3 de enero de 2005

Un bosque y una rama

Las historias se componen de historias. Esta perogrullada era si cabe áun más evidente para Robert Louis Stevenson. Por eso, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se abre con un capítulo titulado Historia de la puerta. También sus Nuevas noches árabes (que bien podrían traducirse como Las nuevas mil y una noches) abren la primera de sus historias (El club de los suicidas) con La historia del joven de los pasteles de crema. Veámos qué les parece esta sucesión de historias que habrá de llevarnos, tal y como les prometí, a visitar el infierno. Empecemos con la “Historia del Bosque Sagrado”.

En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana del Bosque. Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y sustituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil.

El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte. Su figura ensombrecería el hermoso paisaje a los sencillos y piadosos peregrinos que se dirigían al santuario, como nube de tormenta velando el sol en un dia luminoso. El ensueño azul de los cielos, el claroscuro de los bosques veraniegos y el rielar de las aguas al sol, concordarían mal con aquella figura torva, siniestra. Mejor aún nos imaginamos este cuadro como lo podría haber visto un caminante retrasado en una de esas lúgubres noches otoñales en que las hojas caen incesantemente y el viento parece cantar un responso al año que muere. Es una escena sombría con música melancólica: en el fondo la silueta del bosque negro recortada contra un cielo tormentoso, el viento silbando entre las ramas, el crujido de las hojas secas bajo el pie, el azote del agua fría en las orillas, y en primer término, yendo y viniendo, ya en el crepúsculo, ya en la oscuridad, destácase la figura oscura, con destellos acerados cuano la pálida luna, asomando entre las nubes, filtra su luz a través del espeso ramaje.


Una buena historia ¿no creen?. Yo llegué a ella hace muchos años, y aquí comienza la “Historia de mi viaje al bosque”, cuando descubrí a Robert Graves (sí, aquel de Yo, Claudio). En pleno arrebato me dió por leer un extenso volumen en dos tomos donde recoge unas cuantas teorías y elucubraciones (lo sé, no le hago justicia al libro con esta descripción) relativas a la mitología: La diosa blanca. Allí comprobé que, con mucho, el libro más citado era La rama dorada de Sir James Frazer, un tratado atropológico cuyo objeto era, en palabras del autor (de Frazer), explicar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de Diana en Aricia.


Pues bien, sorprendentemente, y a pesar de que no tiene paralelo en la antigüedad clásica, la historia del bosque sagrado es real. De hecho, los párrafos anteriores con que les he narrado la historia del bosque son transcripciones casi literales del arranque del libro de Frazer. El santuario de Diana Nemorensis existió en el llamado bosque de Aricia. El lago es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre. Sobre el precipicio cuelga el moderno villorrio de Nemi y el pueblo de Aricia (actualmente La Riccia, a unos veinte kilómetros de Roma, en el trayecto de la vía Apia) está situado a unos cinco kilómetros del pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una concavidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña. Y como es posible que sin verlo no lo crean, aquí lo tienen.

Ya desde la antigüedad, se asociaba este culto con el de Diana/Ártemis entre los tauros, cuya sacerdotisa era Ifigenia, hija de Agamenón, rey de Micenas. Valgan como ejemplo de esta asociación dos pasajes de la Farsalia de Lucano, en los que se refiere a esta Diana de Aricia como 'Diana escítica' y 'Diana de Micenas'.

Ya había sobrepasado la ciudadela de la escarpada Ánxur
y el camino anegado que separa las lagunas Pontinas,
y el lugar donde se alza el bosque sagrado, el reino de Diana escítica,
y la senda por donde ascienden los cónsules del Lacio hasta la excelsa Alba.
(Lucano, Farsalia, III, 84-87)

Tan pronto como ve cercadas por la inmensa fortificación las tierras,
También él hace descender las tropas de la segura Petra
Y las disemina por colinas distintas para distanciar
las armas de César y separar a los sitiadores dispersando sus soldados;
y reclama para sí tanto territorio con su propio vallado,
cuanto dista de la excelsa Roma la pequeña Aricia,
que consagra su bosque a la Diana de Micenas,
y cuanto recorre en su descenso hasta llegar al mar el Tíber
después de bañar las murallas si en parte alguna discurriera sinuoso.
(Lucano, Farsalia, VI, 69-77)

Me imagino que a estas alturas se estarán preguntando dónde está la famosa rama. Les dejaré por hoy con las palabras de Frazer al respecto, porque los viajes hay que hacerlos con detenimiento y ya llevamos hoy bastante recorrido.

Según una tradición, el culto de Diana en Nemi fue instituido por Orestes , quien después de matar a Thoas, rey del Quersoneso Táurico (Crimea ), huyó con su hermana a Italia, trayéndose la imagen de la Diana Táurica oculta en un haz de leña. Cuando murió fueron trasladados sus restos de Aricia a Roma y enterrados en la ladera capitolina, frente al templo de Saturno, junto al de la Concordia. El ritual sanguinario que la leyenda adscribe a la Diana Táurica es muy conocido de los que leen clásicos: se cuenta que el extranjero que llegaba a la ribera era sacrificado en su altar. Pero transportado a Italia, el rito asumió una forma más suave. En Nemi, dentro del santuario, arraigaba cierto árbol del que no se podía romper ninguna rama; tan sólo le era permitida hacerlo, si podía, a un esclavo fugitivo. El éxito de su intento le daba derecho a luchar en singular combate con el sacerdote, y, si le mataba, reinaba en su lugar con el título de Rey del Bosque (Rex Nemorensis). … Se decía que la huída del esclavo representaba la huida de Orestes y su combate con el sacerdote era una reminiscencia de los sacrificios humanos ofrendados a la Diana Táurica. Esta ley de sucesión fue mantenida hasta los tiempos del Imperio, pero, entre otras de sus extravagancias, Calígula pensó que el sacerdote de Nemi llevaba mucho tiempo conservando su puesto y sobornó a un rufián más forzudo para que le matara. Un viajero griego que visitó Italia en la época de los Antoninos nos confirma que en su tiempo el sacerdocio seguía siendo premio de la victoria en combate singular.

Continuará...