2 de febrero de 2005

Con mil y un perdones

Les aseguro que lo he intentado hasta la extenuación. Me he contenido hasta donde el intestino grueso (allí donde reside el alma) me ha permitido. Sé que me arrepentiré de soltar hoy, aquí, la mano. Espero que comprendan que todos somos humanos, esclavos de instintos y pulsiones. No he querido hablar de ello aquí. Sigo sin querer hacerlo, pero algo me empuja a tratar hoy algún aspecto del llamado conflicto (o contencioso, o problema, o laberinto, o embrollo, o galimatías) vasco. Disculpen los de allá tema tan provinciano aunque intentaré presentar mis razones de forma accesible, como decía Cervantes, con palabras llanas y significantes.

En 1978, tres años después de la muerte del dictador Franco, se aprobó una constitución, todavía vigente, que permitió, tras dos siglos de lamentable historia, establecer un régimen democrático relativamente estable en España. Sin embargo, durante estos veintisiete años de notables avances en muchas materias se ha venido discutiendo de forma continua y persistente sobre el modelo político territorial del país. Coincidirán conmigo en que, cuando menos, es chocante que un país no consiga articular políticamente su territorio a lo largo de tres décadas y que ni siquiera se vislumbre una posible solución para el futuro. En esto creo que podemos coincidir todos. Podría decirse, en sentido estricto, que éste se ha convertido en ‘problema esencial’, esto es, que constituye nuestra ‘esencia’ y, en consecuencia, jamás tendrá solución.

No les colocaré aquí un ‘análisis del problema’ porque ni se lo merecen ni me considero autorizado para hacerlo. Pero sí me gustaría dejar escritas algunas cosillas de las que curiosamente se habla poco cuando se tratan estos asuntos. Ayer, en el parlamento español pudieron oírse muchas cosas, apelaciones a la historia, lecciones de teoría política, disquisiciones jurídicas, mentiras, verdades, verdades a medias e incluso mentiras a medias. Formalmente sólo se discutía la aprobación de un proyecto de reforma del estatuto político de Euskadi promovido por el parlamento vasco. Nada para rasgarse las vestiduras, ¿verdad?

Pero es que la cuestión es otra, enquistada en nuestra vida política y social y que, a falta de término más apropiado, denominaré ‘guirigay vasco’, sin ánimo de molestar a nadie con ello. Dos, sólo dos, serán las cuestiones a las que me referiré: la insólita ideología del nacionalismo vasco y la desenfocada interpretación de la concepción política de los estados contemporáneos. Observarán que dejo de lado un aspecto que muchos consideran fundamental, la existencia de un grupo terrorista que condiciona en gran medida cualquier otra cuestión. No es que no me parezca importante, lo es y mucho. Pero no creo que sea la raíz del problema, es más bien una consecuencia. Sin ETA en el escenario, evidentemente, muchas libertades hoy secuestradas volverían a ejercerse por parte de un sector considerable de la sociedad vasca. Quizá incluso aparecieran nuevas vías para encauzar esta situación. Pero, sinceramente, creo que el victimismo permanente, la apelación a ese extraño imaginario como eterna excusa para obtener ventajas, el sentimiento perpetuo de ‘ser distintos’ seguirían siendo los mismos.

Por si a alguno le cupiera alguna duda vaya por delante una confesión: no soy nacionalista. Los nacionalismos, todos, sin excepción, son hijos del movimiento romántico, una reacción ante una concepción racionalista de la política y de la historia. Jugaron su papel en un determinado momento de la historia, papel que no voy a juzgar pero que, sin duda, establece algunos de los factores condicionantes de nuestras actuales concepciones políticas. Pero esto no me obliga a compartirlos, sólo a considerarlos. Volveré sobre ello más adelante.

Además, no es mi intención hacer una crítica de los nacionalismos. Crítica que, no me cabe duda, es posible hacer de forma legítima y fundada. Mi propósito, respetuoso por lo demás, es exponer algunas peculiaridades del nacionalismo vasco que creo que constituyen uno de los pilares sobre los que se asienta el mencionado guirigay. Al fin y al cabo, se trata de uno de los protagonistas (¿el protagonista?) de este drama y no está de más caracterizarlo un poquito.

El Partido Nacionalista Vasco fue fundado en 1895 por Sabino Arana bajo la divisa JAUNGOIKOA ETA LEGE ZARRA (‘Dios y Ley Vieja’, qué mejor prueba de su ‘modernidad’), pero la invención (no se tomen la palabra como algo despectivo, toda ‘identidad’ colectiva es una invención) de la llamada ‘identidad vasca’ puede remontarse algunos años antes. Tampoco muchos, todo lo más hasta la segunda mitad del siglo XVI, cuando aparecen los primeros textos que muestran una cierta ‘conciencia’de tal identidad. Identidad que se construye sobre una serie de pintorescos principios que, de no ser por la posterior evolución de los acontecimientos, debieran permitirnos soltar unas cuantas carcajadas.

a) Los vascos (o más propiamente ‘vizcaínos’ en el lenguaje de la época) siempre fueron libres e independientes, jamás fueron sometidos por ninguna civilización foránea.
b) La sangre de los vascos es ‘limpia’, jamás se mezcló con gentes de otras religiones y proviene directamente de Túbal, nieto de Noé, que desembarcó en los Pirineos.
c) Todos los vascos son nobles de nacimiento; todos, sin excepción, son hidalgos.
d) Los vascos se rigen desde los tiempos de Túbal por una serie de costumbres que se han mantenido inmutables y están recogidas en los Fueros.

