11 de diciembre de 2004

Plagas (II)

Continúo con las plagas que inicié aquí. Hoy le toca el turno a adivinos, chamanes y demás brujos que florecen por doquier sin que el Ministerio de Educación (responsable de que exista su clientela) haya sentido siquiera la necesidad de disculparse.

No nos engañemos, que las leyes de la naturaleza no se quiebran previo pago de unas monedas a un hechicero es algo que se sabe de antiguo, sin necesidad de grandes desarrollos científicos.

Pues aprendí que los dioses viven sin cuitas
y que, si la naturaleza hace un portento, no lo mandan
los dioses airados desde su alta morada celestial

(Horacio, Sátiras, I, 5, 101)

En España contamos con un ilustre precedente, el caballero de la triste figura (todavía me atrevo a citarlo; en cuanto se disparen las celebraciones centenarias ya veremos qué hago) que, a pesar de haber perdido el jucio, tenía sus momentos de lucidez: … bien sé que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan, que es libre nuestro albedrío y no hay yerba ni encanto que le fuerce (1ª Parte, Cap. XXII, aunque en otros muchos lugares se pronuncia en contrario, todo hay que decirlo). ¿Qué ha pasado entonces? ¿Qué puede explicar, en tiempos en que se ha alcanzado el mayor y más extendido grado de educación conocido entre la población, esta avalancha de augures, taumaturgos, encantadores de serpientes, curanderos y gentes de próxima condición?

Lo cierto es que Hécate (búsquen en Google y se asustarán del número de protervos entusiastas que tiene) no parece haber puesto mucho empeño en usar ninguna de sus tres cabezas a la hora de seleccionar a sus adoradores. Los tales poderes sobrenaturales se manifiestan con exclusividad en una serie de mamarrachos descerebrados que declaran ostentar el monopolio de lo sobrenatural. Aunque más que de Hécate, estos personajes parecen adoradores de Jano, que al márgen de mirar al pasado y al futuro pasa por ser el inventor de la acuñación de moneda, verdadero Dios de estos herederos del ciego Tiresias.

El caso es que las palabras de los nuevos hechiceros resultan incomprensibles por más que uno se desvele por entenderlas y desentrañarles el sentido. Podría decirse que no se lo sacaría ni lo entendería ni el mismo Aristóteles si resucitara sólo para ello. Siempre me he preguntado por qué cuando estos nigromantes deciden pasar sus vacaciones en el Caribe u otros terrenales paraísos recurren al vulgar queroseno que propulsa un reactor en lugar de a su tan cacareada energía positiva, sin duda mucho más barata. Quizá no sepan qué hacer con el dinero de tanto incauto.

Algunos de estos hechiceros poseen poderes adivinatorios tan asombrosos como el conocimiento exacto de quien y en qué orden llamará a su teléfono de pago de forma que pueden dejar grabadas sus respuestas en una cinta magnetofónica sin temor a equivocarse de destinatario. Otros brujos, quizá más limitados, contratan videntes subalternos en gran número (esto sin duda hará las delicias del Instituto Nacional de Empleo). Lo que maravilla, en estos tiempos en que ni siquiera resulta posible encontrar un buen fontanero, es la facilidad con que ellos descubren empleados capaces de profetizar lo que haga falta. Desde luego de quien no cabe dudar de sus poderes es del director de recursos humanos de sus empresas. En todo caso, parece que la compañía telefónica regala con cada contrato 806 una línea directa y gratuita con las Moiras.

