14 de febrero de 2005

Acabemos de una vez con el agente Smiley

Debo al señor Borgeano el conocimiento de un par de palabras que me tienen fascinado. Resulta que, en mi ignorancia, he sido capaz de sobrevivir un cierto número de años (número que todavía no están preparados para conocer) arreglándomelas sin ellas. Sinceramente no me lo explico, así que pueden darse al ludibrio conmigo, porque lo tengo merecido.

ludibrio.
1. m. Escarnio, desprecio, mofa.

Claro que la segunda de ellas me resulta mucho más relacionada con lo que suele caer por aquí. ¿No creen que este blog tira a la eutrapelia tanto como la cabra tira al monte?

eutrapelia.
1. f. Virtud que modera el exceso de las diversiones o entretenimientos.
2. f. Donaire o jocosidad urbana e inofensiva.
3. f. Discurso, juego u ocupación inocente, que se toma por vía de recreación honesta con templanza.

Palabras, siempre palabras (palabra de Dios, palabra de honor, últimas palabras, palabra dada, palabra tomada). Con ellas vivimos, con ellas pensamos, con ellas hablamos, con ellas escribimos. Y estas dos últimas cosas, aunque pueda pensarse que son la misma son en realidad muy distintas. Palabra dicha y palabra escrita. Hoy les defenderé la segunda porque es la palabra en estado puro, la palabra sin contaminar. Si yo les dijera que el otro día pesqué una lubina así de grande se quedarían sin conocer el tamaño de la misma, porque no están viendo el gesto con el que acompaño la frase. No señores, la palabra escrita necesita defenderse sola. Escribir es eso, componer frases que se sostengan sin ningún otro apoyo. Es justo lo contario de lo que ayer les contaba que hacían Taumasto y Panurgo para disputar sobre profundas cuestiones filosóficas. Me imagino que ya se estarán preguntando a cuento de qué viene todo este rollo. Se lo explico. Tras más de seiscientos kilómetros de conducción no me veo encondiciones de tratar hoy aquí oscuras cuestiones filosóficas, literarias o de actualidad política. Por ello, he decidido explicarles por qué creo que debemos acabar de una vez por todas con el agente Smiley.

No me refiero a George Smiley, aquel espía nacido de la mano de John Le Carre, sino al otro agente Smiley, al hijo de Scott Fahlman. Allá por el 19 de septiembre de 1982 en la BBS de la Universidad Carnegie Mellon, como pueden comprobar en este artículo de la Wikipedia, este caballero se sacó de la manga el primer ‘emoticono’ de la historia. De acuerdo con ese mismo artículo:

Los emoticonos se han ido desarrollando a lo largo de los años para imitar las expresiones faciales y las emociones, y así vencer las limitaciones de tener que comunicarse sólo en forma de texto, sin errores de interpretación debidos a la falta de información.

Y un servidor, con toda modestia y sin querer caer en el ludibrio, siente la necesidad de oponerse. ‘Comunicarse sólo en forma de texto’ jamás ha tenido ninguna limitación. Simplemente hay que saber que no se escribe como se habla (es decir, hay que saber escribir, aquello que antes, hace mucho tiempo, se enseñaba en las escuelas). Y, por supuesto, hay que saber leer (aquello que antes, hace mucho tiempo, también se enseñaba en las escuelas). Si un texto es irónico, debe resultárselo evidente al lector (en otras palabras, hay que saber redactarlo con ironía y hay que saber leer la ironía). Me pregunto, por tanto, si la necesidad de recurrir a ‘Smileys’ no responde más bien a que nos estamos olvidando de escribir y de leer.

Y esta preocupación no llega a esa otra, tan de moda, por la degradación del lenguaje que puede apreciarse en los SMS que la juventud (no siempre muy joven) envía masivamente a través de sus móviles/celulares. Esta degradación tiene su origen en la necesidad de abreviar los mensajes, cosa que que no es nada nueva. El 4 de agosto de 1711 Joseph Addison escribía en The Spectator: “Es quizás esta manía de no hablar más de lo necesario lo que ha abreviado tan terriblemente algunas de nuestras palabras, de manera que en las conversaciones y escritos coloquiales pierden con frecuencia todo menos su primera sílaba...”. Algunos días después pidió la creación de una Academia de la Lengua que detuviera tan terrible degradación y el propio Jonathan Swift redactó un año más tarde “A Proposal for Correcting, Improving and Ascertaining the English Language”, sin mucho éxito todo hay que decirlo.

Si ayer les hablaba del proyecto de la Escuela de Idiomas de Lagado para acabar con las palabras hoy les presento el ‘otro proyecto’, el de, cuando menos, abreviarlas:

El primer proyecto era abreviar el discurso reduciendo los polisílabos a una sílaba y eliminando verbos y adjetivos, porque en realidad todas las cosas que pueden imaginarse no son sino nombres (Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver).

¿No les parece un plan urdido por las compañías telefónicas en connivencia con los productores de los ‘late night shows’ de televisión que todas los noches se comunican (‘se llevan su dinero’) a través de SMS con su público?

En fin, usen los Smileys que quieran, faltaría más. Yo ya me he quedado tranquilo dejando esto por escrito. Mañana volveré más descansado y más propenso a la eutrapelia.