13 de febrero de 2005

Esplendor y miseria de las palabras

Continúo de luctuoso viaje y, por tanto, con escaso tiempo para atenderles. Aún así he comprobado que el inefable vidente don Juan no parece haberles despertado gran interés y que el enigma que les propuse ayer sólo se lo despertó al amigo Daniel K. Para su satisfacción explicaré cuál era su sentido que, como cabía esperar, venía a cuento por la insana preocupación que un servidor tiene por los asuntos hermenéuticos. Y es que las palabras esconden muchas cosas, muchos sentidos. En el prólogo a Gargantúa, Rabelais insiste en estas cosas:

Y, suponiendo que, en su sentido literal, encontréis materias lo bastante jocosas para adecuarse al título, no por ello hay que quedarse en ellas, como seducidos por el canto de las sirenas, sino interpretar en un sentido más elevado lo que acaso pensabais que se decía porque sí.

Los teólogos escolásticos distinguían con frecuencia entre la interpretación literal de las Escrituras y sus sentidos más elevados, el sentido tropológico (histórico), el sentido alegórico (moral) y el sentido anagógico (espiritual). Con esta idea en la cabeza, Rabelais decidió que aludir a sentidos ocultos era una buena fórmula para despertar el interés por su texto y muchos fueron los que cayeron en la trampa (¿recuerdan?, ayer hablaba de ‘tomar el pelo al lector’). De hecho, el Gargantúa finaliza con un Enigma en profecía, tomado en su mayor parte del poema Enigmes en façon de Prophétie de Mellin de Saint-Gelais (1487-1558). Pero los que ya van conociendo mis obsesiones deben saber que sentidos ocultos hay muchos, todos los que ustedes quieran ponerle a los textos, pero ninguno es obra mía. No es más que otro juego, como el del señor Casciari inventándose videntes o el señor Nabokov dejando caer que se le han escapado un par de frases con las claves del enigma del universo.

Otra de mis obsesiones, la renuncia a tratar en estas páginas ese asunto que no quiero nombrar, me ha traído una preocupación. Por ello, les propongo una suerte de acuerdo: yo no hablo aquí de ello y ustedes renuncian a leerse el libro de Aranzadi, El escudo de Arquíloco, donde propone su “ética para fugitivos”, que es una forma elegante de referirse a la rendición incondicional y a la huída. Este Arquíloco, poeta griego, abandonó su escudo en el campo de batalla anteponiendo su vida al honor y además tuvo la desfachatez de cantarlo en un poema. Todo un pionero en tiempos en que hacer y decir aquello no estaba muy bien visto que digamos.

Un sayo se jacta hoy con mi escudo perfecto
que abandoné junto a un arbusto, apenado
Pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?
Peor para él. Uno mejor me consigo

Pero ya que hoy hablamos de palabras no está de más recordar otra historia que, desde mi punto de vista, añade mucho más interés a este Arquíloco. Se cuenta que un tal Licambes le había prometido la mano de una de sus hijas, pero luego se desdijo y anuló el compromiso. A Arquíloco, ofendido, no se le ocurrió nada mejor que inventar la poesía yámbica invectiva. Compuso un poema en que acusaba de perjurio a Licambes y la leyenda dice que aquel poema tenía tal fuerza y convicción que llevó al suicidio tanto a Licambes como a sus dos hijas.

Como ven, las palabras no sólo tienen muchos sentidos sino también mucho peligro. Fíjense si las palabras son peligrosas que, de acuerdo con lo que sabemos de la Escuela de Idiomas de Lagado, ésta desarrolló un proyecto para suprimirlas por completo:

El otro proyecto era un plan para suprimir completa y absolutamente todas las palabras; y esto se recomendaba encarecidamente como un gran beneficio desde el punto de vista de la salud y la brevedad, pues es evidente que cada palabra que hablamos significa, en cierta medida, la disminución de los pulmones por desgaste, y por tanto contribuye a acortar nuestra vida. Se ofrecía, por tanto, una solución, y era que, como las palabras son sólo nombres de ‘cosas’, sería más práctico que todos los hombres llevaran encima las ‘cosas’ que necesitaran para expresar convenientemente aquello de lo que tuvieran que hablar.

Si con esto no he conseguido animarles un poco más a leer Los viajes de Gulliver ya no sé qué intentar. En todo caso, esta idea tiene alguna relación con los aspavientos que el otro día nos interesaron tanto a mí como a la amiga Ana. Y el caso es que, por volver a Rabelais, la cuestión me trajo a la memoria la profunda discusión entre Taumasto y Panurgo que puede encontrarse en el Pantagruel, y que se produce, convenientemente, por signos.

Sino que quiero disputar sólo por signos, sin hablar; pues son tan arduas materias que las palabras humanas no serían suficientes para explicarlas como deseo.

¿Se imaginan cómo pudo ser aquella disputa? ¿Se imaginan cómo pudo narrarla Rabelais? Les dejo aquí su arranque para que se hagan una idea:

…el inglés levantó las dos manos al aire, bien alto, por separado, cerrando las extremidades de los dedos en una forma que se llama en chinonés culo de pollo, y golpeó las uñas de una mano con las de otra cuatro veces. Luego las abrió y golpeó las palmas de las manos, la una contra la otra, con un sonido estridente; después las juntó de nuevo como antes, las chocó dos veces, y volvió a abrirlas cuatro veces…

No sé a ustedes pero a mí esto me parece el lenguaje de los sordos contado a los ciegos. Disculpen el caos de mis (polisémicas y peligrosas) palabras de hoy pero sigo sin disponer del tiempo necesario para que estas ‘Salidas’ muestren el necesario orden y equilibrio que ustedes merecen. Mañana regresaré de este viaje y quizá entonces pueda compensarles.