15 de enero de 2005

La circunstancia combinatoria

Aquello que dijo Ortega (parece ser que Gasset también lo dijo) de que uno es uno y su circunstancia es verdad a medias o, si quieren, media verdad. Convive cada quien con tal circunstancia como puede y ésta le deje. A veces ajeno a ella, a veces enfrentado a ella y a veces sujeto a ella. Un servidor de ustedes que, como Sócrates, sólo sabe que Sócrates no sabía nada (Según Eduardo Torres, esto le valió a Sócrates el título de filósofo más ignorante de la historia, razón por la cual su sucesor, Platón, sólo pretendió haberlo olvidado todo), se planteó este blog (es un decir) de espaldas a la circunstancia (a la propia, a la de Sócrates, a la de Ortega e incluso a la de Gasset). Hasta ayer blog y circunstancia habían coexistido sin contratiempos. Pero finalmente la circunstancia se empeñó en manifestarse y, como se dice por aquí, joder la marrana. Disculpen, por tanto, mi ausencia de ayer tras cuarenta y un días de diarrea literaria ininterrumpida. No me lo achaquen a mí sino a la circunstancia que, como les he dicho, es Ortega (o Gasset, no sé cual de los dos es la circunstancia).

Para estas ocasiones uno debería disponer de alguna suerte de aparato o ingenio mecánico que le ayudara a salir del paso. Que la circunstancia se interpone entre uno y el texto, pues nada, se le da un par de vueltas a una manivela y se obtiene un escrito listo para postear. No crean que les hablo de ciencia ficción, este tipo de aparatos existen. Por ejemplo, en el relato de su visita a Balnibarbi, Lemuel Gulliver describe una máquina para el “perfeccionamiento del conocimiento especulativo por medio de procedimientos prácticos y mecánicos”. Una máquina con la que “el más ignorante podía, a un precio razonable y con un pequeño esfuerzo físico, escribir libros de filosofía, poesía, política, leyes, matemática y teología con la mínima necesidad de ingenio o estudio”. Prometedor invento ¿no creen? ¿Para qué molestarse en juntar aquí unas letras cuando es posible disponer de un ingenio capaz de hacerlo por uno?

La idea que fundamenta el diseño de esta clase de máquinas es asombrosamente simple y tiene una lejana relación con lo que decía “ayer” (déjenme ponerme un poco en plan Fray Luis de León) sobre la sorprendente similitud entre el genoma del alcornoque y el del hombre (el animal más parecido al ser humano según Perich). ¿No resulta igual de sorprendente que las obras completas de Barbara Cartland fueran escritas con las mismas letras que las que utilizó William Shakespeare para las suyas? Pues ahí está el busilis (por favor, búsquen esta palabra en el diccionario, su etimología es fascinante) de la cuestión.

Una vez que se cae en la cuenta de que todo escrito, desde el más elevado o ingenioso hasta el más rastrero es simplemente una combinación de letras la cosa se torna sencilla. Así, la máquina de Balnibarbi, siento decepcionarles si esperaban algo más sofisticado, no es otra cosa que un conjunto de cubos en cuyas caras se encuentran escritas todas las palabras del idioma. La máquina los hace girar al azar y para obtener resultados basta ejecutar sucesivamente los giros hasta que aparezca algo con sentido.

Es posible que esto les parezca completamente absurdo, pero la idea que la sostiene no lo es tanto. Ya les contaré unas cuantas cosillas del razonamiento combinatorio, de la literatura combinatoria, de la música combinatoria e incluso de la combinatoria combinatoria. Pero si no creen que esta máquina puede desarrollarse y sofisticarse lo suficiente como para resultar práctica es que no conocen el “Generador aleatorio de artículos postmodernos” que pueden encontrar aquí. No se asusten al pinchar en el enlace si encuentran un texto lleno de vana y vacua palabrería (full of sound and fury) como los que pueblan las revistas culturales. Pulsen “Refresh” y obtendrán otro artículo completamente original y recién salido del horno. Pulsen todas las veces que quieran, el generador les obsequiará con otro artículo cada vez que lo hagan, todos distintos pero con un común denominador, no tienen ningún sentido (como estás páginas).

Y ahora aprovecho para preguntarle al amigo Borgeano: ¿Quién es el “autor” de estos artículos? ¿Hasta dónde llegan nuestras posibilidades de “interpretarlos”? Para los demás, la pregunta es otra: ¿Saben de algún generador aleatorio de posts que pueda evitar la situación en que me ví ayer? Nunca he entendido por qué vienen aquí, pero ya que vienen qué menos que castigarles con otra combinación absurda de letras como las cuarenta y una anteriores. Es sólo una cuestión de buena educación. Gracias a todos y procuraré no volver a fallarles (ojo, sólo lo procuraré).