18 de febrero de 2005

Botadura

Prometí ayer embarcarles (o enrolarles, no lo sé muy bien) sin tener muy claro por dónde empezar viaje. Sigo sin tenerlo claro, así que simplemente soltaré amarras y ya veremos que rumbo tomamos. Muchos viajes han comenzado así y son probablemente los más memorables. Confiemos en que este también lo sea.

No sé si compartirán conmigo la fascinación por el mar. A mí me acompaña desde que tengo recuerdos y eso que me crié tierra adentro. Hace ya más de quince años que embarqué por primera vez en un velero (una semana de crucero con trayectos de no más de cien millas) y desde entonces aquella fascinación que había crecido entre libros, con las historias de tantos y tantos marinos, sólo vino a confirmarse. Nada hay como esa paz, ese ritmo, por duro que sea el trabajo a bordo (y en los barcos de recreo de hoy en día no puede decirse que lo sea mucho). En algún lugar de la obra de un autor griego de cuyo nombre no puedo acordarme se distinguen tres clases de hombres, los vivos, los muertos y los marinos. Créanme (o créanle) los que no la conozcan, la vida en el mar es cosa aparte.

Y a esto se añade algo que es difícil no compartir, la seducción del viaje. Viajeros quedan pocos, todo lo más turistas, que es cosa muy distinta. En 1930, Evelyn Waugh publicó su primer libro de viajes y explicó esta diferencia con claridad.

La palabra «turista» parece sugerir naturalmente prisas y obligación. Uno piensa en esos lastimosos tropeles de maestros de escuela procedentes del Oeste Medio con los que se encuentra de repente en esquinas y edificios públicos, desconcertados, jadeantes, los nombres desconocidos zumbándoles en la cabeza, sus cuerpos tensos y magullados por subir y bajar de charabanes motorizados y escaleras, y por haber recorrido del modo más inmisericorde kilómetros de galerías y museos tras un guía chistoso y despectivo. ¡Cómo nos obsesionan sus ojos mucho después de que hayan pasado a la siguiente fase de su itinerario, unos ojos ojerosos que miran sin comprender, con un leve resentimiento, como los de los animales que sufren, elocuentemente expresivos de ese cansancio del mundo que todos sentimos bajo el peso muerto de la cultura europea! ¿Deben proseguir hasta el final? ¿Hay todavía más catedrales, más lugares hermosos, más sitios de acontecimientos históricos, más obras de arte? ¿No hay remisión en este rito implacable? ¿Todavía debe reverenciarse el pasado? A medida que escalan trabajosamente cada pico de su ascensión, que van marcando la lista de monumentos programados una vez vistos, el horizonte retrocede más ante ellos y el paisaje se eriza de bellezas ineludibles. Y cuando uno está sentado a una mesa de café, jugueteando apáticamente con el cuaderno de dibujo y el aperitivo, y los ve pasar, tambaleantes, vierte unas lágrimas, no del todo irónicas, por esos pobres desechos humanos, atrapados así y magullados por la maquinaria de la elevación social.

Viajemos por mar y, por supuesto, a vela, que el ruido de un motor acaba con toda la magia del asunto. Todavía es posible rescatar algo de la magia de las grandes expediciones del siglo XVIII y, de paso, aprender a vivir de otra forma. Es cuestión de empeño y resolución. No en vano así se llamaron los barcos en que el Capitán James Cook realizó sus grandes viajes, Endeavour y Resolution.

Sólo los viajes del Capitán Cook ya darían para todo un blog. Están plagados de historias fascinantes. Recordemos, por ejemplo, que llevaba como oficial a bordo al que luego sería el famoso Capitán William Bligh, aquel del motín de la Bounty (olviden a Marlon Brando para hacerse mejor idea del motín).

Siempre he fantaseado con lo que debieron sentir aquellos marinos al navegar por los mares del sur. Al descubrir aquellos paraísos dispersos por todo el Pacífico Sur que luego acogieron a gentes tan diversas (o no) como Robert Louis Stevenson o Paul Gauguin. Un servidor, que ha tenido la suerte de navegar por aquellos mares, puede dar fé de que la descripción de un atolón de Jean Bluche, la mejor que conozco por otra parte, palidece al lado de lo que uno se encuentra por aquellas latitudes (y longitudes, claro).

Ni del todo tierra ni del todo mar, sino una unión de ambos como ofrecida al marinero en un estuche de cielo azul rodeado de inmensidad.

El Endeavour (nada que ver con el J-Class de 1934, cuyo casco en miniatura cuelga de las paredes de mi casa y del que me ocuparé otro día) partió en 1768 con la misión oficial de observar en tránsito de Venus en junio de 1769 (algo que sólo ha ocurrido otras dos veces desde entonces, la última el 8 de junio del pasado año) y la misión secreta de confirmar si existía el supuesto ‘gran continente austral’. El Resolution zarpó en 1772 ya con la misión expresa de descubrir la terra australis. En ambos viajes, en calidad de astrónomo, se encontraba enrolado William Wales, que, entre otras cosas, fue tutor de Samuel Taylor Coleridge, el autor del conocidísimo poema The Ancient Mariner.

Este poema cuenta la historia de un viejo marinero condenado a referir su historia eternamente de comarca en comarca cumpliendo un castigo que le ha sido impuesto. Su historia comienza cuando navegando por el océano antártico la tripulación de su barco se hace amiga de un albatros al que dan de comer en la mano. Este albatros los acompaña hasta el Ecuador donde el marinero lo mata. Entonces el barco queda detenido en una calma interminable de la que los demás marineros culpan al narrador, al que finalmente obligan a llevar colgado el albatros. Aquí es donde aparecen los archicitados versos:

Water, water, every where,
And all the boards did shrink ;
Water, water, every where,
Nor any drop to drink.

Después son visitados por un extraño barco (el esqueleto de un barco, para ser precisos) en el que viajan dos extraños personajes. Uno es la muerte, el otro es la ‘muerte en vida’. Entre los dos se juegan a los dados la vida de los navegantes y siempre gana la muerte salvo en el caso del narrador. Si tienen interés acaben de leer el poema en este enlace.

Como ven, las historias de mar y de marinos están llenas de fatalidades y de luchas titánicas contra el destino. No vayan a creer que la cosa nació de las calenturientas mentes de los literatos cómodamente sentados en sus butacas al calor de la chimenea. Aquí tienen un ejemplo debido a uno de los marinos más fascinantes que en el mundo han sido narrando su tránsito por el Río de la Plata en 1886:

El curso del gran río corre con mucha fuerza hacia el mar en ese punto, casi se convierte en un mar propiamente dicho, haciéndose muy difícil de navegar. De ahí el tropiezo del ‘San Pascual’ y de muchos otros. Si como ‘El anciano marinero’, alguno de nosotros hubiera gritado: ‘¡Agua, tanta agua en torno nuestro, y ni una sola gota para beber!’, nada habría justificado tal lamento en aquella generosa corriente.

Mañana les contaré la historia de este marino y desde este momento declaro inaugurada la sección náutica de estas ‘Salidas de Emergencia’ (en este momento deben estrellar una botella de champagne contra su monitor). Por lo general suelo huir de los compromisos, sean de la clase que sean, pero mientras las fuerzas y la cabeza me acompañen dedicaré los fines de semana a contarles las historias de unos cuantos barcos y de unos cuantos marineros (los que se mareen pueden estar tranquilos, de lunes a viernes el martirio será el habitual).