Seamos comprensivos, estamos hablando de textos del siglo XVI. ¿En qué cabeza cabría que semejantes ideas tuvieran lugar en el ideario de gentes del siglo XXI? Parece imposible, pero el caso es que años despúes el señor Arana seguía obsesionado con el asunto de la pureza de sangre (que curiosamente sólo concebía posible investigar a través de los apellidos). A título de ejemplo baste citar los quebraderos de cabeza que le dio su empeño en contraer matrimonio con una aldeana (más que con ella se casó con su ideal ruralizante) hasta que consiguió probar la pureza de sus apellidos (cambiándolos, claro).

Me propuse recorrer los libros de bautizados antes de que trascendieran al público nuestras relaciones, y así lo hice. De esta manera pude llegar a hallar la incógnita y tranquilizarme: pues resulta que el apellido no es así, sino simplemente Achica; el allende lo adoptó, por vez primera, un tío de su padre, y sólo porque ya entonces (dentro de este siglo) le llamaban al caserío Achica, en Rigoitia, ya Achica de abajo, ya Achica-allende, para distinguirle de otro Achica contiguo. Pero el padre de ese primer Achica-allende se apellidó simplemente Achica, y lo mismo sus antepasados. Con este motivo son ya 126 los apellidos de mi futura esposa que tengo hallados y puestos en cuadro sinóptico o árbol genealógico: todos ellos son euskéricos. Procuraré suprimir el allende.

Como ven, digno de manual de psiquiatría, pero sigamos siendo comprensivos, al fin y al cabo estamos hablando de finales del siglo XIX. El caso es que periódicamente nos siguen asaltando con argumentos a favor de la ‘identidad racial’. El señor Arzallus (o Arzalluz, como prefieran), piloto del PNV durante largo tiempo, declaró en su día (y yo pude leerlo en el periódico) en defensa de la evidente existencia de la ‘identidad racial vasca’ que podían apreciarse notables diferencias entre un vasco y un zulú. No recuerdo quién, creo que el difunto Manuel Vázquez Montalbán, le instó a aclarar entonces las diferencias ente un vasco y un señor de Soria por resultar, seguramente, mucho más ilustrativas. Esto puede parecer anecdótico. De hecho, son muchos los que afirman que el etnicismo original de las ideas de Sabino Arana ha sido superado por el cuerpo doctrinal del nacionalismo vasco actual. Sin embargo, una breve consulta a la propia web del partido más bien muestra lo contrario. Resulta que son herederos directos nada menos que del hombre de Cro-Magnon (algo hemos avanzado con respecto al mito de Túbal, pero, como ven, no mucho).

Las características que distinguen a los vascos comenzaron a desarrollarse en el mismo lugar que actualmente habitan, las vertientes norte y sur de los Pirineos occidentales. Fue un resultado de la adaptación del hombre de Cro-Magnon en esta zona a los grandes cambios ambientales que se produjeron tras el final de la última glaciación, hace aproximadamente diez mil años.

Curiosa apreciación en la declaración ideológica de un partido que se llama “moderno”. Claro que cualquier persona con dos dedos de frente, y por lo que parece, el fenotipo vasco garantiza dos o tres palmos de frente en todas direcciones, debe pensar que hoy, en 2005, tras los amplios procesos migratorios producidos a lo largo de la historia, tras la inevitable mezcla de razas y culturas ocurrida desde la ‘última glaciación’ poco debiera quedar de estos eusko-magnones en estado puro. El propio partido es consciente de este problema y de la amenaza que supone para la ‘identidad vasca’. De nuevo recurro a su propia web.

Al resquebrajamiento de todo el sistema político y administrativo que durante siglos había servido de base a los vascos, se unirán a finales del siglo XIX los cambios económicos y sociales que un acelerado proceso de industrialización provocarán.

Un desarrollo industrial que vino acompañado de la llegada masiva de emigrantes españoles para trabajar en la minería y siderurgia nacientes, soportando unas durísimas condiciones de vida y trabajo. Tan masivo resultó este proceso migratorio que, en muy pocos años, la población vasca de algunas zonas de Bizkaia pasó a ser una minoría frente a los recién llegados. Por lo que el proceso de aculturación dirigido desde la administración española contó con un decisivo factor añadido que llegó a poner en peligro la supervivencia de la identidad del Pueblo Vasco.

