5 de febrero de 2005

Errores informáticos y recomendaciones culturales

Tengo por bien que tan señaladas cosas como las que les cuento aquí, nunca antes vistas ni oídas, vengan a noticia de ustedes y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno halle en ellas algo que le agrade o, cuando menos, le deleite. A este propósito dice Plinio, esta vez el joven, que no hay libro (o blog) por malo que sea que no tenga alguna cosa buena. Los gustos no son todos unos y hay quien se pierde por lo que otro no es capaz de comer. Hay cosas que son tenidas en poco por alguno y que por otros no lo son. Por ello ninguna cosa debería romperse, sino comunicarse a todos por si pudieran sacar de ella algún fruto.

Si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo. Y ya que pasan el esfuerzo, todos quieren ser recompensados no con dineros sino con que se vean y lean sus obras y con que se las alaben, si hay por qué hacerlo. Ya lo dijo Cicerón: “La honra cría las artes”.

¿Acaso creen que el más valiente soldado es el que más aborrece vivir? No, señores, es el deseo de alabanza el que le hace ponerse en peligro, y así, en las artes y letras es lo mismo. El predicador que busca con denuedo el provecho de las almas no ve con pesar que le digan lo maravillosamente que lo hace. Y no pocos son los señores que admiten a truhanes a su lado por las loas que les hacen.

Y todo va de esta manera. No soy más santo que mis vecinos, pero creo que en esta nonada escrita con grosero estilo alguno puede hallar algún disfrute y comprobar que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.

Y hasta aquí el juego. Lo que han leído antes de este párrafo podría ser el arranque de un post, pero no lo es, es un simple ‘error informático’. Por si alguno no ha caído en la cuenta, les he colocado aquí el prólogo del Lazarillo de Tormes (burdamente disfrazado, y por tanto empeorado, para hacer caer a alguno en la trampa). Los de allá, que quizá no estén al tanto de lo que por aquí significa ‘error informático’ deben saber que la cosa viene de una humilde(*) presentadora de televisión (periodista, dice ella) que, al hacerse público que uno de sus libros contenía párrafos literalmente copiados de otros autores declaró, en su descargo, dos pequeñas joyas para la historia de las letras: primero, que todo se debía a un error informático y, segundo, que además no había sido ella sino la persona que, en secreto, había sido contratada para escribir efectivamente el libro. Asunto resuelto y a otra cosa.

Y en vista de que el hecho de que tan sórdido asunto saliera a la luz pública no tuvo por aquí ninguna consecuencia más allá de la retirada de los ejemplares de aquel libro, no seré yo quien abunde en la cuestión. Pero yo me pregunto, ¿qué razones puede tener hoy alguien para adquirir un ejemplar del Lazarillo de Tormes? Quizá no se les ocurra ninguna, no es fácil ¿verdad? Afortunadamente un notorio, influyente y notable (aunque ha conocido mejores tiempos) periódico ha dado con la respuesta. Por eso lleva unas semanas regalando o vendiendo las ‘grandes obras de nuestra literatura’ con cada ejemplar del mismo. La cosa está clara, no se puede vender un libro, sobre todo si tiene casi medio siglo, apelando a su indiscutible, probada y contrastada calidad. Por eso su slogan publicitario es muy otro. Este periódico regala o vende “los libros más recomendados en los colegios”, recurre al bolsillo del cliente y le viene a decir algo como “ya que tiene que comprarle el libro al niño, compre el nuestro que le sale más barato”. No sé a ustedes pero a mí, en este maldito año del centenario cervantino, con tantos individuos que se golpean el pecho ‘celebrando la cultura’, con tanto acto cursi que pretende convertir el país en una suerte de Parnaso, un slogan como ese me resulta, cuando menos, sorprendente. ¿O no?

Citando otro slogan, ‘pues va a ser que no’. El país en el que yo vivo se parece mucho más al que presupone el slogan del periódico que al que parece desprenderse de los ‘actos culturales’ promovidos por nuestros honorables regidores. Ya saben, la temporada pasaba se llevaban las chaquetas largas en tonos ocre y ésta temporada se lleva la ‘cultura’ (sea lo que sea lo que se esconde tras esa palabra).

