19 de febrero de 2005

Levando anclas

Tal y como anuncié ayer, les presentaré hoy a un hombre de mar cuya historia creo que merece la pena conocer. Nació en 1844 en Nueva Escocia, “un gélido 20 de febrero en la heladora Montaña Norte” en el seno de una familia de larga tradición marinera. Era, por tanto, ciudadano de los Estados Unidos, pero no ‘yanqui’ “en la verdadera acepción de la palabra” como les avancé en una pista cuya única misión era despistar al señor Borgeano. Desde niño siempre estuvo relacionado con el mar. A los catorce años ocupó el puesto de cocinero en una goleta de pesca. A los dieciséis años se enroló como marinero, luego ascendió a segundo de a bordo y al fin, a los veinticinco años, obtuvo el grado de Capitán, “por la vía del sollado, no a través de la camareta de los estudiantes de náutica”. Se llamaba Joshua Slocum y mañana pueden celebrar su cumpleaños.


Como capitán navegó por todos los rincones del mundo. Capitaneó el Northern Light (“entonces era el mejor velero norteamericano a flote”) y después el Aquidneck (“me parecía lo más próximo al ideal y la perfección de la belleza”). En todos su viajes lo acompañaba su mujer, Virginia A. Walker, de la que tuvo tres hijos y una hija. Era, con toda certeza, un hombre de mar. Él mismo escribió lo siguiente:

La mía no fue precisamente la clase de vida de quien añora la estancia en tierra, cuyas normas y costumbres casi llegué finalmente a olvidar.

Cosa nada extraña en un marino, por otra parte. Otro hombre de mar que sí acabó en tierra y que ya se hará un hueco en estas páginas, Joseph Conrad, dejó escrita la explicación en En el corazón de las tinieblas.

...no hay nada misterioso para un marino fuera del propio mar...Después de un día de trabajo, basta un paseo despreocupado o una juerga ocasional en tierra para descubrirle los secretos de todo un continente, secretos que por lo general no encuentra dignos de ser conocidos.

La vida de Slocum quedó marcada en 1884 con el fallecimiento de su esposa. No obstante, volvió a casarse en 1886 con Henrietta Elliot. Y aquí comienza nuestra historia de hoy. El 28 de febrero de ese mismo año zarpó en el Aquidneck de Nueva York a Montevideo. Le acompañaban su nueva mujer y su hijos Víctor (que vio la luz “a bordo del paquebote «Constitution»”) y Garfield, de sólo seis años, (nacido “en la bahía de Hong Kong a bordo del viejo barco «Amethyst»”).

El viaje resultó algo accidentado, como verán. Tampoco ocurrió nada que no fuera muy habitual por entonces, un motín, un brote de viruela y unas cuantas cosas más que me ahorro para no aburrirles. El motín se produjo el 23 de julio de 1887. “Ese día, entre las once y medianoche, hube de defender mi vida y aquello que un hombre aprecia más”. Se vió obligado a matar a dos de los amotinados que se dirigían hacia él armados con cuchillos y consiguió restablecer el orden. “Un hombre debe defender la vida y la de su familia, pues la vida es hermosa”. Dejó encargado que el barco continuara hasta Montevideo y se quedó para presentarse a juicio, del que, obviamente, salió absuelto.

Resuelto el proceso, el Aquidneck zarpó de Montevideo para encontrarse con un brote de viruela a bordo que le obligó a poner proa a Maldonado, “el lugar del que se habla en «Los viajes de Gulliver»” y que “estaba todavía poblado por«yahoos»” (todo hay que decirlo, Maldonado es destino en el Tercer Viaje de Gulliver y el país de los yahoos lo es del Cuarto Viaje). Tras la obligada cuarentena y la completa desinfección del barco, reclutada una nueva tripulación, el Aquidneck volvió a zarpar. Pero sus desgracias continuaron y embarrancó frente a las costas brasileñas.

