10 de diciembre de 2004

Plagas (I)

Seguro como estoy de que ya no queda nada que añadir al asunto, no entiendo por qué no puedo resistirme a escribir sobre ello. Pero ya que gobierno y televisiones han acordado “proteger a la infancia de los contenidos basura” inicio hoy una serie de comentarios sobre tales desperdicios.Vayamos al primero y más manido de ellos, los llamados famosos, la prensa rosa y demás desechos. Hace ya más de dos mil años Horacio se molestó en señalar que el pueblo, que tontamente da a menudo honores a hombres indignos, es torpe esclavo de la fama (Sátiras, I, 6, 15). La cosa, por tanto, viene de antiguo.

Muchos norteamericanos, o mejor, estadounidenses creen erróneamente que la mayor expresión de su democracia reside en el hecho de que cualquiera puede llegar a ser presidente (salvo Schwarzenneger, claro). En todo caso, esta perversa interpretación de la democracia parece haberse trasladado a los actos de la Fama y sus trompetas. En efecto, da la impresión de que en los tiempos que corren cualquiera puede llegar a ser famoso. Aunque más bien no se trata de cualquiera: no es que el pueblo conceda tontamente honores a hombres indignos sino que la indignidad parece haberse convertido en requisito indispensable para alcanzar la inaccesible cumbre del templo de la fama lo que, de hecho, sólo se logra a base y por causa de aquella.

Uno se pregunta qué tendrá la fama para que lleve a tantos a pensar como Sancho Panza (aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren, Don Quijote, 2ª Parte, Cap. VIII). Dicen que da dinero y permite una vida fácil aunque no sé yo qué tendrá de fácil vivir acosado por los llamados paparazzi, autocalificados "periodistas" que, según suelen afirmar, cumplen con el sagrado deber de informar. Pero, en fin, el caso es que a vueltas con este asunto suelen oirse (o leerse) tantas estupideces que conviene reflexionar ligeramente, que no a la ligera, un poco sobre ellas. Apunto a vuelapluma algún que otro pensamiento.

En primer lugar sorprende el extraño ataque de ética protestante que sufre la prensa del corazón. Por lo que se ve, quien ha conseguido aquel viejo ideal de vivir sin trabajar se ve rápidamente estigmatizado por estos “periodistas” que no pueden tolerar tan indigna posición. Sabido es que el trabajo dignifica. El trabajo de muchos, por ejemplo, dignificó notablemente a Henry Ford. ¿No será envidia por no haber conseguido ellos mismos “vivir del cuento”? Porque no parece que estos inquisidores se manejen con valores muy alejados de los que dicen criticar.

En segundo lugar debo referirme a la gran excusa de los medios para producir sin límite contenidos rosa o del corazón: damos a la gente lo que quiere, nos limitamos a satisfacer una demanda existente. Por lo que se ve es el vulgo el último responsable de esta plaga y a él es a quien se debe pedir explicaciones. Estos llamados periodistas vienen a ser tan sólo instrumentos de las sagradas leyes del mercado que, lamentablemente, les obligan a cometer tales vilezas. Este lamento no tiene nada de nuevo, el propio Don Quijote refiriéndose a las comedias que se representaban en su tiempo, nos dice que todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan ni pies ni cabeza y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las representan dicen que así ha de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos. Y, por si no quedara claro, más adelante nos ofrece una explicación tan digna de Adam Smith como de sus críticos. En efecto, hablando de los autores de tales comedias añade que algunos hay de ellos que conocen muy bien en lo que yerran y saben estremadamente lo que deben hacer pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez (Don Quijote, 1ª Parte, Cap. XLVIII). Aclaremos, no obstante, quien compone este “vulgo culpable”: ... y no penseis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde, que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entar en número de vulgo (2ª Parte, Cap. XVI). Por lo que se ve, no es el “vulgo torpe esclavo de la fama”, son estos famosos y sus voceadores los torpes esclavos del vulgo. Quizá crean sinceramente que si ese mismo vulgo reclamara comentarios de la Divina Comedia, cualquiera de estos individuos (ponga cada uno el nombre que quiera) se pondrían raudos a ello.
Se admiten propuestas de solución, pero, tristemente, me temo que de acabarse alguna vez esta epidemia será más bien por saturación.


(Continuará...)