11 de febrero de 2005

Enigmático refrito

Razones personales me obligan a realizar un precipitado viaje que, de acuerdo con las estadísticas oficiales sobre turismo, quedaría clasificado como ‘turismo funerario’ (esto es, viajar para asistir a un entierro). No se alarmen los que me conocen ni se preocupen los que tienen la suerte de no hacerlo. Estas cosas pasan y particularmente esta veníamos esperándola desde hace tiempo. Sólo les haré dos ruegos. El primero, que comprendan mi escasa disposición a escribir hoy, especialmente algo divertido. El segundo, que me hagan el favor de sentirse como en su casa y asalten el servidor de los comentarios con la misma naturalidad y buen espíritu como el que demuestran cuando estoy aquí para atenderles.

De todas formas, para que no se queden sin su ración diaria aquí les coloco un refrito construido a base de mezclar sin mucho criterio un viejo texto con un asuntillo que me viene rondando la cabeza desde hace días. La cosa se refiere a la capacidad del autor (sí, ese individuo que tanto detesto) de jugar con el lector, incluso de tomarle el pelo. El más acreditado creador de blogs de ficción, don Hernán Casciari (padre, por ejemplo, de la célebre y celebrada mujer gorda que podría ser tu madre) anda estos días revolucionando el mundo blog con su última creación. Sus explicaciones las pueden encontrar aquí y el producto final, el fascinante blog del vidente Juan Dámaso Miranda, aquí. Atrévanse a hacer uso de sus indudables poderes, yo ya lo he hecho (y no se asusten los argentinos con su último vaticinio). Y, sobre todo, disfruten de las miríadas de comentarios ofendidos, incautos, inocentes o estúpidos, casi todos ellos desconocedores del juego, así como de las consultas personales.

Sé que con esto les he reventado la aventura de internarse en el blog del señor don Juan sin saber que se trata de una simple broma, o de una obra de ficción, si prefieren. Y ya que me he animado, les reventaré también la lectura de un magnífico relato de don Vladimir. El relato, en realidad un capítulo de una novela inacabada, lleva el título Ultima Thule y es una de las últimas obras de Nabokov escritas en ruso (invierno de 1939-40). Publicado en ruso en 1942, fue traducido al inglés a principios de los 70 (creo que por su hijo) y está incluido en el volumen Una Belleza Rusa. El personaje central (además del narrador, auténtico protagonista de la novela) es Adam Falter, un director de hotel (no sé si en Francia o en Suiza, junto a las numerosas terrazas de la frontera italiana) que, por casualidad, descifra el enigma del universo y, gracias a una sorprendente fortaleza, sobrevive a la revelación. El narrador es un tal Sineusov, un artista cuya mujer, embarazada de seis meses, ha fallecido (de hecho la narración de Sineusov se dirige precisamente a su mujer).

La revelación se produce en un pequeño hotel de la Riviera donde Falter se encuentra en viaje de negocios (también tiene negocios vinícolas). Nada parece presagiarla (después de pasar una velada higiénica en un pequeño burdel del Boulevard de la Mutualité, volvió al hotel a eso de las once, de un humor excelente, con la cabeza despejada y la carne satisfecha, e inmediatamente subió a su habitación). Poco después desde la habitación de Falter surgen unos indescriptibles gritos (que el posadero luego comparará con los gritos paroxísticos, casi exultantes de una mujer en plenos dolores de un parto infinito… una mujer, sin embargo, con voz de hombre y un gigante en el vientre). Falter queda destrozado pero se niega a explicar lo ocurrido:

Un cambio extraño, repulsivo se había adueñado de su aspecto todo: parecía como si le hubieran quitado el esqueleto. Su rostro sudoroso y algo fofo, con su labio colgante y sus ojos rosados, no sólo expresaba un cansancio sordo, sino también alivio, un alivio animal como si descansara de los dolores de quien acaba de parir un monstruo. Con el torso desnudo, vestido tan sólo con los pantalones del pijama, mantenía la cabeza baja frotándose el dorso de la mano con la palma de la otra. Ante las preguntas motivadas por la natural curiosidad de monsieur Paon y de los huéspedes del hotel se obstinó en su silencio, limitándose a hinchar los carrillos, y tras hacer a un lado a cuantos se apretaban en torno suyo, salió al rellano y empezó a orinar copiosamente allí mismo en las escaleras.

