4 de enero de 2005

Una profecía al márgen

Les dejé ayer con la historia de un bosque y una rama, Va siendo hora de convertir ésta en “Rama dorada”. Nuestro buen amigo Sir James Frazer abrió su monumental obra La rama dorada con una inocente pregunta: ¿Quién no conoce 'La rama dorada', el cuadro de Turner?'. Quizá pensó que sus palabras sólo estaban destinadas a un exiguo grupo de eruditos británicos aficionados, por no se sabe qué causa, a la pintura de Turner. Fuera cual fuere la razón, lo cierto es que estoy seguro de que muchos de los destinatarios de mis palabras, por el contrario, desconocen el cuadro de Turner. Es más, es muy probable que buena parte de ellos desconozcan al propio Turner, que un conjunto considerable desconociera a Sir James Frazer y su rama dorada antes de haber leído el post anterior e incluso que algunos pocos nunca lleguen a conocer a su propio padre.

No se preocupen, es recurso habitual (la prensa hoy en día abusa de él) este tipo de apelaciones para apuntalar argumentos poco defendibles. No es extraño encontrar en el periódico frases como '¿Quién no tiene un familiar cercano víctima de la violencia doméstica?', frases que acepta el lector a pesar de que en su entorno más cercano no se haya registrado ni un solo caso de violencia doméstica (quizá el ejemplo sea “políicamente incorrecto” pero ustedes me entienden). Pues bien, adelanto aquí que no recurriré a tan poco elegante recurso. De hecho, cuando hace ya muchos años, inicié la lectura de La rama dorada me vi obligado a admitir lo que muchos de ustedes están haciendo ahora: que no conocen el cuadro de Turner. Pues bien, no pasa nada, lo pueden encontrar en la Tate Gallery de Londres.

Qué bonito ¿verdad?, qué bien quedaría encima de la chimenea si tuviéramos chimenea. Pero ¿qué representa? Pues bien, el cuadro representa un conocido (por Turner, entre otros) pasaje del libro VI de la Eneida de Publio Virgilio Marón. Éste había ordenado en su testamento que se quemara la Eneida, pero el emperador Augusto dispuso su publicación en el 17 a.C. (gran poeta, pero poco convincente por lo que se ve). La fama de la Eneida y de Virgilio, como veremos, se extendió rápidamente (Y no le tuviera bueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino mantuano dejó en su testamento mandado; Quijote 2ªParte Cap- XIII). Pero me estoy yendo por otras ramas y no por la que nos ocupa.

El libro VI de la Eneida arranca con el viaje de Eneas a Cumas para consultar a la Sibila la manera de acceder al Hades. Pero esta profetisa de la antigüedad, la Sibila de Cumas, ya había tenido un lugar entre los versos del mantuano mucho antes de que éste escribiera la Eneida. Entre las Églogas o Bucólicas (veinte años anteriores a la Eneida) de Virgilio destaca una de gran significación histórica y que consiste precisamente en un vaticinio de la Sibila de Cumas. Se trata de la conocida (por algunos, no sé si Turner entre ellos) égloga IV, considerada por muchos como profecía mesiánica y que estableció la reputación de Virgilio como poeta y mago durante toda la Edad Media. Llegamos aquí, por tanto a la “Historia de una profecía”, que nos desviará temporalmente de nuestro camino hacia el infierno (pero en eso consiste el viaje).

Esta profecía se refiere al nacimiento de un niño que renovará la faz de la tierra, borrará el mal de ella y hará florecer una Edad de Oro coincidente, tal como antaño, con el reinado de Saturno. La exégesis cristiana es evidente, tan evidente como falsa. Al parecer, la idea de que Virgilio profetizó la llegada de Jesucristo proviene de un discurso del emperador Constantino y de San Agustín que, curiosamente, no creyó en tal vaticinio y solamente afirmó que debía aceptarse en tanto que los paganos lo aceptaban y podía predisponerlos a abrazar con agrado la fe. Descartado, por tanto, el protocristianismo virgiliano habría que preguntarse ¿a quién se refería Virgilio? Por no dejarles con el alma en vilo, les señalaré que el más firme candidato es el hijo de Polión, cónsul en el año 40 a.C. En efecto, y cierro este asunto con ello, la traducción de Fray Luis de León de esta égloga dice:

En este vuestro, en este consulado,

Pollio, de nuestra edad gran hermosura,

tendrá principio el rico y alto hado.

Como curiosidad les reseño aquí el reproche que Menéndez y Pelayo hizo a Fray Luis al traducir, en esta égloga IV, Si qua manent sceleris vestigia nostri por Lo que hay de la maldad nuestra primera… como si Virgilio se refiriera al llamado pecado original del cual, evidentemente, no tenía ninguna noticia. Cada uno ve en las letras lo que quiere ver (hagan ustedes lo propio).

Llegado a este punto observo que una vez más me he extendido en digresiones y habré de dejar a Eneas con la Sibila hasta mañana (espero que hagan buenas migas). No se preocupen, algún día alcanzaremos Ítaca, entonces comprenderán lo que significan las Ítacas.

Proseguiremos viaje...