20 de febrero de 2005

La ruta imposible

Tal y como adivinaron ayer el marino de hoy es Vito Dumas, un caballero que en 1955, por enlazar con las discusiones de los últimos días, escribió: “Aunque leía libros de piratas y mosqueteros con placer, no hubiera podido inclinarme por ninguna de esas dos «profesiones». Lo cierto es que, en uno u otro terreno, hubiera deseado ser un gran pirata o el mejor espadachín”. Estarán conmigo en que, dado su apellido, lo lógico hubiera sido que nos saliera mosquetero.

Vito nació el 26 de septiembre de 1900 en Palermo (Buenos Aires). Nada hacía presagiar una vida marinera. A los catorce años, al quedarse sus padres sin recursos, hubo de abandonar los estudios y ponerse a trabajar. Por las noches, sin embargo, estudiaba dibujo y escultura en la Academia de Bellas Artes. Practicó muchos deportes hasta que acabó en la natación. Fue nadando cuando empezaron a vislumbrarse los rasgos principales de su personalidad. Vito fue hombre de retos y se empeñó en cruzar el Río de la Plata a nado. Lo intentó nada menos que cinco veces sin conseguirlo en ninguna de ellas.

En 1931 viajó a Francia para intentar cruzar a nado el Canal de la Mancha intento en el que, de nuevo, fracasó. Se ve que no estaba llamado a pasar a la historia de la natación de fondo. Pero Dumas andaba preocupado por el ‘honor deportivo de la patria’. Qué cosas, ¿verdad? Así que, ya que estaba en Francia decidió comprar un velerito de 1912, el Titave II. Medía 12,80 metros de eslora, de proa y popa lanzadas, la eslora en flotación era 7,94 metros, 2,15 metros de manga y 1,62 de calado. Contraviniendo todas las tradiciones marineras, Dumas lo rebautizó como Legh, nombre de antiguas embarcaciones escandinavas (también se dice por ahí que significa Lucha, entereza, hombría y grandeza). Con esta embarcación decidió regresar a su país navegando en solitario y dado que se encontraba sin recursos para sufragar el viaje escribió una carta al director de la Editorial Atlántida, Aníbal Vigil que fue publicada en la revista El Gráfico el 12 de diciembre de 1931.

Arcachon, 20 de noviembre de 1931.

Estimado Aníbal: Te escribo ésta encerrado en el camarote de un 8 metros de la clase internacional. Si algo ignoras con respecto al tipo de esas embarcaciones, el amigo Martínez Vázquez te pondrá al tanto. No creas que estoy loco cuando noticias anticipadas a la presente anuncié los proyectos de mi viaje. El lugar en que me encuentro es una villa de Francia que da a la costa d'Argent, en lo que forma el golfo de Vizcaya. Para un marino este golfo son palabras mayores; pero te advierto que no hay como estar en él para notar que se exagera. En fin, veremos cómo me trata. Cuando leas esta, posiblemente me haya hecho a la mar, de allí a Canarias y luego a Río de Janeiro.

Esta es mi idea. Ahora veremos si los elementos me lo permiten. No llevo motor; el barco está armado a yawl y sus casco es un perfecto Finkeels, campeón ganador de todas las regatas de su clase. En cubierta tiene 11 metros 60 centímetros. Ahora lo están calafateando y pintando. Creo que es el más estrecho de los barcos que intentaron un viaje como el que me propongo; pero por otra parte es más veloz que ninguno de ellos. Bueno Aníbal: la razón de mi aventura es haber comprometido mi palabra en hacer algo de mérito para el deporte argentino. Mis medios son reducidos y la vida que estoy pasando sólo yo se los sacrificios que me imponen. Algún día, si no habla el destino antes, te daré mayores detalles. Por ahora vaya un abrazo para el querido amigo como si fuera ayer, cuando abandonábamos la pileta del Gimnasia. Si no llego, tu hablarás por mi. Dirás que he sacrificado a mi familia, mi bienestar y mi vida por el sport y la Patria. Fdo. Vito Dumas.

