23 de diciembre de 2004

Miscelánea

En vista de que la vida sigue (e incluso puede que, tal y como cantaba un renombrado juglar cuyo nombre me resisto a registrar aquí, no sólo siga sino que además siga igual), siguen aquí (igual) las letras. Supongo que, por razones de actualidad informativa, debería hoy hablar de La lotería en Babilonia (y no piensen que, estén donde estén, viven muy alejados de esta Babilonia). O bien de lo que Peluche denomina “cortesía navideña” y sus excesos, o de la melancolía que ataca por estas fechas a los que están lejos y que cabría llamar “defecto de cortesía navideña” (con especiales recuerdos para KP). Pero no me sale, qué quieren que les diga. Juntaré unas cuantas ideas inconexas, me imagino que impregnadas de todo lo anterior, con la esperanza de que puedan extraer algo de ellas.

Primer asunto: Un Consultor Anónimo que suele pasear por aquí se lamenta hoy de la deshumanización a que nos conduce la vida laboral y, aunque ya he aportado mi granito (o espinilla) de arena por allí, me permito completarlo aquí con una exposición filosófica del Carpe Diem (¿y por qué no Carpe Noctem?) de nuestro ya familiar Epicuro.

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.

Segunda cuestión: La felicidad (si existe) es escurridiza pero no por ello deben dejar de escribir su carta a los reyes magos. Si necesitan modelo, les propongo la receta para la felicidad de Adolfo Bioy Casares, para que introduzcan las modificaciones que consideren oportunas.

Salud
Coitos frecuentes y satisfactorios
Invención y redacción de historias
Apetito y buenas comidas
Despreocupada holgura económica
Una buena compañera a mi lado
Una casa agradable, en un lugar agradable, para vivir con ella
Abundancia de libros
Cinematógrafos no demasiado a trasmano
La familia del otro lado del mar
(Descanso de Caminantes)

Tercera apreciación: Ahora que parece que la Comisión del 11 de Marzo, que nunca debió existir (no me quedo tranquilo si no lo digo), cerrará en breve sus puertas, sólo se me ocurre lamentar, con Sterne, que la verdad “se encierre en sí misma con tan inexpugnable firmeza y sea tan terca como para no rendirse alguna que otra vez, quizá cuando la tenacidad del asedio se lo merezca” (allá cada uno con su valoración).

Cuarta razón: Si ven que se ponen nostálgicos recuerden que cualquier tiempo pasado fue anterior. Y, ya que la Biblia de Casiodoro llevaba tiempo sin aparecer por aquí: “Nunca digas: ¿Qué es la causa que los tiempos pasados fueron mejores que éstos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría” (Eclesiastés, VII,10)

Y, por último, si todo esto les ha parecido completamente deslavazado debo decirles dos cosas. Primera, que tienen razón, lo es. Y segunda, en mi descargo y con palabras ajenas (que, aunque referidas a la palabra hablada bien valen para éstas, escritas con la misma inmediatez que las pronunciadas de viva voz):

La fluidez en el discurso, común a muchos hombres y a la mayoría de las mujeres, se debe a la escasez de contenido y de palabras, pues quienquiera que sea un maestro del lenguaje y tenga una mente llena de ideas, al hablar tenderá a vacilar en la elección de las mismas, mientras que los oradores corrientes sólo disponen de una serie de ideas y de un conjunto de palabras con que vestirlas, y éstas están siempre listas en sus bocas. De la misma forma, la gente sale más rápido de la iglesia cuando está casi vacía que cuando hay una muchedumbre en la puerta.
Jonathan Swift, Thoughts On Various Subjects, Moral and Diverting, 1706