7 de enero de 2005

Rebajas

Han llegado las rebajas. Legiones descontroladas se abalanzan sobre los almacenes descargando adrenalina y frustraciones por igual. Como en la gran tradición épica, aparecen figuras legendarias: la señora Matilde, que consiguió seis pares de medias con un sesenta por ciento de descuento y una faja de regalo; la familia Gutierrez, que trabajando en equipo con perfecta coordinación, vació la segunda planta del economato de la esquina sin que propios y extraños pudieran hacer nada por evitarlo; el incombustible Atanasio Farniente, que logró canjear los langostinos que le habían sobrado en nochevieja por un vale descuento con caducidad de tres meses (bastante mayor que la de los langostinos). ¿Cómo hablarles del pálido infierno de poetas y filósofos cuando tienen tan cerca este otro tan lleno de color?

La Sibila de Cumas nos enseñó que para descender al Hades la bella Proserpina exigía la rama dorada. Para acudir a las rebajas, de forma sorprendentemente paralela, la nueva Perséfone exige la Visa dorada. Pero si la auténtica Proserpina (o Perséfone, pónganse griegos o romanos, lo que prefieran) llegó a reinar en el mundo subterráneo como resultado de un rapto, ésta otra parece regir este infierno por voluntad propia y con voracidad inusitada (imagínensela con voz cavernosa: “¡Detente extranjero! No atravesarás estas puertas sin entegar tu tarjeta dorada, con su saldo intacto, para satisfacción del Amo de esta morada”).

No proseguiré hoy, por coherencia, con el latazo que llevo varios días dándoles. Pero dedicaré algo de espacio a demostrarles la utilidad de las estupideces que llevo escritas hasta ahora a través de varios ejemplos.

Primer ejemplo, ya han aprendido que el juramento sobre las aguas del Éstige obliga con especial solemnidad. Así que cada vez que tengan la tentación de jurar, háganlo ateniéndose a esta forma. Verán como el barniz cultural les va privando de amistades indeseables, especialmente defensores de la cultura y, a cambio, no les porporciona ninguna deseable.

Cuando alguien les pregunte alguna mamarrachada sin interés ni importancia, siempre podrán contestar: “¡Y yo qué sé, pregúntaselo a la Sibila de Cumas!”, con la total seguridad de que no les van a entender, pero probablemente les dejen en paz.

Y si van a las rebajas, pidan en la librería el Quijote de Pierre Menard con la misma naturalidad que otros piden el Quijote de Francisco Rico. Se sorprenderán de la variedad de situaciones a la que esto puede llevar, se lo juro por las aguas de Éstige y si no me creen, pregúntenle a la Sibila de Cumas.

Espero de corazón que hayan encontrado muchas gangas y de mejor resultado que estas letras. Hasta mañana.