30 de enero de 2005

Gracias sin gracia

Comparezco, por sorpresa tal y como prometí, para confirmarles una verdad tan evidente que me parece ridícula para comenzar estas líneas: que hay vida fuera del blog, y no siempre es feliz y agradable. Claro que esto no debe hacer creer que no haya vida dentro de él. La hay y mucha, casi toda entre los comentarios. Algunas digestiones me han tenido ausente (ocupado y preocupado) estos días pero no, puedo asegurales que no estoy secuestrado o que, al menos, no lo estoy más de lo que lo están ustedes. Pero también puedo asegurarles que todo lo que han escrito en los comentarios a mi último post ha ayudado (está ayudando) en gran medida a llevar adelante mi personal enfrentamiento con asuntos que no viene al caso mencionar. Ante todo, por tanto, gracias.

Durante estos casi dos meses me he venido riendo de casi todo, compartiendo esas risas en este rincón y ostentando la divisa contra la seriedad hasta donde me ha sido posible (gracias Ana, por entenderlo). No es fácil. No siempre es posible reir y hoy, para mí, es uno de esos días en que más difícil resulta. No se alarmen, entre mis defectos se cuenta no saber compartir los problemas, así que no utilizaré esta tribuna para lanzarles quejumbrosos llantos y maldiciones diversas. Han tenido su momento y si regreso aquí, es porque me siento capaz de ahorrarles el disgusto que no merecen y mantener la misma divisa que hasta ahora.

Pero puestos a regresar, no me cabe en la cabeza hacerlo de otra forma que con lo que sigue. Quizá me salga momentáneamente de tono, pero creo y espero que lo entenderán si llegan hasta la última línea. De todas formas, dado que las palabras sirven antes para disfrazar que para revelar les hablaré primero del Libro de Job, con la nada secreta pero infundada esperanza de que revele antes que disfrace mi tema de hoy.

Me imagino que todos saben que la “paciencia infinita” (calma, dejaré hoy tranquilos los infinitos) del santo Job se ha convertido en proverbial. Sin embargo, si no han leído el Libro de Job, puede que desconozcan que en el origen de esa paciencia proverbial se esconde una historia que muy poco tiene que ver con la desdibujada imagen que hoy tenemos de Job. Porque Job fue castigado “gratuitamente” (no estoy muy seguro de que ésta sea la palabra), sin merecerlo; y Job aguantó y aguantó toda clase de injusticias aunque nunca fue capaz de creer que todas sus desgracias fueran el justo castigo a sus pecados. Él se sabía justo y sabía de la injusticia de sus desgracias. No le pusieron las cosas nada fáciles: Perezca el día en que yo fui nacido (Job, III,3), llegó a decir. No les contaré el final de la historia, cuando tras largas discusiones se produce la aparición del mismísimo Dios con un discurso cuyas posibilidades de interpretación son tan infinitas como la paciencia del santo Job. Quizá sea otro el día en que vuelva con este asunto.

Si traigo esto aquí ahora es porque entre los comentarios del señor Borgeano leí, en referencia a quien por entoces firmaba como ‘Mujer de Eduardo’, que “la pobre chica se ve que te tiene una paciencia...”. Y les aseguro que pocas veces se ha dado más en el clavo. No sé por qué me la tiene porque se las he hecho pasar peor que Job tantas veces. Y ahí está, no sé por cuánto tiempo me aguantará, pero de momento ahí está. Les hablé el otro día del Gran Rifiuto (algo veía ya venir, supongo) y creo que me ha llegado el momento de pronunciar el gran Sí o el gran No (los simples deben saber que ya estamos casados, hablo de otra cosa). Pero Cavafis también habló en otro poema de otra pequeña cosilla.

Los señores Hispano Calvino (o Hispuno Calvano o como desee llamarse hoy) y Árcade (les informo de que me conocen bien desde hace más tiempo del que soy capaz de recordar) me instaban, también entre los comentarios, a “enfrentarme a la realidad”. Déjenme primero presentarles el poema de Cavafis:

LA CIUDAD
Dicer “iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”
No hallaras otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en las misma casa encanecerás.
Poues la ciudad siempore es la misma. Otra no busques –no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruído en toda la tierra

(Constantino Cavafis)

Pueden leer lo que quieran en este poema. Mi lectura es muy sencilla y la he encontrado por ahí muchas otras veces. Sin ir más lejos nuestro amigo Horacio: A quien gusta lo del otro no es raro que odie su suerte. Tontos ambos culpan al lugar sin merecerlo. El culpable es el espíritu, que nunca huye de sí mismo (Epístolas, I, 14, 11-13) Idea que también expuso el otro epícúreo por excelencia.

Mudando de lugar, como si fuera
posible descargarse de aquel peso
...
Cada uno así se huye de este modo
más no puede evitarse.
(Lucrecio, De Rerum Natura, Libro III)

No señores, los problemas siempre están dentro de uno y es allí dentro donde deben solucionarse. Ésa es la realidad que hay que enfrentar. Ésa es la realidad que tengo que enfrentar. Y en esas estoy. Por eso no me he visto capaz de regresar por aquí hasta hoy, porque tenía y tengo la batalla dentro de mí. Sólo ahora vuelvo para intentar no escribir jamás lo que escribió Cioran: A diferencia de Job, no maldije el día de mi nacimiento; a todos los otros días, en cambio, los he cubierto de anatemas (Del inconveniente de haber nacido). Y vuelvo también para darles las gracias por estar ahí. Y para dejar por escrito mi agradecimiento a quien ya saben que se llama Rus y a rogar a quien corresponda que su paciencia sea o haya sido efectivamente infinita. Ya se lo he dicho personalmente, pero las palabras se las lleva el viento y me imagino que el servidor de blogger es menos susceptible de verse arrastrado por temporales o tsunamis. Aquí queda.

Y ahora les aseguro que volveremos a reirnos de todo, que volveré a escribir para ustedes (en lugar de hacerlo, como hoy, para mí), que siempre podrán contar con mi inútil pero voluntariosa ayuda si les sirve de algo (gracias, Daniel K por tu disposición) y que no volveré a escribir impúdicamente sobre mí porque infinitas son las cosas que merecen más la pena. Y vale ya de cursilerías, si el general MacArthur volvió, yo también lo haré. No les haré esperar mucho.