30 de diciembre de 2004

Preguntas sin respuesta

Discutía no hace mucho en el blog del Consultor Anónimo, sobre la redacción de informes técnicos (y es que se puede discutir sobre cualquier cosa) y particularmente sobre cómo, en muchas ocasiones, los propios miedos o el afán de lucimiento personal acababan por lograr la total ininteligibilidad de une escrito para su destinatario. No muy lejos de esto se encuentran: la pregunta genérica, ¿para qué escribe uno?; la pregunta ontológico-detectivesca, ¿quién escribe cuando uno escribe?, y la pregunta metafísica ¿se oculta uno o se muestra cuando escribe? No les responderé a ninguna de ellas. Si son habituales de estas páginas sabrán que este no es lugar para buscar respuestas. Pero confío en que me permitan dar un pequeño paseo en su compañía.

¿Para qué escribe uno? Más allá del lugar común: “uno escribe para que le quieran” y que tiene su máxima expresión en un género poco apreciado, la redacción de testamentos, persiste la duda (además, es obviedad donde las haya porque todo lo que hacemos lo hacemos para que nos quieran, pero también relativamente falsa: hay quien escribe para que le aplaudan e incluso quien lo hace para que le insulten). Y ésta, la duda, es si cabe mayor en el caso de una bitácora: ¿Para qué escribe uno un blog? (me imagino que ustedes se preguntarán, en justa correspondencia, ¿para qué diablos estoy leyendo yo esto?).

¿Quién escribe cuando uno escribe? No me pondré muy técnico con esto aunque nunca está de más recordar un principio frecuentemente olvidado: Todo texto tiene un autor y un narrador, y no siempre coinciden ambos (aunque se llamen igual). Todavía estoy a tiempo de hablar del Quijote antes del fatídico año: el Miguel de Cervantes que se hace con los papeles de Cide Hamete Benengelí no es el mismo Miguel de Cervantes cuyo nombre figura en la portada del libro, que nunca tuvo noticia de tales papeles. Por la misma razón, y salvadas las estratosféricas distancias, no tengo muy claro que el autor de estas páginas sea el mismo que el narrador de las mismas (aunque todo lo que éste relata le ha ocurrido realmente a aquel).

¿Se oculta uno o se muestra cuando escribe? O, dicho más claramente, ¿me conocen ustedes mejor después de pasear por aquí o más bien los tengo completamente engañados? No lo sé. En realidad depende de ustedes y de cómo lean estas páginas. Todo está ahí, para quien sepa encontrarlo. Pero todo está lleno de trampas y artificios para desviar la atención sobre lo verdaderamente importante. Un comentarista habitual de estas páginas (¡Qué emoción, tengo comentaristas, como Dante!), que me conoce bien, me ha recriminado “ocultarme en textos ajenos”. No puedo estar menos de acuerdo. En tiempos de la filosofía escolástica si algún autor quería decir algo, por novedoso que fuera, se veía obligado a entresacarlo de los textos de autoridades, convenientemente sacados de contexto. Mucho tiempo después Woody Allen fue capaz de estrenar una película completamente original después de adquirir el metraje de una cinta de acción oriental, remontarla y cambiarle el doblaje.

Total, que si por mi fuera jamás los despediría con los versos que una vez oí a Luis Sánchez Polack:

Adios que me voy

que no me conocéis y os jodéis

que no me habéis conocido

y os habéis jodido

no sabéis quién soy


Ustedes verán y, sobre todo, sabrán por qué leen esto, yo no sé por qué lo escribo, y mucho menos hoy (ya se imaginan por qué). Mañana Dios dirá.