10 de enero de 2005

Olvidos

Ayer incluí aquí un conocido soneto de Quevedo sobre lo efímero de las cosas y la permanencia de lo fugaz (si es que el Tíber puede llamarse “fugaz”). Por alguna extraña razón este soneto siempre me ha recordado la figura de un oscuro filósofo que era incapaz de bañarse dos veces en el mismo río. Pero claro, el señor Torres, del cual ya saben que soy devoto, ha mostrado mayor perspicacia que el de Éfeso.

Cuando el río es lento y se cuenta con una buena bicicleta o un caballo sí es posible bañarse dos (y hasta tres, de acuerdo con las necesidades higiénicas de cada quién) veces en el mismo río.

El problema viene cuando uno pretende bañarse en las aguas del Leteo porque es posible que olvide dónde dejó aparcada la bicicleta e incluso que vino a bañarse en bicicleta. Ya que el otro día casi atravesamos el Aqueronte, podría ser buena idea presentarles este otro río del que bebían las almas antes de llegar al Hades olvidando todo lo pasado (léthe es, en griego, olvido al igual que su negación, alétheia, es verdad). Pero me consta que le han cogido miedo a estos lugares desde que les hice saber que Proserpina deambula por ellos sedienta de tarjetas de crédito. Intentaré tranquilizarles antes de proseguir con otra cosa.

Si uno lee, Infierno, XIV, puede encontrar

Fuera de aquí podrás ver el Leteo,
allí donde a lavarse van las almas,
cuando la culpa purgada se borra


(En la traducción de Luis Martínez de Merlo, porque en la de Batolomé Mitre o, para contento de Monterroso, Bartolo Memitre, la cosa viene a ser: El Leteo verás, donde se arroja,/ para lavarse, el alma arrepentida,/ cuando la culpa ya no la acongoja).

Por tanto, el Leteo, según Dante, no está en el infierno sino en el Purgatorio (concretamente en el canto XXVIII). No hay riesgo, pues, de encuentro inesperado con la insaciable Proserpina. Ahora bien, juntando todo esto: los sonetos de Quevedo y el Leteo, sólo se llega a un sitio (que no es Roma): los amores eternos. Ya se imaginan por donde voy.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Quédense con el segundo cuarteto, que es el que habla del Leteo y olviden lo del polvo enamorado, que se presta a chistes fáciles. Ya ven, hasta el admirado Quevedo ha caído en eso de “te querré siempre” o “jamás te olvidaré”. La intensidad de las cosas le proporciona a la memoria una sensación de omnipotencia que casa difícilmente, por ejemplo, con el hecho cotidiano de no recordar el PIN de la tarjeta de crédito (tranquilos, ya les dije que Proserpina no anda hoy por aquí). Y si les parece que poner en la misma balanza la grandeza del amor y la prosaica VISA es desequilibrado ejercicio recuerden que uno de los peores “enamorados” de la historia se sintió capaz de prometer todo un mundo por tan sólo una mirada, qué menos que exigirle disponer de un buen crédito.

No se engañen, todo se olvida. La prueba más palmaria la tienen en que he olvidado adonde quería llegar cuando empecé a escribir esto. Tampoco importa mucho, lo fascinante de las palabras es que se inventaron para decir cosas y hemos acabado leyendo en ellas lo que queremos. No “dicen”, insinúan, sugieren. No denotan, connotan. No sirven, pero hacen la vida mucho más divertida. Por lo menos la mía.