Conviene recordar aquí al más grande lexicógrafo de los que en el mundo han sido (a su modesto entender), que definió clarividente como la persona, por lo general una mujer, que tiene el poder de ver algo que resulta invisible para quien le paga… a saber, que el que le paga es un estúpido. Me refiero, claro está, a Ambrose Bierce y su Diccionario del Diablo. Otras definiciones relacionadas son: Adivinación (Arte de sacar a la luz lo oculto. Hay tantas clases de adivinación como variedades fructíferas del imbécil florido y del tonto precoz); Astrología (La ciencia de hacer que los imbéciles vean las estrellas. Algunas personas sienten gran respeto por la astrología, a la que consideran precursora de la astronomía. De manera similar, el grito nocturno del gato macho, podría reclamar justicieramente ser considerado con reverencia como precursor del botellazo que recibe en la cabeza); Curandero (Asesino sin licencia); Hechicería (Antiguo arquetipo y antecedente de la influencia política); Magia (Arte de convertir la superstición en dinero); Quiromancia (Método número 947, de acuerdo con la clasificación de Mimbleshaw, para pobtener dinero mediante la simulación. Consiste en "leer el carácter" de una persona en las líneas de la mano. La pretensión no es del todo infundada; a decir verdad es posible leer el carácter con mucha precisión de esta manera, porque las líneas de cada mano que se ofrece a este experimento proclaman llanamente la palabra "incauto". La impostura del quiromántico consiste en no leerla en voz alta); Rabdomante (El que usa una varita mágica para buscar metales preciosos en el bolsillo de un tonto).

Además nuestro lexicógrafo ha tratado tan difícil asunto como son las manifestaciones ectoplásmicas. Existe un obstáculo insuperable para la creencia en los fantasmas: un fantasma nunca aparece desnudo; llega envuelto en una sábana o con "la ropa que llevaba en vida". Por consiguiente, creer en ellos no sólo implica creer que los muertos pueden hacerse visibles cuando nada queda de ellos sino, asimismo, que los productos textiles gozan de idéntico poder. Y aunque lo tuvieran ¿con qué objeto lo ejercitarían? ¿Y por qué nunca se vio aparecer ropa caminando sola, sin llevar un fantasma dentro? Significativos acertijos que van al meollo de la cuestión.

Cierto es que Thomas de Quincey defendió la rabdomancia (en Las confesiones de un inglés comedor de opio sostiene, entre otras lindezas, que digan lo que digan la ciencia o el escepticismo, la mayoría de las teteras en el valle de Wrington están llenas gracias a la rabdomancia) pero, condescendientemente, debemos achacarlo a su condición de opiómano (o más bien de opiófago).

Parece haber una cierta complacencia con este tipo de prácticas. Toda publicación periódica, hasta la más seria (quizá con excepción del Scientific American o Nature), tiene su sección de astrología. Uno puede leer un sesudo análisis de la política norteamericana con respecto a oriente próximo, pasar la página, y enterarse de que esa misma semana los piscis recibirán un aumento de sueldo (¿Por qué no nos informan de los signos astrológicos de los comparecientes en la Comisión del 11-M? ¿Se habrá elegido la fecha de la convocatoria del referéndum de la Constitución Europea teniendo en cuenta las conjunciones de los astros?).

Tristemente no ha quedado más remedio que defenderse de esta plaga. Por ello, resulta muy saludable pasearse de vez en cuando por la CSICOP, leer el Escéptico Digital o el magnífico blog de Javier Armentia Por la boca muere el pez (en todos ellos encontrarán numerosos enlaces más).

Y para aquellos que siguen pensando que la actividad de estos charlatanes estafadores se debe fundamentalmente a su “desbordante imaginación”, me despido con estas, creo que muy acertadas palabras:

… la gente sin imaginación, quiero decir carente de su apoyo y de su espíritu inquisitivo, recurre a los reclamos de todo tipo de prodigios milagrosos; a los quirománticos de turbantes dramáticos que combinan sus destrezas mercantilistas en el mundo de la magia con los negocios de matarratas o de condones; a gordas y atezadas adivinas; pero especialmente a los espiritistas, que simulan una fuerza todavía sin identificar concediéndole los rasgos lechosos de un fantasma que consiguen que se manifieste en estúpidas formas físicas (Vladimir Nabokov, Ultima Thule).