8 de enero de 2005

Pregunta, que algo queda

Parece que la asimilación de la rama dorada con la Visa Gold ha tenido más éxito del esperado. Empiezo a sospechar (es figura retórica, lo sospecho desde hace tiempo) que imágenes, metáforas, metonimias, sinécdoques y demás tropos resultan tanto más efectivos cuanto menos los piensa uno. Soltar la mano trae más inspiradas (o efectistas) figuras a costa, claro está, del estilo (Juan Benet sabía de esto un rato).

Cuando me vino a la mente (o a la mano) tuve claro que era una feliz comparación, pero ahí quedó la cosa. No creo que haya más explicación. O si la hay no va más allá de la conjunción de tres o cuatro obviedades: llevar varios días escribiendo sobre el descenso de Eneas a los infiernos, el comienzo de las rebajas y la alarmante y tradicional consulta que todos hacemos por estas fechas a nuestros estados financieros. Todo junto forma una ecuación de resultado unívoco (tan unívoco como el cuervo de Poe).

Si les cuento esto es por una discusión, debate, contraste de pareceres o lo que ustedes quieran que ha tenido (o está teniendo) lugar en uno de los múltiples blogs del múltiple Borgeano. No les referiré los detalles de la cuestión. Están donde deben estar. Pero aprovecharé el disponer de este espacio para seguir asediando el asunto sin esperanzas de conquista.

Digámoslo claro. Nadie es dueño de lo que dice (debates sobre derechos de propiedad intelectual aparte) por la simple razón de que nadie es dueño de lo que se entiende por dicho. ¿Qué prefieren, Cervantes o Menard? O, todavía más borgiano, ¿es la literatura agotable, ya que consiste en un conjunto de combinaciones de un número finito de elementos? ¿llegará el día en que estén escritos todos los libros posibles?

En mis cometarios a Borgeano me tomé una serie de intolerables licencias que corregiré aquí citando literalmente al maestro:

La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no es agotable. El libro no es un ente incomunicado: es una relación, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual -ésta, por ejemplo- como la leerán el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura del año dos mil.

Yo sé lo que estoy escribiendo, pero se me escapa lo que están ustedes leyendo ahora mismo. Sólo sé que si insisten en regresar por aquí, con peligro para su salud mental, es posible que lo que yo escriba y lo que estedes lean se vaya aproximando, en detrimento de la muy beneficiosa diversidad. Allá ustedes, la culpa es suya. Yo bastante tengo con explicarme por qué tengo la necesidad de hacer descender a Eneas a los infiernos, antes de explicarles que el propio Virgilio bajó por dos veces a los mismos lugares, la segunda de ellas acompañando a Dante.

Porque mi idea original era hablarles de la primera bajada de Virgilio. Aquella de la que casi nunca se habla (tan eclipsada está por la segunda). Pero en Infierno IX, 22-27, puede leerse en boda del propio Virgilio:

Verdad es que otra vez estuve aquí.
Por la cruel Eritone conjurado,
Que a sus cuerpos las almas reclamaba.
De mí recién desnuda era mi sombrío,
Cuando ella me hizo entrar tras de aquel muro,
A traer un alma del pozo de Judas.

La cosa resulta, no me lo negarán, harto misteriosa. ¿a quién tenía que rescatar Virgilio?. Y nada menos que del Pozo de Judas, que no es una figura retórica sino el lugar más profundo del noveno y último círculo del infierno de Dante, aquel donde se castiga a los traidores a la Iglesia y al Imperio. Y ¿cuándo bajó Virgilio esta primera vez? ¿Había ya muerto o, como Eneas, lo hizo vivo?

Por otra parte, esta Eritone o Ericto es una conocida bruja de la que habla con todo lujo de detalles Lucano en su Farsalia (VI, 507-623). Trancribo estos versos porque me resultó curiosa la detallada descripción de sus repugnantes prácticas (si viven demasiado integrados en la “cultura de la imagen” y no son capaces de recrear mentalmente la descripción, basta con que se imaginen a Aramis Fuster; y aquellos del otro lado del charco que no la conozcan, no saben la suerte que tienen).

