27 de enero de 2005

En sus manos lo dejo

Cuando traté aquí, sin agotar por supuesto, el asunto de la “literatura combinatoria” emergió el nombre de uno de los papas recientes de las letras francesas, Raymond Queneau, que había escrito un libro titulado “Cent mille milliards de poèmes” que contenía en sólo diez páginas tan elevado (pero no infinito) número de poemas. Ya va siendo hora de presentarles al personaje para que empecemos a aclararnos. Como soy un poco vago, tomo de la solapa de una de sus obras la presentación:

Raymond Queneau nació en Le Havre el 21 de febrero de 1903 y murió el 25 de octubre de 1976. Fue uno de los escritores más originales y singulares de la literatura universal del siglo XX. Vinculado al grupo surrealista durante los años veinte, fue autor, a partir de "Le Chiendent" (1933), de una extensa producción narrativa y ensayística, entre la que cabe citar "Un duro invierno" (1939), "Mi amigo Pierrot" (1942), "Ejercicios de estilo" (1949), "Bâtons, chiffres et lettres" (1950), "La alegría de la vida" (1952), "Zazie en el metro" (1959, llevada al cine por Louis Malle en 1960) y "Las flores azules" (1965), Fue narrador, poeta, autor teatral, ensayista, autor de canciones, pintor, actor, guionista, traductor -dominaba dieciocho idiomas-, matemático, empleado de banca y, finalmente, editor en Gallimard, donde contribuyó a la creación de la enciclopedia "La Pléiade". Por su provocativa capacidad sarcástica y su poderío imaginativo, Queneau es una figura aparte en la literatura francesa y en las literaturas europeas de nuestro tiempo: le pertenece, intangible, el espacio de los grandes inventores de la fabulación y la palabra.

Supongo que habrán ustedes extraído las mismas dos conclusiones que yo cuando leí por primera vez esta solapa: uno, que el tal Queneau fue una importante figura literaria en Francia, y, dos, que el autor de la solapa es un pedante atroz que, sólo por la última frase, ya merece el destierro o cosas peores (hace tiempo leí una condena interesante: “veinte años y un día en la silla eléctrica”, quizá sea el momento de aplicarla). Si se molestan en consultar el link que dejé más arriba, comprobarán la ubicuidad de este caballero, que perteneció al grupo surrealista, pero también al colectivo Nicolás Bourbaki (de hecho firmó un guión cinematográfico con Luis Buñuel, entre otras variopintas ocupaciones).

Un autor frecuente por aquí, don Tito Monterroso contestó en su día a una absurda encuestilla de esas que florecen en la prensa sobre cuáles eran los libros más influyentes que había leído aquel año. Entre ellos se encontraban los “Ejercicios de estilo”, esta fue su respuesta:

"Ejercicios de estilo", de Raymond Queneau en una espléndida versión -y con un prólogo igualmente luminoso del español Antonio Fernández Ferrer. Noventa y nueve variaciones sobre un tema absolutamente baladí.
A Queneau se le ocurrió escribir esta serie "en el transcurso de los años treinta" una tarde, cuando junto a Michel Leiris oía en París y en la sala Pleyel un concierto en el que se tocaba "El arte de la fuga". ¿Por qué no hacer en literatura -se dijeron el uno al otro- lo que Bach había hecho en música, es decir, variaciones sobre un tema dado, y en el caso suyo, de Queneau, sujetándose a determinadas figuras retóricas? Queneau lo hizo. Sínquisis, lítotes, poliptotones, aféresis, apócopes, síncopas, parequesis, y decenas de retorcidas figuras de éstas más, son usadas por Queneau para relatar en alambicadas formas distintas la misma historia deliberadamente banal: un hombre sube a un autobús; se queja de incomodidad; dos horas más tarde aparece de nuevo en una plaza; un amigo le indica que debe poner un botón más en el abrigo.
Y viene los diferentes estilos: nervioso, angustiado, jovial, paranoico, engmático, crítico literario, crítico cinematográfico, orgulloso, gracioso, detectivesco, elíptico, algebraico, etcétera, etcétera.
(Augusto Monterroso, La vaca)