Reconozco que esto de sacrificar la familia, el bienestar y la vida por el sport y la patria suena un tanto ridículo, pero el caso es que la cosa despertó gran expectación. Finalmente, el Legh partió de Arcachon el 12 de diciembre de 1931 y llegó a Buenos Aires el 13 de abril de 1932 en olor de multitudes y con suelta de palomas incluida. El marinero que tanto había tardado en insinuarse por fin había nacido. Él no lo supo entonces, de hecho nada más llegar anunció que no volvería a navegar. Pero de ahí a empezar a plantearse la vuelta al mundo por “la ruta imposible” no había más que un paso.

¿Será que siento la necesidad de demostrar que todo no está perdido, que aún quedan soñadores, románticos, visionarios?

La ruta imposible no es otra que los temibles roaring forties, los cuarenta rugientes o los cuarenta bramadores. Se trata de la ruta que transcurre por los cuarenta grados de latitud sur y recibe ese nombre por el terrible rugido de los vientos que suelen soplar por allí. En palabras de Dumas, “producen el ruido característico de la sierra cortando madera”. Para que se hagan una idea de los mismos no tienen más que mirar las ropas de Vito justo después de finalizar la tercera etapa de su viaje.

El compañero de Vito en esta aventura sería el Legh II, construido en 1934. Medía 9,55 metros de eslora, 3,30 de manga y calaba 1,70 metros. El 27 de junio de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, Vito partió de Buenos Aires para realizar una segunda partida el 1 de julio de 1942 desde Montevideo por razones administrativas. El viaje se desarrolló en cuatro etapas: Montevideo Ciudad del Cabo, de ahí a Wellington, después a Valparaíso y finalmente de regreso a Buenos Aires doblando el mítico Cabo de Hornos (Slocum había pasado por el estrecho de Magallanes).

Ya en la primera etapa surgió el primer contratiempo de importancia, una infección en el brazo derecho que no acaba de curar. Todavía recuerdo la impresión que me causó esta historia cuando de chico leí el relato de Vito Dumas. Extraigo unas cuantas frases del mismo para que se hagan una idea.

La mano y el brazo derechos se hinchan más y más impidiéndome todo movimiento. El dolor se acentúa y la fiebre aumenta. Al anochecer resuelvo darme una inyección antipiógena...

Al día siguiente me aplico la tercera inyección. El brazo tiene un diámetro alarmante y la fiebre no baja de los 40º. Me pongo a cavilar acerca de las funestas concsecuencias que sobrevendrán si no resuelvo hacer algo más definitivo. El mal no cede. Con la fiebre que atormenta, el dolor terrible que no deja ni dormir, la situación no puede prolongarse.
Es absolutamente necesario tomar una decisión. Esa noche sería la última con el brazo en tal estado. A tierra no hay tiempo de llegar. Si a la mañana siguiente el mal no evoluciona favorablemente, habrá que amputar el brazo inútil...

Pienso en las escasas herramientas de que dispongo para la intervención. Ya no interesan ni el barco, ni la ruta, ni el viaje. Débil, afiebrado, dolorido, angustiado hasta lo indecible, cualquier movimiento impuesto por ese zarandeo interminable contribuye a que el dolor se intensifique.

No hizo falta recurrir a medidas tan drásticas. Afortunadamente la madrugada del día 12 de julio el brazo empezó a mejorar y algo después, tras cincuenta y cinco días de navegación arribó a Ciudad del Cabo. Las siguientes etapas no fueron menos duras, incluyendo el paso del Cabo de Hornos, sobre el que me extenderé el próximo sábado en una nueva edición de la sección náutica de estas ‘Salidas de Emergencia’ dedicada a otro legendario marino. Dumas llegó a Buenos Aires el 8 de agosto de 1943. Esta vez no anunció su retirada del mar. De hecho siguió navegando y realizó más cruceros en solitario. En marzo de 1965 un derrame cerebral acabó son su vida.

Si tienen interés por conocer los viajes del Legh y del Legh II, pueden leer Sólo, rumbo a la Cruz del Sur y Los cuarenta bramadores, los libros en que el propio Vito Dumas narró sus experiencias. Mañana, como les prometí abandonaremos los asuntos marinos por un tiempo.