13 de enero de 2005

Genética

Ayer, preocupado por el asunto de las simientes, me vino a la cabeza algo levemente relacionado y de plena actualidad. En estos tiempos en que todo parece reducirse a la genética y que el genoma de la mosca del vinagre desplaza a la jornada de liga en las conversaciones de bares y tabernas no está de más recordar unos cuantos asuntos para dotar a la cuestión de una razonable perspectiva. Saltemos pues, del Génesis a la genética.

No se preocupen, no les hablaré de esas cosas que gustan tanto a los periodistas de hoy en día. Ya saben, cosas como “el genoma humano coincide en un 90% con el de un lemur”. Por un lado porque uno de los comentaristas habituales de estas páginas, Peru, sabrá explicárles mejor que yo, que para eso es biólogo, lo que tiene de estúpido sorprenderse por esas cosas. Por otro, porque lo que a mi me sorprende no es que el genoma del periodista sea asombrosamente coincidente con el de un lemur, sino que su cerebro también sea prácticamente idéntico.No, les hablaré de otras cosillas.

Por ejemplo, lo de los genes es algo que se sabe de antiguo (¿por qué si no se iba a preocupar Judá por la calidad de la simiente que entrara en su nuera?). De hecho, un habitual de estas absurdas páginas ya lo expuso en su día con notable claridad. Excusen la extensión de la cita, no me he sentido capaz de acortarla.

Y por fortuna en el ayuntamiento,
cuando ordeñó con suma ligereza
y el viril semen embebió la hembra
al padre o a la madre se parecen
los hijos, en razón que dominare
el semen de uno u otro; y si de entrambos
fueren los hijos un retrato vivo,
de la sangre más pura de sus padres
fueron formados, cuando las semillas
excitadas por Venus en los miembros
el recíproco ardor equilibrara,
y con igual influjo concurrieron.
A las veces sucede parecerse
a los abuelos, o a los bisabuelos,
porque encierran los padres de ordinario
en su cuerpo muchísimos principios
que, de padres a hijos transmitidos,
vienen de un mismo tronco: después Venus
varía las figuras, y remeda
el semblante, la voz y los cabellos
de los abuelos, porque son formadas
aquestas partes de nosotros mismos
no menos que la cara, cuerpo y miembros
de germen fijo. Y la viril semilla
en producir el sexo femenino
influye, y los varones engendrados
son del materno semen; porque el hijo
resulta siempre de las dos semillas,
y aquel a quien el hijo más saliere
suministró más partes de elementos,
como en varones y hembras verlo puedes.
(Lucrecio, De rerum natura, IV,1209ss)

Con esto no pretendo restarle mérito al hombre de los guisantes, Gregor Mendel (no confundir con Gregor Samsa, hombre de interesantes genes, sin duda). Gregor (Mendel), en realidad se llamaba Johann, pero, como ha señalado Monterroso, le gustaban las mutaciones. Fue ordenado sacerdote en 1847, pero nos salió, justo lo opuesto de Celestino V, “más interesado en las cosas de la Tierra que en las del Cielo”. Sus pésimas notas no le permitieron llegar a ser profesor universitario por lo tuvo que dedicar su tiempo a descubrir las leyes de la genética que ya Lucrecio, tomándolas de Epicuro, había sugerido. Si están interesados en la mutación de Gregor Mendel en Gregor Samsa y otras aún más sorprendentes, pero no por ello menos reales, deben leer un pequeño ensayo de Monterroso (todo en Monterroso es pequeño, hasta él mismo era pequeño) titulado La metamorfosis de Gregor Mendel, incluido en el volumen que lleva por título La vaca. Estoy seguro de que lo disfrutarán (así que no se hagan los remolones, que son sólo siete páginas).

Podría seguir por este camino hasta llegar a Watson y Crick e incluso más adelante, pero si están interesados de forma práctica en esto de los genes, les propongo que visiten un lugar que quizá ya conozcan si son dados a recorrer la red en busca de páginas no pornográficas (hay tiempo para todo). Se trata la página web de los Darwin Awards, meritorios premios que se conceden a aquellos cuya estupidez les ha llevado a perder la vida eliminando, por tanto, la posibilidad de perpetuación de sus genes. Es una bonita forma de agradecer la retirada de su ADN del patrimonio genético de la especie para provecho de la misma. Ellos mismos lo explican muy claramente:

The Darwin Awards salute the improvement of the human genome by honoring those who accidentally kill themselves in really stupid ways. Of necessity, this honor is generally bestowed posthumously.

Es de agradecer que los chicos de Darwin Awards se tomen su trabajo en serio y se preocupen de comprobar y documentar correctamente cada una de las muertes de las que tienen noticia. Con ello evitan que se produzcan hechos lamentables como el que le sucedió a pobre Empédocles, filósofo griego del siglo V a.C. del que Aristóteles cuenta que murió a los sesenta años desterrado en el Peloponeso. Sin embargo, Diógenes Laercio, poco dado a la exactitud todo hay que decirlo, cuenta en sus Vidas de los Filósofos que murió arrojándose al Etna para demostrar que era inmortal. Éste, el Etna, tan sólo devolvió una sandalia.

Hay que reconocerle cierto mérito literario a la historia de Diógenes Laercio, mérito que explica que se extendiera la leyenda y se convirtiera en lugar común. En el Icaromenipo de Luciano, por ejemplo, Menipo se encuentra a Empédocles en la luna, completamente chamuscado, arrojado allí desde el volcán. Estoy seguro de que en Darwin Awards se habrían dado cuenta de la falsedad de la historia, otra cosa es si lo habría hecho ese periodista que todos conocemos (cada cual elija el suyo) que tiene el cerebro idéntico al de un lemur en tamaño, forma, propiedades macroscópicas y microscópicas e incluso características funcionales.