6 de diciembre de 2004

Un poquito más de lo mismo

Y siguen

En fin, parece que seguimos con bombas y, por tanto, pospongo una vez más las explicaciones prometidas para ocasión más sosegada. Sólo un pequeño comentario: desde hace tiempo venimos oyendo que Al Qaeda sólo atenta contra “objetivos simbólicos”. Bien, ABC hoy publica esto:

Tres de las calles y plazas en las que explotaron hoy artefactos incluían la palabra 'España' en su denominación. Se trata de la Plaza de España de Ciudad Real, la Plaza de España de Alicante y el Paseo de España de Málaga, a las que se suma la bomba desactivada en la Plaza de España del Barrio de Ciudad Jardín, en Almería, y la de la Avenida de los Reyes Católicos, en Avila.

¿Se estará “islamizando” ETA? Si las cosas van por ahí no sería mala idea empezar a construir ”símbolos” con cargo al presupuesto en zonas despobladas. Mientras tanto, ya se sabe que las obras públicas tienen sus plazos, podrían hacernos el favor de volar el valle de los caídos (después de escribir esto me arrepiento de haberlo hecho, a lo mejor acababan teniendo la buena prensa que no merecen).

Más bichos

Si ayer cayó por aquí el basilisco, hoy no puede faltar su inseparable compañero. Los ojos del basilisco matan todo lo que miran, inversamente, los ojos del catoblepas matan a quien los ve. Volvamos al Libro de los seres imaginarios

Plinio (VIII, 32) cuenta que en los confines de Etiopía, no lejos de las fuentes del Nilo, habita el Catoblepas.
"Fiera de tamaño mediano y de andar perezoso. La cabeza es notablemente pesada y al animal le da mucho trabajo llevarla; siempre se inclina hacia tierra. Si no fuera por esa circunstancia, el Catoblepas acabaría con el género humano, porque todo hombre que le ve los ojos, cae muerto".
Catoblepas, en griego quiere decir "que mira hacia abajo". Cuvier ha sugerido que el gnu (contaminado por el basilisco y por las gorgonas) inspiró a los antiguos el Catoblepas. En el final de la "Tentación de San Antonio" se lee:
"El Catoblepas, búfalo negro, con una cabeza de cerdo que cae hasta el suelo, unida a las espaldas por un cuello delgado, largo y flojo como un intestino vaciado. Está aplastado en el fango y sus patas desaparecen bajo la enorme melena de pelos duros que le cubren la cara:
"-Grueso, melancólico, hosco, no hago otra cosa que sentir bajo el vientre el calor del fango. Mi cráneo es tan pesado que me es imposible llevarlo. Lo enrrollo alrededor de mí, lentamente; y con las mandíbulas entreabiertas, arranco con la lengua las hierbas venenosas humedecidas por mi aliento. Una vez me devoré las patas sin advertirlo.
"-Nadie, Antonio, ha visto mis ojos, o quienes los vieron han muerto. Si levantara mis párpados -rosados e hinchados- te morirías enseguida".

Por juntar asuntos e ideas, no está de más recordar que Gustavo Bueno fundó en su día una revista filosófica denominada El basilisco y actualmente colabora en otra regentada por sus acólitos y llamada El Catoblepas. No tengo noticias de ninguna publicación denominada La anfisbena (a la que ya dedicaré algún día) a pesar de lo apropiado que resulta como cabecera (alguien con dos cabezas capaz de caminar en dos sentidos, la cosa promete mucho juego). En fin, la presentación de la revista incluye el siguiente texto, con el que cierro este capítulo:


Catoblepas en griego quiere decir «que mira a la tierra». El catoblepas, como animal que mira hacia abajo, fue citado entre los griegos por Elieno, Ateneo y Arquelao, y entre los latinos por Plinio, Solino y Pomponio Mela. Le atribuían los clásicos la capacidad de matar a quien viera sus ojos –una capacidad en cierto modo inversa a la del basilisco, que destruye cuanto mira– e incluso cierta bondad al no apartar su mirada del suelo, para no ejercer su mortífero poder. Entre los modernos, el alucinado naturalista polaco Juan Jonston (1603-1675) imaginó el catoblepas como voluminoso cuadrúpedo, que Gustavo Flaubert (1821-1880), en las sucesivas versiones que fabuló de las tentaciones de San Antonio (1849, 1856, 1874), fue haciendo evolucionar hasta una suerte de búfalo negro del que pende cabeza de cerdo que se arrastra por el suelo. Recopiladores posteriores como Jorge Luis Borges (1899-1986) han contribuido a difundir esta suposición estúpida. Se conoce que estos modernos no pudieron ver la piel de un catoblepas llevado por Mario a Roma y depositado en el Templo de Hércules, muerto a distancia por jinetes libios tras fulminar a varios soldados en la guerra contra Yugurta.

Un día contaré mi particular viaje hasta estos bichos.

Máxima

Lo preocupante no es que las mujeres no puedan ser curas sino que los hombres puedan serlo.