26 de enero de 2005

El sexo de los ángeles

Siempre atento a sus recomendaciones había pensado dedicar el post de hoy al ‘sexo de los ángeles’ pero tras una breve reflexión he caído en la cuenta de que eso es lo que hago aquí a diario, asaltar tan delicado asunto de forma más o menos disfrazada. Además, discusiones semejantes las tienen a diario en la prensa y en las tertulias políticas y éste que les escribe se siente muy poca cosa a su lado como para hacerles la competencia. Me sorprende, sin embargo, que el sexo de los ángeles levante tan encendidas pasiones y en cambio otras intrigantes cuestiones sobre los mismos sólo interesen a unos pocos (¿recuerdan a Miguelito, aquel personaje de Mafalda que se preguntaba si los ángeles podían volar hacia atrás?).

Mucho se ha escrito sobre estos extraños seres y no siempre relacionado con su sexo. Sir Thomas Browne escribía (más exactamente publicaba) en 1643 que “definen por sus diferencias específicas lo que nosotros describimos por sus accidentes y propiedades, y que, por consiguiente lo que para nosotros son probabilidades pueden ser demostraciones para ellos” (Religio Medici, 1ªP. Sec.33). Transformar las probabilidades en demostraciones, ¿no les parece una idea más interesante que el sexo? No me contesten, ya sé que no, que no se lo parece. El sexo vende y ni ustedes ni yo somos de piedra (sobre todo yo). ¿Se imaginan no obstante la transformación de las probabilidades en demostraciones? Encontrarse, por ejemplo, con una voluptuosa mujer (o fornido y varonil macho, lo que prefieran) y estar seguros de si accederá o no a sus requerimientos (vaya, otra vez el sexo).

Contrariamente a lo que puedan imaginar, en la Biblia hay muy pocos ángeles. Unos pocos en el génesis, alguno que otro suelto por ahí y aquel de la anunciación. Sin embargo la tradición ha suplido con creces esta carencia. Fue supuestamente Dionisio el Areopagita quien estableció las jerarquías angelicales dividiéndolos en tres grupos o ‘coros’ cada uno de los cuales abarca tres clases de ángeles. Así, en el primer coro se encuntran: serafines, querubines y tronos; en el segundo coro se encuentran dominaciones, virtudes y potestades, y en el tercer coro tenemos principados, arcángeles y ángeles propiamente dichos. Éstos últimos son el grado inferior de la escala, los más próximos al hombre y, por tanto, aquellos sobre los que más sentido tiene discutir sobre su sexo. Su ángel de la guarda se cuenta entre ellos, pero si les permite estar leyendo esto es probable que esté durmiendo. Aprovechando esta última circunstancia apartaré los ángeles para mejor ocasión y me limitaré al sexo, que es lo que ustedes desean aunque no lo reconozcan.

Les reto a que descubran el autor de las siguientes líneas (la solución, mañana o en los comentarios, lo que llegue antes).

La noche, serena, estrechaba entre el tizne de sus muslos a la blanquísima luna, y el pulmón de sus constelaciones se agitaba débilmente con el soplo de una brisa clásica transportada por el Gulf Stream. Los paisanos aterrados por los terroristas se enterraban en sus casas y los soldados, con las armas en alto, respetaban, por motivas tacticoestratégicos, la calma de aquellas horas nocturnas, que debían todo su oscuro fulgor a la presencia dispersa de unas dos mil estrellas, amén de los planetas y sus satélites, el más considerable (relativamente) de los cuales era con toda seguridad al antes mencionado.
Cuando el silencio es así de grande, ataca al corazón. O algo más abajo, por donde los órganos copuladores. ¡Oh, música etérea de las esferas! ¡Poder erótico de las dobles corcheas cósmicas anuladas por la tendencia gravitacional e inevitable del mundo a la nada!

Como ven, hasta la “armonía de las esferas” destila sexo por los cuatro costados. Si quieren una pista, se trata de una novela de autor indefinido (indefinido hasta en el sexo) que incluye entre otras cosas la narración de acciones “para las que ni el mismo catecismo tiene prevista confesión”. Si se sienten incapaces de descubrirlo compartan al menos sus sensaciones cuando el silencio nocturno les ataca los mencionados órganos y, bajo ningún concepto, se les ocurra recurrir a las abrasadoras prácticas de María Coronel que hoy refiere don Pelu.

Les dejo aquí, con una última consideración personal: hablando de sexo, qué quieren que les diga, que para ángeles yo me quedo con Kaperucita Negra.