31 de enero de 2005

My melancholy blues

Tengo tan claro como ustedes que, desoyendo el sabio consejo, he mendigado en demasía sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos y milagros de santos; quizá para ocultar que es mi voz la que habla y mi mano la que escribe. No quiero señalar a nadie, pero fue don Jorge Luis Borges quien me llevó de la mano hasta el señor Robert Burton. A partir de ahí, me resultó imposible seguir escuchando al anónimo consejero de Cervantes. No les volveré a traer por aquí el asunto de las “palabras propias o ajenas”, pero les contaré hoy alguna que otra cosa algo relacionada con este caballero al que acuso, con cariño, de haber instigado en mí tan lamentable vicio. Váyanse sentando.

Antes, no obstante, les haré saber que no soy el único en haber llegado a Burton por este camino.

Un amigo mío llegó a desorientarse en tal forma con ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’, que me confesó que lo que más lo seducía de ‘La biblioteca de Babel’, incluido allí, era el rasgo de ingenio que significaba el epígrafe, tomado de la ‘Anatomía de la melancolía’, libro según él a todas luces apócrifo. Cuando le mostré el volumen de Burton y creí probarle que lo inventado era lo demás, optó en ese momento por creerlo todo, o nada en absoluto, no recuerdo. (Augusto Monterroso, Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges)

Robert Burton publicó su monumental Anatomía de la Melancolía en 1621 bajo el nombre supuesto de Demócrito Junior. Se hacía así heredero del conocido como “filósofo de la risa”, de esa risa que tanto y tan bien recomienda Ana. Si creen que cito demasiado aquí, es que no se han acercado a este libro, el único libro que ha hecho levantarse a Samuel Johnson dos horas antes de lo previsto para poder leerlo. No es libro apto para cualquiera, pero si se consigue penetrar en él regala muchas cosas.

El tema, la melancolía, viene muy a propósito porque, después del ‘escrito’ de ayer (respetaré tu opinión, Rafa, aunque la palabra ‘post’, aunque barbarismo, me parecía y parece que resta ‘importancia’ al texto, y eso siempre es bueno), no creo posible otra continuación. Y por ‘melancolía’ deben entender ‘locura’, esto es, el sentido clásico de la palabra.

La locura es asunto recurrente tanto en la vida como en la literatura (y a menudo entre los literatos). Por darle sabor clásico, no está de más recordar la vieja teoría del equilibrio de los humores. Según ésta, los humores son cuatro: sangre, bilis, flema y atrabilis (o bilis negra). El exceso de cada uno de ellos da lugar a un desequilibrio (se vuelve uno sanguíneo, colérico, flemático o melancólico, respectivamente).


La bilis negra es la causante de la locura o melancholia (de aquí atrabiliario: genio destemplado y violento, irascible, irritable). Los romanos, más que como la causa de la locura llegaron a interpretarla como sinónimo de la misma. Contra ella se usaba el eléboro negro (también lo había blanco), “hierba contra la locura”, que purgaba la bilis negra. Para los amantes de la documentación, les informo de que el eléboro es una planta alcaloide muy tóxica, mejor búsquense otra clase de remedio para sus males. El más célebre de los eléboros era el procedente de Anticira, tal y como atestigua un buen anigo de estas páginas.

Hay que dar la mayor dosis de eléboro a los avariciosos;
quizá lo mejor sería darles toda la producción de Anticira.
(Horacio, Sátiras, 2,3,82)

...una cabeza que no podrían sanar ni tres Antíciras
(Horacio, Arte Poética, 300)

Aunque en Grecia había realmente tres Antíciras, la principal productora era la situada en el golfo de Corinto donde hoy se encuentra la moderna Aspraspitia. Pero el eléboro, por lo que se ve, también presenta otras propiedades que me recuerdan más bien a las aguas del Leteo (¿recuerdan?). Aquí les presento la prueba:

Así, para mejor comenzar su obra, suplicó a un sabio médico de entonces, llamado maese Teodoro, que considerase si era posible enderezar a Gargantúa por mejor camino; éste lo purgó canónicamente con eléboro de Anticira y con este remedio le limpió toda la alteración y perverso hábito del cerebro. Por este medio le hizo también Ponocrates olvidar cuanto había aprendido con sus antiguos preceptores, como hacía Timoteo con los discípulos intruidos por otros músicos.
(François Rabelais, Gargantúa, Cap. 23)

Por no dejar cosas a medias les cuento que el tal Timoteo fue un flautista que, según refiere Quintiliano, hacía pagar el doble a aquellos alumnos que habían tomado lecciones con otros músicos por suponer doble trabajo corregir los defectos y enseñar (si hay algun maestro en la sala que tome buena nota de esto).

Ahora bien, si con toda imprudencia han desoido mis consejos y se han atiborrado de eléboro con la ilusión de verse despojados de todos sus males, he de advertirles que no deben confiarse demasiado. Herman Melville (creador, por otra parte, de un loco arquetípico), en Moby Dick, añade un elemento que creo importante: La locura humana suele ser una cosa astuta, felina. Cuando se la cree desaparecida, quizá no ha hecho más que transfigurarse en alguna forma aun más sutil (Cap. XLI).

Y ahora que les tengo bombardeados con todo este revoltijo de textos me referiré brevemente a eso que pedantemente han denominado “intertextualidad” y a la que, con franqueza, no acabo de verle la novedad.Con la posible excepción del primero de los textos, todos los demás y todas sus lecturas son “intertextuales” (como odio esta palabra). Por ejemplo, en 1999 un tal Ron Rosembaum escribió en el New York Observer que la Anatomía de la melancolía era “one of the supreme sui generis demented-genius works in the English language, a sort of encyclopedic spiritual twin of Tristram Shandy”. ¿Ven? Yo hablando aquí de dementes, el señor Borgeano hablando de genios en su blog y aparece por arte de magia Tristram Shandy.

¿Quieren más? Efectivamente, como refería don Tito, La Biblioteca de Babel se abre con esta cita de Burton:

By this art you may contemplate the variations of the 23 letters... (The Anatomy of Melancholy, part. 2, sect.II, mem.IV)

Miren por donde aquí ya se ve venir aquello que parecía tan alejado de lo que venía tratando hoy: la máquina de Swift, la de Llul, la literatura combinatoria de Queneau y la del oscuro visionario silesio Quirinius Kuhlmann del que todavía no les he hablado y, por supuesto, la biblioteca de Babel. Pero Borges siempre se andaba con sus artificios, así que les completaré la frase de Burton, para su mejor ilustración.

...which may be so infinitely varied, that the words complicated and deduced thence will not be contained within the compass of the firmament.

¿Cómo no enloquecer si todos los fantasmas reaparecen hasta cuando uno se plantea la locura? ¿Cómo librarse de la persecución de los infinitos, de la combinatoria, si aparecen por todas partes? Pues hablando de otra cosa, que es lo que haré aquí mañana para darles también a ustedes un respiro.