24 de febrero de 2005

Bitter Bierce & Parker Adderson

Llevo tiempo queriendo colocar aquí una gansada titulada ‘Noche de Gala’, pero es que no me dan una sóla oportunidad de hacerlo. Ayer mismo doña Ana la corsaria decía que “hay que ser un poco malvado hacer buena ironía” y añadía que “toda esa amargura estancada a veces me parece sospechosa, y un poco cruel también”. No mucho después llegó el señor Borgeano con una definición de ‘religión’ extraida del Diccionario del Diablo. Y un servidor, que curiosamente ya había caído en las similitudes entre ciertas máximas perichianas y algunas entradas de este diccionario, ya lo tenía encima de la mesa pensando en escribir algo sobre él algún día. Cambio de planes, por tanto, pospongo una vez más la Noche de gala, para hablarles hoy del autor de ese diccionario que, contrariamente al caso de Perich, sí se corresponde bastante con lo que Ana llama sus ‘prejuicios’ sobre la ironía.

Por si fueran pocas las coincidencias, antesdeayer en los comentarios surgió el nombre del inventor de la lectura en silencio, San Ambrosio. Por meras razones de equilibrio y proporcionalidad, si hay un Ambrosio en los cielos debe haber uno en los infiernos. No tenemos noticia de quién pueda ser este Ambrosio pero hay que reconocer que Ambrose Bierce, el autor del Diccionario del Diablo, tiene muchas posibilidades de serlo.

Ambrose nació un 24 de junio de 1842 en Ohio, fue el décimo de trece hermanos en una familia en la que todos ellos tenían nombres que comenzaban con la letra A. Con el estallido de la guerra en 1861, Bierce, con diecinueve años, se alistó en el 9º Regimiento de Infantería de Indiana. Abandonó las líneas varias veces para luego volver a ellas. Llegó a recibir un tiro en la cabeza. Conoció de primera mano todos los horrores de la guerra, que le marcarían para siempre. En 1866, acabada la contienda, comenzó a escribir en los periódicos de San Francisco. Fue un crítico de una mordacidad y sarcasmo sin límites, el terror de sus sontemporáneos que llegaron a apodarle Bitter Bierce. No debía ser fácil convivir con él. Se ha dicho que se consideraba “un Titán rodeado de pigmeos”, y procuraba rodearse de acólitos que le rieran las gracias hubiera o no razón. Tras una estancia en Europa, a su regreso a California, comenzó a publicar en el Argonaut una serie de definiciónes satíricas que finalmente conformarían su famoso Diccionario del diablo.

Entre sus deberes se cuenta discernir si la definición que da este diccionario para la palabra ‘Emergencia’ resulta atinada para el contenido de estas páginas. Aquí la tienen: “Oportunidad del sabio y Waterloo del tonto. Calidad de las situaciones que le exigen a uno que piense como un torbellino, mire como un idiota, y actúe como un terremoto”. Espero sus aportaciones porque yo no acabo de tenerlo claro.

El Diccionario del diablo ha eclipsado el resto de la obra de Bierce que fue un magnífico cuentista en el mejor de los significados del término. Sus relatos son, por lo general, de corte fantástico y deben mucho a Edgar Allan Poe. También la guerra es uno de sus temas recurrentes. Su cuento más conocido, Un suceso en el puente sobre el río Owl, figura en un volumen publicado en 1891, Cuentos de soldados y civiles.

Pero déjenme que hoy les hable de otro que pertenece al mismo volumen y cuyo protagonista, un tal Parker Adderson parece el mismísimo autor del Diccionario del Diablo. El cuento lleva por título, Parker Adderson, filósofo y narra las últimas horas de su protagonista, un sargento del ejército de la Unión, que ha sido capturado por los confederados mientras desarrollaba tareas de espionaje. Si traigo este cuento aquí es, entre otras cosas, porque si han seguido los comentarios de los últimos días sabrán que doña Ana la corsaria y un servidor llevamos intercambiando una serie de ‘diálogos sobre el tabaco’ de forma privada. Y este cuento es en buena parte un diálogo que me recuerda, salvando las distancias, alguno de los que hemos intercambiado. De hecho arranca directamente así:

-¿Cuál es su nombre prisionero?
- Ya que voy a perderlo apenas despunte el día, poco vale ocultarlo: Parker Adderson.
- ¿Rango?
- Uno un tanto humilde. Los oficiales comisionados son demasiado preciosos como para ponerlos en la arriesgada piel de un espía. Soy sargento.
- ¿De qué regimiento
- Excúseme; mi respuesta, por todo lo que sé, podría darle a usted idea de qué fuerzas debe enfrentar. Y no vine a impartir tal información entre sus líneas, sino a obtenerla.
- No carece usted de ingenio.
- Si tiene la paciencia de esperar, mañana me encontrará bastante aburrido.
- ¿Cómo sabe que va a morir mañana?
- Es la costumbre para los espías capturados durante la noche. Una de las agradables prácticas del oficio.