Debo confesarles que tanta defensa de la cultura me tiene algo desconcertado. Sobre todo porque no acabo de entender qué es lo que realmente se defiende. Todos los días aparece algún ilustre prohombre en defensa, o apoyo, o promoción, o sostén, o socorro o qué sé yo de la cultura, y lo cierto es que tales actitudes gozan de una muy buena prensa que no me acabo de explicar. Supongo que bajo este extraño fenómeno se ocultan las mismas razones por las que numerosos actores, músicos y bailarines (y con menor aunque no nula frecuencia escritores, pintores, filósofos o profesores universitarios) se autocalifican de “trabajadores de la cultura” cuando no de “representantes de la cultura”. Y sin embargo la cosa no acaba de sonarme bien.

Ahora que los “cultos” florecen por doquier y a veces detentan (ruego consulten esta voz en el diccionario, porque quiero decir lo que quiero decir y no lo que muchos creerán que quiero decir) el derecho a decidir quién pertenece a tan exclusivo olimpo, creo que merece la pena reflexionar un poco sobre ello. La idea de cultura encierra, cuando menos, dos sentidos radicalmente distintos (El DRAE no resulta de mucha ayuda. No obstante, dos acepciones me parecen pertinentes. La segunda, conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico y la tercera, conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.).

Así, por un lado tenemos la que podríamos denominar la gran cultura, la alta cultura o la cultura con mayúsculas. Me refiero a esa que en realidad es la que todos consideran necesario defender: Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Velázquez, Goya, El Greco, etc… (por limitar la lista a representamtes locales del mundo del arte). No me imagino a casi nadie contestando a una encuesta y haciendo constar su desprecio por tales autores. Esta es la cultura que tiene buena prensa. Es francamente difícil encontrar a un ciudadano que diga que Cervantes o Quevedo eran malos escritores (es verdad que en muchos casos tampoco podrían decir, con conocimiento de causa, si eran buenos escritores, pero esto es harina de otro costal).

Pero por otra parte, por cultura también cabe entender el “conjunto de modos de vida y costumbres de un cierto colectivo”. Cuando se habla de la cultura neolítica es raro encontrar referencias a la excelencia de su teatro o al dominio alcanzado en el uso de la perspectiva. Se habla de piedras de sílex y cosas por el estilo. Por algún lado leí hace tiempo que “la forma de cagar de un pueblo forma parte de su cultura”. Y esta cultura, poco tiene que ver con aquella otra que he denominado cultura con mayúsculas. Un sencillo truco que quizá sirva para distinguirlas es preguntarse si la palabra admite el plural y puede hablarse de culturas: la obra de Beethoven forma parte de la Cultura, la de David Bisbal forma parte de una determinada cultura (algo similar a la neolítica, por cierto).

Obviamente, la frontera entre ambas es algo difusa y en realidad cada uno la establece donde le viene en gana, pero me parece que meter en el mismo saco a la Royal Shakespeare Company y a la Compañía de Quique Camoiras es pasarse un poco. Sin embargo, se trata de un tipo de confusión bastante habitual. No es inimaginable que una galería de arte exponga una colección de cafeteras firmadas por un prestigioso diseñador. Y qué decir del cine, el llamado “séptimo arte”. ¿Es Terminator-3 un digno representante de la Cultura?

Entiendan ahora mi desconcierto. Esta defensa la “cultura”, ¿de qué está hablando? ¿de Mozart? ¿de botijos de diseño? ¿de lo último de David Civera? ¿de la tortilla de patatas? ¿del impresionismo? ¿de Operación Triunfo? ¿de Santo Tomás de Aquino? ¿de la canción de los chopitos? ¿de Rousseau? ¿de la charanga del tío Honorio? ¿de Samuel Beckett? Aclárenmelo, por favor. Aclárenselo los ‘defensores’ a todos antes de proseguir con su cruzada. Mientras lo hacen, y conviene esperar sentados a que lo hagan, les dejo una pregunta ¿necesita defensa la Cultura?

Y por último, si les da por ello y quieren regresar al Lazarillo de Tormes les recomiendo (no sé si también lo hacen ‘en los colegios’) que se hagan con una buena edición crítica (ignoro si las del periódico lo son). Como toda gran obra, el libro se sostiene sin anotaciones y comentarios, pero tiene muchas cosas que les podrían pasar desapercibidas. No sé, ni me importa, si se volverán ‘cultos’, pero posiblemente pasen un buen rato, que es de lo que se trata.

(*) no se me ocurre mejor adjetivo para quien conduce un programa de televisión que lleva su nombre (‘El programa de ...’, si no me equivoco), y dirige y edita una revista que lleva su nombre (‘La revista de ...’) cuya portada, en todos los números publicados hasta el momento, consiste en su propia fotografía (ignoro si todos los artículos se refieren a la susodicha aunque no nombrada o la mujer tiene a bien compartir algo de su gloria con otros asuntos).