22 de diciembre de 2004

Rebelde libertad

Esto de escribir un post diario estando de vacaciones, lejos de casa, de la rutina e incluso de mi biblioteca (fuente de casi todo lo que aparece por aquí), se me antoja cada vez más complicado. Y todo a cuenta de ser el que soy en lugar de otro que sin duda encontraría menos dificultades a la hora de juntar aquí unas palabras

Si fuera, por ejemplo, una adolescente cursi, embobada con las simplezas más elementales podría escribirles algo como:

Ayer Gustavo me miró en clase. Yo creo q le gusto, aunque a lo mejor era xq tienen q cambiarle la graduación de las gafas. Mañana en la fiesta espero q se lance y q venga con lentillas... Bueno, q venga con lentillas y q se lance.

Si fuera, por contra, un defensor de cualquier causa, fuera esta ultraliberal o revolucionaria, religiosa o laica, al menos saldría del paso con cosas así:

Hasta aquí podíamos llegar, ciudadanos (o compañeros, o camaradas, o hermanos), la tenebrosa izquierda (o derechona, o confabulación masónica, o industria tabaquera) ha vuelto a hacer de las suyas y ya es hora de que alguien (vosotros, no yo) le salga al paso. Una vez más la manipulación (o manipulación, o manipulación) de los medios… [no sigo porque ya sabrán encontrar algo similar por ahí].

Si yo fuera un poeta sensiblero frustrado por no haber sido capaz de aprender a escribir con un mínimo de corrección no tendría empacho en insultarles con algo más o menos así:

Habeces siento tu luz
y habeces siento la sombra
de los besos que me faltan
por hacer el avestruz

Pero no soy ni cursi fémina adolescente, ni convencido de ninguna causa, ni mucho menos poeta iletrado. Imagino, además, que si están aquí es porque no entran tampoco en tales condiciones (por cierto, bienvenidos los amigos de Peluche). Así que no me queda más remedio que continuar estas zarandajas en tono similar al de los últimos días con la esperanza de que el pronto regreso de la rutina las haga volver a la normalidad (si es que algo puede llamarse así). Sean pacientes mientras soportan lo que sigue.

Hace tiempo vi una lamentable película de la que sólo se salva el título, Sexo Oral (título que pretende ser un juego de palabras, pero se queda simplemente en correcto, esto es, Sexo Hablado). Allí, en la película, multitud de personas y personajes hablaban abiertamente sobre su sexualidad y, entre ellos, aparecía Santiago Segura (ya ven, qué cosas) declarando que siempre llevaba el sexo puesto y que preferiría poder dejarlo en casa alguna que otra vez para evitar, por decirlo decorosamente, pensar con aquello de lo que deseaba deshacerse temporalmente.

Pues bien, si han leído mis anteriores posts habrán deducido que uno de los libros que me he traído de viaje son los Ensayos de Michel de Montaigne. Allí he descubierto que nuestro perspicaz precursor, como suele ser habitual, ya trató tan primordial asunto con mejor y más acertado criterio. No es noticia de última hora: todo varón se ve obligado a convivir con la sospecha de que cierta parte de su cuerpo, de funciones reproductivas y desaguadoras, goza de personalidad propia y autonomía inquietante. Pero eso no obsta para hacer notar que pocos, entre ellos Montaigne, han sido los que han dejado constancia escrita de la cuestión. En efecto, poco más adelante de la cita de Lucrecio que les refería el otro día, nuestro ensayista escribe lo siguiente.

Tienen razón los que ponen de manifiesto la rebelde libertad de este miembro que tan inoportunamente se entromete cuando menos falta hace y tan inoportunamente desfallece cuando más falta nos hace, que tan imperiosamente discute la autoridad de nuestra voluntad y con tanto orgullo y obstinación rechaza nuestros ruegos mentales y manuales.

Ahora bien, si lo que les preocupa es la segunda parte de la frase; no tanto el inoportuno entrometimiento como el inoportuno desfallecimiento, voy a hacerles dos favores. En primer lugar informarles de que el texto en cuestión incluye la solución a tan complejo problema de forma clara, razonada y concisa. Y en segundo lugar, no decirles cuál es esa solución para regalarles el placer de leerlo por su cuenta.

Y para terminar, aunque no venga a cuento, debo añadir un nuevo capítulo del culebrón de las cadenas de búsqueda. No pensaba seguir aburriéndoles con el tema, pero es que me siguen llegando visitas gracias al post del Santo Prepucio y la última, agárrense, ha llegado desde Technorati, donde he descubierto además que no soy el único en haber tratado el tema (si tienen curiosidad por ver como se puede colar el Santo Prepucio y Star Trek en el mismo post, vayan a Live Journal). Les dejo aquí con mis mejores deseos.