguien, su despedida de este mundo, tienen una especial “elevación”.

Quizá por ello, Bioy Casares, fue coleccionando a lo largo de su vida “últimas palabras”. Se encuentran dispersas por sus cuadernos de notas. Para entendernos, les citaré aquí algunas de ellas (para los curiosos impertinentes: mis fuentes son Descanso de Caminantes y De jardines ajenos, dos libros que recogen buena parte de esos cuadernos):

¡Que me muera al tragar este trozo de pan si soy culpable!
Godwin, conde de Essex

Doctor, ¿cree que habrá sido el salchichón?
Claudel (según Julien Green)

¿Morir, doctor? ¡Eso es lo último que haré!
Lord Palmerston

Un momentito, señor cura, saldremos juntos
Madame de Pompadour

Basta señor. Váyase. No soporto su estilo
Malesherbes al cura que trata de darle la extremaunción

Si algún día yo muero…
Primeras palabras del testamento del rey Gustavo Adolfo de Suecia, escrito a los noventa y dos años)

Mi pobre Zimmerman, ¿quién te va a entender ahora?
Últimas palabras de una anónima señora a su marido

Siempre creí que morir era difícil; pero ahora me parece tan fácil
Luis XIV

Usted puede decir que anhelo la muerte; desde luego, pero anhelo mucho más estar curada
Nancy Mitford

De modo que está aquí, por fin, la cosa distinguida
Henry James

Le explicarás al barbero por qué no pude recibirlo
Un tal Maurice a su mujer

No tengas miedo. Si esto de morir, es bien fácil
Stevenson, a su mujer

Cochero, a todo galope, ¡al cielo!
Madame Louise, tia de Luis XVI

Pero hay quien no puede esperar a este último momento y dedica un buen tiempo a componer su Epitafio, que es el género paralelo a este otro de las últimas palabras. Porque esto del epitafio es todo un género (más bien son dos géneros dependiendo de si el autor es o no el finado). Uno de los más respetables es el de Johnathan Swift (W.B.Yeats escribió: “Swift sleeps under the greatest epitaph in history”): “Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, D., deán de esta catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad”.
Otros epitafios no me parecen tan satisfactorios. Por ejemplo, el amigo Stevenson (tengo razones para dudar de que sus últimas palabras fueran las que refiere Bioy) dejó escrito el suyo:

Under the wide and starry sky,
Dig the grave and let me lie.
Glad did I live and gladly die,
And I laid ne down with a will.
This is the verse you grave for me:
“Here lies where he longed to be;
Home is the sailor, home from the sea,
And the hunter home from the hill”.

Lo que no acabo de entender es ¿qué puede mover a uno a escribir su propio epitafio? ¿Acaso garantizar que al menos una obra propia gozará de cierto respeto? (de pocos epitafios se ríe uno). Claro que queda la opción de hacer epitafios a los vivos (aquel de “hizo el bien y el mal, el bien lo hizo mal y el mal lo hizo bien”, que, por lo visto, fue escrito para el cardenal Richelieu, o al menos así lo refiere Bioy), pero la cosa no está muy bien vista.

Tú, que epitafios a los vivos haces,
y en tu imaginación muertos los tienes;
¿qué exequias para ti, qué honras previenes?
Pero si no las tienes, no las traces.

Todos yacen por ti. Tú, ¿por quién yaces?
¿Qué funesto ciprés das a tus sienes?
¿Qué mal dirás de ti? Porque los bienes
vendrán aun a ti mismo pertinaces.

No es bien que vivos como muertos trates,
y aun muertos con libelos descubiertos:
no es tanta tu virtud que lo presuma.

Pues que no los heredas, no los mates:
que abrir las sepulturas a los muertos
más es del azadón que de la pluma.
(Lope de Vega)

Aún así, hojeando la Farsalia de Lucano, he dado con un pasaje que no estaría mal suscribir como epitafio. Aquí se lo dejo:

...padeció todas las desventuras de la fortuna más adversa y disfrutó todos los favores de la más propicia, y comprobó los límites de lo permitido por los hados al hombre.
(Farsalia, II, 131-133)

Espero no haberles deprimido mucho. La resaca es lo que tiene.