25 de enero de 2005

Se abre la sesión

Los que paran por aquí saben ya del angustioso sentimiento de culpa que me produce faltar a mi diaria cita con ustedes. De entre ellos, los más perspicaces sabrán también del angustioso sentimiento de culpa que me produce presentarme aquí a diario como si tuviera algo que decir. Absentista irresponsable o presuntuoso redactor, como ven, culpable en todo caso y con algún retraso sobre el horario habitual retomo el teclado (antes se decía “retomo la pluma”, pero la tecnología está acabando con la poca poesía que queda en el mundo) para tratar alguno de los enrevesados o retorcidos asuntos con que parecen divertirse para mi total asombro. Espero que esta vez también les sugiera algo que comentar. En caso contrario, les ruego que hagan como Ana y depositen aquí sus comentarios a cualquier otro blog, que aquí se les agradecerá y resultará difícil apreciar que corresponden a otro tema.

Como les digo, obligarse a escribir a diario sobre “algo” es tarea sobrehumana o, cuando menos, destinada a mentes más preclaras que la mía. Pero ya que aquel “decálogo del escritor” (compuesto por doce puntos) que debemos a Eduardo Torres se abría con el siguiente mandamiento: “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”, me tomaré su palabra al pié de la letra. Juan Benet concebía la literatura como una batalla entre dos opuestos, la inspiración y el estilo (que dieron título a un magnífico ensayo). Ya que aquí faltan la una y el otro, llamaré a esto “literadura”.

Agradezco, en todo caso, el comentario de Peru que me dará pie a dejar hoy aquí unas líneas. No estoy muy seguro de que me diviertan las “disquisiciones teológicas” pero si aquella sobre la que me insta a escribir. El capítulo veinte del volumen I del Tristram Shandy incluye una memoria redactada en francés por los doctores de la Sorbona sobre el “bautismo por inyección”. Cabría pensar que se trata de una licencia literaria, una de tantas bromas de la novela. Pero lo cierto es que el documento es auténtico. Les resumo brevemente la cuestión.

De acuerdo con los rituales tradicionales sobre el bautismo (reconozco no haber consultado sobre este punto al licenciado Ureña), es aconsejable el bautizo del niño no nato en caso de peligro. Sin embargo, estos mismos rituales exigían que el bautista pudiera ver alguna parte del niño. El diez de abril de 1733, los doctores de la Sorbona se reunieron y tras una larga deliberación decideron ampliar el supuesto estableciendo que aunque ninguna parte del niño fuera visible podía administrarse el bautismo a través de una cánula o jeringa. Claro que, como buenos doctores, su informe procura antes que nada guardar la ropa. Me explico, se muestran favorables a la utilización de la jeringa pero sujeta a una serie de condicionales (suponiendo que el medio de que se trata es adecuado) y aún más salvedades (como la autorización del obispo o incluso del propio papa) y exigiendo un nuevo bautismo en caso de superviviencia del niño.

Reconozco que como “discusión teológica” no iguala la que nos trajimos aquí hace tiempo a cuenta del “santo prepucio” pero deben reconocer que tempoco le va muy a la zaga. De hecho, empiezo a sospechar que un “gomorrita” es un bautista con jeringa (hagan el esfuerzo de imaginar semejante bautismo de forma gráfica). Pero supongo que les interesará (o perturbará) más la “opinión” del propio Tristram Shandy, que deseaba “saber si, tras la ceremonia de matrimonio y antes de la consumación, el bautizo de todos y cada uno de los HOMÚNCULOS, de golpe todos a la vez y por ‘injection’, no sería un buen atajo, más corto y más seguro todavía; con la condición, como se dice arriba, de que si los HOMÚNCULOS llegan al mundo sanos y salvos, sean, todos y cada uno de ellos, bautizados otra vez”.

Se abre la discusión. Tienen ustedes la palabra, que yo sólo escribo aquí para leerles a ustedes. ¿O qué creían?