18 de enero de 2005

El ilegible infinito

Nos quedamos ayer en el espinoso asunto de la infinitud del universo. La idea de infinito, que tanto desasosegaba a Pascal, no deja de ser una curiosa idea. Si hoy la percibimos con naturalidad es porque, en realidad, no la percibimos. Nada en nuestra experiencia la sugiere. El mundo sensible es irremediablemente finito. El infinito lo contiene todo, incluso el tiempo, y, sin embargo, es inaprehensible (a pesar de Cantor). Está ahí y no está. No está de más recordar a William Blake (ilustrador de la Divina Comedia y del Libro de Job, que un día de estos vendrá a visitarnos): If the doors of perception were cleansed everything would appear to man as it is: infinite; cito de la plancha 14 de Marriage of Heaven and Hell; corolario: no confundir el mundo con el mundo sensible, lo posiblemente infinito con lo limitadamente humano. En fin, que no acabo de entender por qué nos resulta tan natural convivir con la idea de un universo infinito (Borges dijo una vez en un espacio radiofónico: …ahora la idea de un espacio o de un tiempo infinito no nos aterra. O, en todo caso, nuestra imaginación la acepta; luego recogido en los Diálogos Inéditos con Osvaldo Ferrari).

Por contraste, me suele resultar desasosegante la idea contraria: que todas las cosas son finitas, que el universo mismo es finito, lo que implica la idea de la Biblioteca Total, el mito del Eterno Retorno, y muchas otras cosas. Es decir, el conjunto de todas las posibilidades contiene el Universo, todo lo que ha sido, es y será (inevitablemente repetido una y otra vez a lo largo del tiempo; salvo que éste sea también finito y nos libere). Si se acercan a la Vida de Sertorio de Plutarco descubrirán algunas consecuencias de estos planteamientos: Quizá no es sorprendente el hecho de que, en la inmensidad de los tiempos, y en medio de las fluctuaciones de la fortuna, la casualidad lleve a menudo a la aparición de los mismos eventos. En efecto, o bien el número de los sucesos posibles es ilimitado, y la fortuna tiene en la abundancia de sus materiales un caudal de coincidencias, o bien los sucesos se encadenan a partir de situaciones en número limitado, y es necesario que las mismas causas conduzcan a menudo a los mismos resultados.

En todo caso, un seguidor de Llull, Giordano Bruno defendió con exaltación poética la doctrina de la infinitud del universo. Proclamó que el mundo es el efecto infinito de una causa infinita (cosa que vino a costarle la vida). Es evidente que esta dudosa afirmación nos libera de gran cantidad de problemas de orden ético y metafísico. Pero ¿y los libros? ¿cómo refutar el argumento que afirma que pueden agotarse? ¿Se puede agotar la literatura?

El amigo Jorge Luis Borges se planteó esta cuestión de forma bien sensata y que va más allá de la simple combinatoria. Ya se lo avancé en otro post, pero nunca está de más repetir esto. En su Nota sobre (hacia) Bernard Shaw viene a defender, al hilo de estas cuestiones, otra idea clásica: el acto creador de la lectura. Por tanto, lo que es infinito es el diálogo que se entabla con el lector: La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no es agotable. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual -ésta, por ejemplo- como la leerán el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura del año dos mil. A mi, que me ha sido dado leer precisamente esta página en el año 2000, me recuerda sin embargo a Pierre Menard.

Bueno ¿y qué? Se estarán preguntando. Pues si han seguido la discusión del post anterior les confieso que todo el texto anterior está escrito con la única intención de fracasar a la hora de cuantificar mis “índices de legibilidad”. Les ofrezco los resultados de todo lo anterior:

Grado en la escala de Flesch: 22 (100=Muy fácil)
Voz Pasiva: 3%
Complejidad oracional: 28 (100=Muy complejo)
Complejidad del vocabulario: 46 (100=Muy complejo)

Como ven, tengo que esmerarme, porque de momento les estoy poniendo las cosas demasiado fáciles. A ver si mañana, con Kuhlmann, Queneau y algunos otros alcanzamos un nivel razonable de ilegibilidad. Vayan preparándose.