A estos ritos criminales, a estas infamias de un pueblo siniestro
había renunciado, por demasiado piadosos, la salvaje Ericto
y había conducido a otros nuevos un arte corrompida.
Era, en efecto, para ella sacrilegio introducir su funesta cabeza bajo un techo
o un hogar de la ciudad, y habita las sepulturas abandonadas
y se adueña tras expulsar a las sombras de las tumbas
grata a los dioses del Erebo. Oír las asambleas de los silenciosos,
conocer las mansiones estigias y los secretos del oculto Dite
no se lo impiden los celestiales, no se lo impide la vida. Es el rostro entero
de la sacrílega enjuto y arrugado, repulsivo por la roña que lo cubre.
Por no ver el cielo sereno, la palidez estigia acentúa el temor que su cara
sobre la que caen sin peinar los cabellos, inspira. Si un aguacero
y las nubes negras esconden las estrellas, entonces sale la tesalia
de las tumbas vacías y busca los rayos nocturnos.
Con su pisada calcina las semillas de una cosecha fecunda
y con respirarlo torna letal el aire sano.
Ni eleva plegarias a los dioses ni invoca con fórmulas de súplica la ayuda
de una divinidad, ni conoce ella las vísceras propiciatorias:
se complace en colocar sobre las aras llamas de piras fúnebres
y el incienso que ha robado a una hoguera ardiendo.
Con sólo oir las primeras palabras de su petición conceden los dioses
cualquier infamia, pues tienen miedo de un segundo conjuro.
A mortales vivos todavía y que aún sobre sus miembros rigen
sepulta en la tumba, contra su voluntad la muerte llega
a destinos que deben aún años. Del sepulcro rechazó difuntos
e hizo tomas el cortejo fúnebre, huyeron los cadáveres la muerte.
Arrebata de la pira misma cenizas humeantes de jóvenes, y huesos
que aún quemaban, e incluso la antorcha que los padres
sostenían, y restos del lecho fúnebre que vuelan en medio de la humareda,
y recoge las pavesas de las ropas que se deshacen
en ceniza y brasas con el olor de la carne.
Mas cuando se guardan en lápidas, que embeben las internas secreciones
y se endurecen los cadáveres, absorbido el humor de las vísceras descompuestas,
entonces se ensaña ansiosa con los miembros todos
y hunde sus manos en los ojos y se complace en extraer sus gélidos
globos y roe las pálidas excrecencias
de la mano seca. Rompe el lazo y los nudos mortales
con sus propios dientes, recoge los cuerpos que penden de las cruces

Un encanto de chica, vamos. Pero volvamos a la primera bajada de Virgilio a los Infiernos. En otro lugar de la Comedia (Infierno XII, 31-48) puede leerse:

Has de saber que en la otra ocasión
que descendí a lo hondo del infierno,
esta roca no estaba aún desgarrada;
Pero sí un poco antes, si bien juzgo,
de que viniese aquel que la gran presa
quitó a Dite del círculo primero,
tembló el infecto valle de tal modo,
que pensé que sintiese el universo
amor, por el que alguno cree que el mundo
muchas veces en caos vuelve a trocarse;
Y fue entonces cuando esta vieja roca
se partió por aquí y por otros lados.
Mas mira el valle, pues que se aproxima
aquel río sangriento, en el cual hierve
aquel que con violencia al otro daña.

Este pasaje nos aclara un pequeño detalle que puede aproximar la fecha de la bajada de Virgilio. Aquel que la gran presa quitó a Dite del círculo primero no es otro que Jesucristo. Por tanto, Virgilio bajó a los infiernos antes de la resurección de Cristo. Esto no aclara si lo hizo vivo o muerto ya que el "divino mantuano", como lo llamó Cervantes, falleció en el 19 a.C., pero hay autopsias bastante más imprecisas.

Y ahora yo les pregunto, ¿qué he querido decir con esto? Les aseguro que sus respuestas valdrán mucho más que las de éste que se despide de ustedes hasta mañana.