Al cruzar la bahía, las corrientes y el viento colocaron al «Aquidneck» en peligrosa posición cerca de un banco de arena; no consiguió virar y se fue al bajío. Para sujetarlo largamos el ancla. En aquellas pérfidas arenas no pudo engancharse, garreó y el barco cayó de costado. Una vez en tal postura, el fuerte oleaje que venía de alta mar lo barrió de proa a popa durante tres días. Las olas reventaban contra el casco, que gemía a más y mejor, hasta que al fin le rompieron el espinazo y, ¿por qué no decirlo?, el corazón también. Estaba perdido... Tras veinticinco años de leales servicios, el «Aquidneck» terminaba allí sus días.

La situación de Slocum en este momento era desesperada. Se encontraba en Brasil, a cinco mil millas de su hogar. Había perdido el barco del que era armador. Estaba, por tanto, arruinado. Ni siquiera tenía forma de pagar a la tripulación. Y además debía hacerse cargo de su mujer y sus dos hijos que le acompañaban. En otras palabras, la clase de situación que un verdadero marinero sabe afrontar y resolver.

Tras vender los restos del navío consiguió pagar a la tripulación y, recurriendo a todo tipo de materiales de las más diversas procedencias, construir una pequeña embarcación abierta a la que llamó Liberdade por haber sido botada el día 13 de mayo, el día en que fueron liberados los esclavos brasileños. Medía 10,67 metros de eslora, 2,28 de manga y calaba 90 centímetros. Aquí se la presento.

Fue en esta pequeña embarcación en la que Slocum, con su mujer y sus hijos recorrió las cinco mil millas que lo separaban de casa. Pero Joshua Slocum no es conocido por esta pequeña aventura que les he mencionado y que pueden leer con todo lujo de detalles en un pequeño volumen que el propio Slocum publicó después, El viaje del Liberdade. El señor Slocum pasó a la historia marítima por ser el primer navegante en dar la vuelta al mundo en solitario. Lo hizo a bordo de otro barco aún más mítico que el Liberdade. Pero no adelantemos acontecimientos. De momento, vean al Liberdade con toda su tripulación.

Tras el regreso en el Liberdade, Slocum continuó navegando, pero “al llegar el tiempo en que los fletes escasearon y terminaron por desaparecer para los veleros de altura, y traté de dejar el mar, ¿qué podía hacer en tierra un viejo marino como yo?”. Fue en 1892 cuando un viejo amigo, capitán de ballenero, le dio un barco, “una viejísima balandra llamada «Spray»”. Contra todo pronóstico, los lugareños apostaban por el deguace, Slocum decidió reconstruirla. Aquí la tienen.


Tras un año intentando ganarse la vida como pescador sin mucho éxito dado que “carecía de la astucia adecuada para cebar bien un anzuelo”, Slocum comienza a pensar en su viaje de circunnavegación. Mucho se ha especulado por las posibles razones que le llevaron a tomar esta decisión. Él se contentó con decir: “por fin llegó el momento de levar ancla y hacerme de verdad a la mar”.

El Spray zarpó de Boston en 24 de abril de 1895 y arribó a Newport el 27 de junio de 1898, “tras un crucero de más de cuarenta y seis mil millas marinas alrededor del mundo”. Joshua Slocum escribió:

Las experiencias cosechadas durante el viaje del Spray, que había durado más de tres años, fueron para mí como la lectura de un libro; de un libro que se hizo más y más interesante a la vuelta de cada página, hasta llegar a la última, donde ahora estaba, y que resultó ser la más interesante.

Si quieren leer el mismo libro que leyó Slocum no les va a quedar más remedio que ‘hacerse de verdad a la mar’.Pero pueden conformarse con leer Navegando en solitario alrededor del mundo, que no es el libro que leyó, pero sí el libro que escribió Slocum y que, hoy, es un clásico de la literatura marítima.

En 1909, con sesenta y cinco años, Slocum se hizo de nuevo a la mar. Partió de Bristol con intención de explorar el Orinoco, pasar al río Negro, luego al Amazonas y regresar al Atlántico. Nunca más se volvió a saber de él, ni se encontro rastro alguno del Spray. Así se forjan las leyendas. Y a pesar de que algunos se empeñen en defender la hipótesis de que fue abordado y hundido por un vapor, todo buen marino sabe que en cualquier momento puede cruzarse con el Spray de Joshua Slocum de regreso a casa.