No deja de resultar sorprendente que el proceso de industrialización se perciba como parte del ‘proceso de aculturación dirigido desde la administración española’ (quizá por eso el archicitado artículo cuarto del proyecto que se debatió ayer distingue entre la ‘nacionalidad vasca’ y la ‘ciudadanía vasca’). El ‘pueblo vasco’, siempre perseguido, no se sabe bien por qué, quizá por envidia de su paradisíaco mundo. Resulta que la masiva llegada de trabajadores a las fábricas desde todos los rincones del país en busca de mejores perspectivas de vida no era más que parte de una estrategia orientada a erradicar de una vez por todas la tan perniciosa ‘identidad vasca’ que, desde que el hombre de Cro-Magnon se euskaldunizó había conseguido ‘resistir’ los embates de tantas y tantas civilizaciones ya desparecidas. No me lo invento:

El Pueblo Vasco, conformado como tal desde entonces, con su propia cultura e idioma, el euskera, posiblemente el más antiguo de Europa, ha logrado sobrevivir manteniendo su propia identidad. Viendo a lo largo de milenios aparecer y desaparecer otras culturas, reinos e imperios que la pusieron en peligro. Celtas, iberos, romanos, bárbaros, árabes, fueron escribiendo sus líneas en las páginas de una historia que raramente se ocupaba de los "persistentes" vascos.

¿Les suena? Parece aquello del siglo XVI que les refería antes, pero está, hoy, en la web del PNV. Esta fascinación por la antigüedad es otra característica sorprendente que contrasta con sus continuas apelaciones a la modernidad de su discurso. Ayer mismo, el lehendakari Ibarretxe dijo en el Congreso de los Diputados sentirse orgulloso de su lengua milenaria. Lo que no dijo es que ‘su’ lengua milenaria es aquella que tuvo que aprender a marchas forzadas cuando alcanzó su primer cargo en el gobierno vasco, por no conocerla en absoluto. No me malinterpreten, el euskera merece todos mis respetos como lengua (aunque tampoco creo que ninguna lengua merezca grandes respetos, todas son instrumentos y nada más que eso). Simplemente me sorprende esta extraña idea de considerar una lengua que se desconoce como propia y de creerse víctima de una suerte expolio cultural que se ha llevado hasta el idioma. Está en su derecho, pero me sorprende. El caso es que esta ‘recuperación de la lengua’ es una ‘absoluta prioridad’ según reza el punto tercero de la declaración del Centenario del PNV.

La lengua de nuestro pueblo es el euskera, constituyendo su recuperación e implantación una absoluta prioridad para cada uno de nosotros.

Pues muy bien. Están en todo su derecho a establecer las prioridades que les vengan en gana, a recuperar lo que el mundo exterior lleva intentando arrebatarles desde tiempos inmemoriales y que ha sobrevivido gracias a la heroica tenacidad de unos cuantos paladines. Pero el caso es que el País Vasco lleva recibiendo inmigrantes también desde tiempos inmemoriales. Y el mestizaje, eso sí, como problema, era reconocido hasta por el propio Arana: [Los señores de Vizcaya]...enlazáronse con mujeres españolas de noble estirpe, y tomando parte activa en la Reconquista de España, si bien en particular algunas veces, la mayor parte a las órdenes de uno u otro rey de la vecina nación, llegaron a adquirir títulos de nobleza española y a aceptar gustosos el de súbditos castellanos, consiguiendo más tarde que el Señor de Vizcaya fuera de sangre puramente española y concluyendo (1379) por que este título y el de Rey de castilla recayeran en una misma persona; hecho al parecer indiferente puesto que no hería directamente a la independencia de Bizcaya, pero única causa en realidad de todos nuestros males.

Debieron ser sólo los Señores de Vizcaya a los que les dio por holgar con las casquivanas mujeres españolas ‘de noble estirpe’ mientras el resto de los vascos se mantuvieron fieles a su limpieza de sangre posibilitando, una vez más, la supervivencia de la ‘identidad vasca’. Reparen, además, en que ‘todos los males’ arrancan nada menos que del siglo XIV (ayer, en el congreso sólo se atrevieron a llegar hasta 1808, algo avanzamos). Qué quieren que les diga. A mí esto me suena a ‘pueblo elegido’ y a ‘tierra prometida’. Y la cuestión no es baladí, porque las raíces del nacionalismo aranista se hunden profundamente en el catolicismo y en la educación jesuíta. A día de hoy el PNV se define partido aconfesional, menos mal, pero eso no significa que se haya desprendido de muchas de las características que se derivan de ese origen. Quizá por eso hoy en día los políticos del PNV en vez de discursos parecen pronunciar homilías.

Pero veo que todavía no he llegado ni a plantear la cuestión y ya voy por el quinto folio. Disculpen el ladrillo que acabo de soltarles y disculpen el que les soltaré mañana como continuación porque como no me saque esto de la cabeza no seré capaz de seguir escribiendo aquí sobre infinitos, combinaciones, poetas latinos, sexo a discreción, grandes rifiutos y demás garambainas que nos tienen entretenidos mientras el mundo sigue girando.