A veces, no obstante, la redacción de “variaciones sobre un mismo tema” se debe exclusivamente a que el autor no ha quedado satisfecho con la primera versión. Flaubert, por ejemplo, escribió tres versiones de “La tentación de San Antonio”, por no hablar de las numerosas versiones de “Los sueños” de Quevedo. Un caso similar le ocurrió a Guillermo Cabrera Infante, que en 1960 escribió un pequeño cuento (de grandes “ambiciones literarias” según sus palabras) titulado “En el gran Ecbó” que reescribió en otras dos ocasiones (con los títulos “Una mujer que se ahoga” y “Delito por bailar el Chachachá”). GCI, con motivo de su septuagésimo aniversario, escribió una cronología para que fuera incluida en una edición especial “íntegra” de “Tres tristes Tigres”, allí, en la entrada correspondiente a 1976, puede leerse: Escogiendo viejos retazos de un libro que nunca se escribió y que se iba a llamar "Cámara Lúcida", hasta que Nabokov echó a perder ese título, compone un nuevo libro “Exorcismos de esti(l)o”, con el nombre como homenaje a Raymond Queneau y añadiendo unos pocos ejercicios verbales.

Ya ven, este Queneau aparece por donde menos se lo imagina uno. Pero me imagino que todo esto les traerá a ustedes al fresco. El autor que debe interesarles es aquel otro de “sexo indefinido” que les emplacé ayer a localizar. Resolveré ahora sus dudas. En 1947 apareció en Francia una novela de una escritora irlandesa llamada Sally Mara traducida del inglés por un tal Michel Presle. La novela se titulaba “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres”. Creo que fue en 1962, pero no me hagan mucho caso, cuando se publicó el “Diario íntimo de Sally Mara”, allí puede comprobarse que Sally era una joven adolescente empeñada en escribir una novela en gaélico y que Michel Presle fue su profesor de francés. La reedición de “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres” de 1971 por fin dejó claro que tanto Sally, autora, como Michel, traductor, no eran más que personajes de Queneau, verdadero autor de la novela (de ahí lo del “sexo indefinidio”, sólo era una pequeña trampa).

Alguna que otra cosa en esta novela recuerda al Tristram Shandy pero ni Queneau ni nigún surrealista conoció a Sterne. Una pena, porque las cosas podrían haber resultado mucho más interesantes de haberlo conocido.

La novela tiene lugar durante la insurrección irlandesa de 1916 y narra el sitio por parte del ejército inglés de una estafeta de correos asaltada previamente por un grupo de siete inocentes irlandeses armados. El desarrollo de la “acción” corre a cargo de una empleada que quedó escondida en el servicio durante el asalto y va “seduciendo” y “reduciendo” a cada uno de los asaltantes a base de “artes femeninas”. De ahí las “acciones” para las que el catecismo de estos infelices no tenía prevista confesión. Hay mucha poesía en el texto, por ejemplo, cuando un tabernero inglés es descalabrado por un botellazo de Guinness, el color de su sangre se describe como “stout-grenadine”. ¿No les parece poético?

Pero ya veo que me estoy enrollando demasiado cuando sólo quería despejar sus dudas y confesarles que diariamente tengo tentaciones de reescribir por completo este blog, que no me acaba de tener satisfecho (el blog, ustedes sí que han sabido estar a la altura de las circunstancias). En menos de dos meses la cosa se me ha escapado hasta ciento treinta páginas (a todas luces un exceso) a cuya redacción no he dedicado todo el tiempo y esfuerzo que ustedes merecen. En sus manos lo dejo ¿debo hacer un blog más cuidado pero menos frecuente o seguir desvariando como hasta ahora, sin respetar la forma, el equilibrio, el estilo y demás exigencias habituales? Suyo afectísimo, se despide (por hoy) el responsable de esto (Perich siempre estableció una importante diferencia de matiz entre el 'responsable' y el 'autor de algo').