A partir de este momento Falter enloquece (era como un hombre que lo hubiera perdido todo: el respeto por la vida, el más mínimo interés por el dinero o por los negocios, los sentimientos habituales y tradicionales, los hábitos cotidianos, los modales, absolutamente todo). Su caso atrae la atención de un psiquiatra italiano, el doctor Bonomini, que decide tratarle. Entonces se revela lo terrible del descubrimiento de Falter. Bonomini, conocedor como era del corazón humano, con sus gafas de concha y aquel pañuelo en el bolsillo de su americana, consiguió aparentemente sonsacarle una respuesta exhaustiva acerca de sus aullidos nocturnos. Pero Bonomini no tiene la fortaleza de Falter y la revelación le cuesta la vida (al menos eso declara Falter a la policía).

Es entonces cuando Sineusov tiene noticia de la historia de Falter a través del cuñado de éste, al que había conocido en una visita, acompañado de su mujer, al hotel de Falter. En este momento a Sineusov, ya viudo, sólo le quedan dos posibilidades: la primera era mi trabajo, mi arte, el consuelo que me proporciona mi arte; la segunda consistía en dar el salto y creer que una persona como Falter … había llegado a conocer real y concluyentemente aquello que ningún vidente, ningún brujo había alcanzado jamás.

Por lo que se refiere a “su arte”, Sineusov se enfrasca en las ilustraciones que un conocido escritor nordico le ha encargado para un poema épico llamado Ultima Thule. Este asunto no se desarolla en el relato (recuerden que es un capítulo de una novela inconclusa), pero el propio Nabokov, en sus comentarios a la edición del cuento escribe lo siguiente: al evocar un país imaginario (lo cual, en principio, le sirve para sofocar su pena y luago se va convirtiendo en una auténtica obsesión artística) el viudo llega a enfrascarse hasta tal punto en Thule que el país comienza a cobrar realidad propia. Sineusov menciona en el capítulo primero que va a abandonar la Riviera para volver a su piso de París. Pero, en realidad, se instala en un palacio desolado en una isla remota del norte. Su arte le ayuda a resucitar a su mujer en la persona de la reina Belinda, un acto patético que no le permite triunfar sobre la muerte, ni siquiera en el mundo libre de la fantasía. En el tercer capítulo ella volvía a morir, asesinada por una bomba destinada a su marido, en el nuevo puente sobre el Egel, unos minutos después de regresar de la Riviera. Eso es todo lo que me es posible recordar, entre el polvo y los escombros de mis viejas fantasías (existe otro relato, titulado Solus Rex, que incide en estos asuntos de Thule y pertenece, en principio, a la misma novela inacabada).

Pero Sineusov no renuncia a la segunda posibilidad: antes de abandonar la Riviera, tenía la imperiosa necesidad de ver a Falter. Verlo significaba el otro consuelo que me había inventado contra mi angustia. Aquí comienza la conversación del artista con Falter. Algo más de once páginas que no les voy a contar para que conserven algo de interés por el relato. Finalmente se lo llevaron, y así acabó nuestro diálogo más bien diabólico. No sólo no me había dicho nada, sino que ni siquiera me había permitido acercarme, y sin duda, su última afirmación era tan absurda como las precedentes.

Y ahora es cuando les reviento el relato, pero es que no puedo resistirme a incluir la última afirmación de Falter: en medio de toda mi palabrería dejé escapar sin darme cuenta sólo dos o tres palabras importantes, sólo dos o tres, pero en ellas relampagueaba un apunte de intuición absoluta; por suerte usted no se dio cuenta. Entonces, uno vuelve once páginas atrás en busca de esas dos o tres palabras importantes que al lector, como a Sineusov, le han pasado desapercibidas y que, caso de encontrarlas, le pueden costar la vida. No quieran saber nada, ni siquiera algo tan inocente como el enigma en profecía que yo he escondido en este texto inspirándome en Rabelais.

Buscaré durante el fin de semana algún momento para atenderles, pero no puedo prometerles nada.