6 de enero de 2005

Al fin (el final del principio)

Tal y como sospechaba, el día de Reyes se ha desarrollado cuesta arriba y mi cabeza desciende vertiginosamente cuesta abajo las pocas horas que quedan de este día. Pera ya que llevo varios días mareando la perdiz, me sabe mal posponer de nuevo el encuentro entre Eneas y la Sibilia. De todas formas, como dicen los políticos, seré breve.

El libro VI de la Eneida narra el descenso de Eneas, hijo de Anquises, a los infiernos para ver a su padre. Eneas llega a Cumas a consultar a la Sibila sobre la manera de acceder al Averno y dice (espero que el especialista en la realidad no se moleste por citar la versión en endecasílabos de Aurelio Espinosa Polit):

…Sólo aspiro

a una gracia: ésta dicen que es la puerta

hacia el rey infernal y el negro lago

en que vuelca su flujo el Aqueronte:

¡oh, logre yo pasar a la presencia

de mi padre querido, y el camino

sé tú quien me lo muestres y me lo abras!

Antes de continuar, un poco de geografía infernal. El Aqueronte es el río que han de atravesar las almas para llegar al reino de los muertos. Nace en la estatua del viejo de Creta y desemboca en la laguna Estigia, formada por las nueve vueltas que el río Estige da en torno al infierno. El juramento por las aguas del Estige antiguamente se consideraba especialmente solemne, de hecho obligaba a los propios Dioses. El Estige obtuvo de Júpiter este privilegio por haberle ayudado en su lucha contra los Titanes. Habrá que volver sobre esto porque una tradición hace del Aquerontre un Titán castigado. Existen noticias de más ríos infernales como el Flegetonte o el Cocito. Me ocuparé de todos ellos en otro momento.

Algo más adelante, la Sibila establece tres condiciones que Eneas ha de cumplir para acceder al Hades. Me referiré sólo a la primera de ellas. Dice la Sibila:

Mas si tan grande es tu ilusión, y el ansia

de surcar por dos veces el oscuro Tártaro,

gozando audaz en la insensata empresa

oye lo que has de hacer antes de nada.

Hay un ramo, de un árbol en la fronda,

hojas y tallo de oro, consagrado

a Juno inferna; en torno lo circunda,

por ocultarlo, el bosque todo en hoscas

y cerradas umbrías. Sólo puede

penetrar bajo tierra quien primero

segó el pimpollo de las hojas de oro:

es el don que la bella Proserpina

ha dispuesto exigir. Cortado un ramo

otro rebrota al punto, en el que cunde

indéntico metal por el retoño.

Búscalo, pues, en alto la mirada,

y si dieres con él, échale mano,

pues querrá de por sí seguirte dócil

si te llaman los Hados; de otro modo

ni habrá fuerza o poder que lo desgaje,

ni hierro que lo corte.

Bien, ésta es la leyenda de la rama dorada, anterior a Virgilio, pero sin antecedentes literarios conocidos. Hay un cierto paralelismo entre esta rama y la rama del bosque sagrado de Nemi. De hecho, muchos creen que es la misma, a pesar de que Cumas y Aricia no están precisamente una al lado de la otra (claro que de las palabras de la Sibila no se deduce que la rama estuviera en Cumas). Frazer se limita a decir: según la opinión general de los antiguos, la rama fatal era aquella rama dorada que Eneas, aconsejado por la Sibila, arrancó antes de intentar la peligrosa jornada a la Mansión de los Muertos. Por lo que he podido averiguar Frazer se basaba en los comentarios del gramático Servio a estos versos, pero no he tenido ocasión de consultar la fuente original.

Con esto tenemos casi todos los elementos para introducirnos en el reino del oscuro Dite. Sabemos que se accede a él por el lago Averno que, por otra parte, tenemos perfectamente localizado en Italia. Pero antes será conveniente que investiguemos un poco qué podemos encontrarnos por allí. Será en otra ocasión, porque las fuerzas sólo me han llegado hoy para esto.