Así comienza el relato y el interrogatorio de Parker Adederson por parte de un general confederado. El sargento Adderson se mofa constantemente del general.

- Usted admite, entonces, que es un espía, que ha penetrado en mi campamento, disfrazado como está, con el uniforme de soldado confederado, para obtener información secreta en lo que se refiere al número y disposición de mis tropas.
- Respecto al número, especialmente. Ya conocía de antes la disposición; y le diré que es lamentable.

Entonces el interrogatorio se transforma en una discusión sobre la muerte al tratar su propia ejecución.

- Espero, general, que el espectáculo esté planeado con inteligencia, ya que lo presenciaré personalmente.
- ¿Tiene usted algún arreglo que quiera hacer? ¿Quiere ver al capellán, por ejemplo?
- No creo asegurarme un descanso más largo privándolo a él del suyo.
- ¡Dios mío, hombre! ¿Pretende morir sin otra cosa que chistes en los labios? ¿No sabe que este es un asunto serio?
- ¿Cómo puedo saberlo? Nunca estuve muerto en toda mi vida. He oído decir que la muerte es asunto serio pero nunca de parte de alguien que hubiera pasado por ella.

No les seguiré destripando el relato. Sólo les señalo que el sargento Parker Adderson parece profesar las doctrinas epicúreas que ya pudieron leer en mis viejos posts. Particularmente la idea de que por qué no se debe temer a la muerte. Epicuro, en la Epístola a Meneceo lo había expresado así: “Así pues, el mal que más pone los pelos de punta, la muerte, no va nada con nosotros, justamente porque cuando existimos nosotros la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente entonces nosotros no existimos”. Parker Adderson afirma: “Una pérdida de la que no seremos nunca conscientes puede tolerarse con serenidad y, por lo tanto, esperarse también sin aprensión. Usted debe haber observado, general, que de todos los muertos que vuestra soldadesca gusta sembrar a vuestro paso, ninguno de ellos da signos de pesadumbre”. Es decir, casi lo mismo que puede leerse en la entrada correspondiente a la palabra ‘Vida’ del Diccionario del Diablo: “Vivimos con el diario temor de perderla; sin embargo, una vez perdida no se la añora”.

Bierce fue conocedor de las doctrinas de Epicuro y de la contradicción entre las mismas y lo que el término epicúreo ha llegado a significar. Por ello, en su diccionario, introdujo el término ‘epicúreo’ en dos ocasiones. La primera : “Persona que se entregaa con exceso a los placeres de la mesa. Así llamada por Epicuro, filósofo ampliamente celebrado por sus hábitos abstemios, a los que consideraba una condición favorable parea el placer intelectual”. La segunda: “Que se opone a Epicuro, filósofo abstemio que sostenía que la meta principal del hombre es el placer, y por consiguiente no gastaba su tiempo satisfaciendo los sentidos”.

Pero en el caso de Ambrose Bierce, este epicureísmo se fue transformando en una extraña fascinación por la muerte. En una de sus últimas cartas, con setenta y un años, llegó a escribir “soy tan viejo que me avergüenza vivir todavía”. En otra de ellas puede leerse: “Si oyeras que me han puesto ante un paredón mexicano y me han fusilado hasta la desfiguración, piensa por favor que es una bonita manera de despedirse de esta vida. Evita la vejez, la enfermedad o la caída por la escalera del sótano. Ser un gringo en México, ah, esto es eutanasia”. Nadie tomó en serio expresiones como éstas, pero Bierce andaba preparando su última gran obra y no era precisamente un libro. Un día de 1913, en plena revolución, cruzó la frontera con México, con dos mil dólares en el bolsillo y credenciales para cruzar el territorio constitucionalista. Escribió dos cartas desde Chihuahua, el 24 y el 26 de diciembre de 1913. Nada más se sabe. Desapareció sin dejar rastro.

Se ha especulado hasta la saciedad sobre lo que pudo ocurrirle. Hay versiones para todos los gustos. Si han visto una película titulada Gringo Viejo (yo no lo he hecho) basada en un libro de Carlos Fuentes (que no he leído), parece ser que están inspirada e inspirado en esta desaparición. Unos hablan de suicidio, otros lo colocan en el bando de Pancho Villa muriendo heroicamente en la batalla, otros en el bando de Carranza y siendo entonces ejecutado por Villa. Ninguna de las supuestas fuentes que sostienen cada versión resulta muy fiable. Hay quién cree que planificó esta desaparición como última y macabra obra maestra. En realidad nadie sabe lo que ocurrió. Quién sabe, lo mismo sigue vivo con más de ciento sesenta años, incluso pudiera ser que tenga un blog y que ustedes lo lean con frecuencia.