15 de diciembre de 2004

Un poco de sexo (dedicado a Kp)

Si no conocen el blog de Kaperucita Negra, ProyectoxXx, se pierden muchas cosas. En un pequeño homenaje a ella hablaré hoy de sexo y, de paso, comprobaré si esto aumenta mi paupérrimo número de visitantes. Viene a cuento porque, aunque en mi declaración de principios insistí en la acepción de “salida” como “ocurrencia”, no es menos cierto que el diccionario contempla muchas otras acepciones para el término, entre las que destacan dos:

2. Dicho de la hembra de algunos animales: Que está en celo.
3. Dicho de una persona o de un animal macho: Que experimenta con urgencia el apetito sexual.


Kp es, sin lugar a dudas, una de las más destacadas Salidas de emergencia de toda la red. Compruébenlo ustedes mismos (y disculpen sus temporales “problemas de plantilla”). Y a partir de aquí, me tienen que perdonar la ausencia de links, un homenaje es un homenaje.

Y es que estos impulsos libidinosos son inevitables. Pedantemente, aunque con lucidez, Diderot lo expresó con rotundidad: Escribid cuanto queráis sobre tablas de bronce, para servirme de la expresión del sabio Marco Aurelio, que el roce voluptuoso de dos intestinos sea un crimen: el corazón del hombre se verá estrujado entre la amenaza de vuestra inscripción y la violencia de sus deseos. Pero este corazón indócil no parará de reclamar, y cien veces en el transcurso de la existencia vuestros caracteres terroríficos desaparecerán de nuestra vista (Denis Diderot, Suplemento al viaje de Bougainville).

Personalmente me quedo con un ejemplo más gráfico: Cuando se te hinchan las ingles, si tuvieras a mano esclava o esclavo doméstico en que descargar tu ataque, ¿preferirías reventar de empinamiento? (Horacio, Sátiras, I, 2, 116). O bien, por no cambiar de autor: Cuando apremiante Natura me tensa, cualquier mujer que bajo la clara lámpara desnuda recibe los latigazos de mi turgente cola o excita con sus nalgas a mi caballo rampante no me deja ni infamado ni angustiado de que uno más rico o de mejor planta moje en el mismo sitio (Sat. II,7,47).

El caso es que durante mucho tiempo creí imposible la buena literatura erótica. Guillermo Cabrera Infante afirma en el arranque de La amazona (en La Habana para un infante difunto): Por otra parte la literatura erótica (con excepciones brillantes en el mundo romano, algunos ejemplos renacentistas y las conocidas aves raras del siglo XVIII) siempre ha estado condenada a la vulgaridad, aun editorial (en ese mismo texto, todo hay que decirlo, GCI sale en defensa de la vulgaridad). Pues bien, con la intención de que algo le inspire a Kp y lo disfrute allá tan lejos, hoy me sacaré de la manga una “excepción brillante del mundo romano”: El Asno de Oro de Apuleyo y en particular, la narración de los amores de Lucio (el protagonista que habrá de convertirse en burro) y la criada Fotis. Citaré extensamente, aunque no completos claro, los pasajes 7 a 17 del libro segundo porque creo que merece la pena. La cosa empieza con el asedio de Lucio a Fotis en la cocina:

Vestía ella una túnica de lino, gloriosamente ceñida hasta la altura de los pechos por una faja roja, y estaba dándole vueltas a la cazuela con sus manos en flor, y moviñendose sinuosamente. A cada leve movimiento de sus brazos contoneaba las cadeas suavemente, ondulando todo su cuerpo en pura sensualidad. Desbordado de admiración me quedé de muestra; los miembros que traía sosegados empezaron a enervárseme hasta que acabé por decirle
- Con qué elegancia meneas la cadera; con qué gracia le das vaiven al trasero. ¡Y qué meloso caldo no estarás montando! Dichoso una y mil veces, y bienaventurado por demás al que permitas untar el dedo.

A lo que respondió aquella hermosa y desenfadada muchacha:

- ¡Pobrecito! Huye de mi fogón cuanto antes. Aparta, no llegues a consumirte por dentro si llegas a prenderte de una simple chispa de mi fogata, porque nadie más que yo va a poder apagar esas llamas, que con la costumbre que tengo de preparar guisos he aprendido a menear con tiento la olla y la cama.

Lo de untar el dedo en el caldo que está montando quizá resulte algo excesivo como juego de palabras (se admiten opiniones). Un poco más adelante Lucio realiza algunos avances:

Y al decírselo empecé a besarla y a abrazarla entrechamente. Ella se me hermanó en el anhelo voluptuoso de su amor, desfalleciendo de deseo, con el aliento de canela de su encontrada boca, y el unto de néctar de su lenga entrelazada.

Por fin Lucio se cita con Fotis para pasar la noche, y esa misma mañana recibe unas ánforas de vino de regalo:

- Mira cómo Baco, instigador y escudero de Venus, comparece por su propia voluntad. Saciémonos de este vino para que nos libere del estúpido pudor, y nos aumente la disposición al placer…

Y por fin llega la ansiada noche:

No había hecho más que meterme en la cama cuando, después de dejar dormida a la señora, apareció Fotis, más alegre que un cascabel, adornada con una guirnalda de rosas, y cantidad de pétalos deshojados sobre el turgente pecho: Me besó a conciencia, me ató con los festones de las flores, y me roció de pétalos. Cogió luego una copa, acabó de llenarla con agua tibia, y me la ofreció para que me la bebiera, pero antes de que la apurara, me acometió suavemente, me la quitó de las manos, y fue bebiéndosela, sorbo a sorbo, mirándome fijamente. Por segunda y por tercera vez nos pasamos la copa llena. Entonces, enervado de vino y ebrio de amor, desinhibido más por el descaro de mi propio cuerpo que por la disposición de mi ánimo, y cansado ya de juegos, me retiré la ropa hasta la entre pierna y le descubrí a Fotis toda la impaciencia de mi amor diciéndole:

- Compadécete de mí y alíviame lo más pronto posible, pues, como ves, anda ya cerca la batalla que habías declarado sin cumplir el oficio fecial, y yo tan subido en mi violencia que, desde la primera flecha recibida del cruel Cupido -que vino a clavarse en lo más hondo de mi corazón- tengo armado el arco con tal temple, que temo que se rompa el fleje de tanta tensión como acumula. Pero antes, para satisfacerme plenamente, desátate en cabello y vuelve a abrazarme amorosamente con la melena suelta.

Tardó poco en despojarse de todos su vestidos y amontonarlos junto a las fuentes de comida; y al desatarse los cabellos para la gozosa labor, se transformó en una perfecta imagen de Venus cuando se está metiendo en el mar. Por un momento, su mano de rosa dejó a medio cubrir la lisura de su sexo, más por artificio que por vergüenza dijo:

-Lucha con todas tus fuerzas, que no voy yo a retroceder, ni a volver la espalda. Mantén, si eres hombre, este cuerpo a cuerpo, y anda con cuidado en la acometida: muere si hay que morir, que en esta batalla no va a haber perdón.

Y acabando de decirlo, asaltó la cama, se sentó sobre mí y fue saciándome del fruto de Venus con movimientos ascendentes, y reponiendo de vez en cuando la flojera con copas que alentaban los deseos, y nos hacían abandonarnos de nuevo a la voluptuosidad. A su imagen, compusimos otras muchas noches.

Gracias, Kp, por tu apoyo y espero que hayas disfrutado esta pequeña historia.