23 de febrero de 2005

Nada nuevo bajo el sol

Es absolutamente imposible contemplar una puesta de sol de cerca. Por eso el hombre inventó el huevo frito. (Jaume Perich).

Proponía ayer el señor Aquende una adivinanza, algo así como “hay algo de lo cual no se puede estar nunca allende suyo”. Adivinanza cuya respuesta, el horizonte, me trajo a la cabeza la frase del Perich con que he encabezado el apunte de hoy. Me pondré hoy algo nostálgico, aunque la nostalgia ya no sea lo que fue, para recordar a este caballero que se ganó un lugar de honor en todos los diagnósticos psiquiátricos que me conciernen.

Corrían los últimos años sesenta y primeros setenta, lo que algunos importantes señores han dado en llamar el “tardofranquismo” sin que quede claro si lo que querían decir es que la franqueza tardaba en llegar o era el propio Franco el que tardaba en irse. Empezaban a relajarse algunas costumbres, como la de prohibir todo porque sí y asomaban, muy tímidamente, algunas libertades, aquellas que difícilmente podían confundirse con el libertinaje (los censores seguían midiendo con precisión milimétrica los escotes de las cantantes que salían en televisión e impidiendo cualquier emisión que pusiese en peligro el progreso moral de occidente). Por ejemplo, empezó a permitirse escribir entre líneas. Dicen que siempre se ha hecho contra las tiranías y dictaduras, pero lo dicen cuando han podido decirlo (¿lo decían, acaso, en 1948? ¿se hacia, acaso, en 1948?). Pero, en fin, que me estoy yendo por las ramas, hablo de aquellos tiempos que los de acá pueden encontrar lamentablemente retratados en las peripecias de la familia Alcántara y los de allá, sin siquiera suponer la suerte de que disfrutan por no verse asaltados por semejante serial televisivo, quizá no lleguen a imaginar.

Como pueden deducir, dada la juventud de mi prosa, yo era un imberbe infante por aquellos días. Un lector sin criterio en cuyas manos, por casualidad, cayeron un par de libros debidos a la mano de quien pasaba por ser un humorista catalán. Fíjense si las cosas eran extrañas entonces. Estaba generalmente admitido que don Jaume Perich era un ‘humorista’ cuando jamás había escrito un chiste ni una gracieta. No, señoras y señores (corrección política ante todo), Jaume Perich fue un contundente fotógrafo de la realidad. Todo lo que salió de su mano puede y debe entrar en la categoría de eso que se conoce como ‘verdades como puños’. Alquien capaz de dos cosas a cual más impresionante. La primera sacarse de la manga una definiciòn como esta: “Un fanático es un señor que tiene razón aunque no tenga razón”. Y la segunda convencer, primero a un editor y después a una legión de lectores, de que eso es un chiste.

Aquellos dos libros llevaban por título, Autopista y Nacional II y, fundamentalmente, adoptaban la forma de aquel otro cuyo título imitaban, el Camino, de cuyo autor no quiero acordarme. Máximas, frases cortas, incisivas, constataciones enérgicas de una realidad que no por absurda deja de ser nuestra realidad. Deben comprender el devastador efecto que esto causó en un celebro cuyas neuronas todavía no habían adquirido capacidad para defenderse de las ideas (¿qué les parece esta frase como definición de ‘educación’?).

Alguna de las profundas enseñanzas que de allí extraje ya han aparecido por estas páginas. Recuerden, por ejemplo, aquella fórmula para medir la estupidez en decibelios. Algunas otras, leídas más de treinta años después, asombran por no haber perdido un ápice de vigencia. Véan si no: “La mejor prueba de que en los Estados Unidos cualquiera puede llegar a ser presidente, la tenemos en su presidente”. Frase que, en aquellos tiempos parecía coyuntural y se ha revelado estructural. Ya entonces, hace tantos años, el Perich vio venir los brotes de racismo en Francia. Nunca los comprendió, al fin y al cabo se trataba de “un país capaz de soportar incluso a los franceses”. Sugirió. por ejemplo, que los títulos universitarios se expidieran en papel de aluminio “para que al menos sirvan para algo”.

Pero no todo resultaba tan concretamente apegado al mundo. Buena parte de los textos conformaban también toda una filosofía, una actitud ante la vida, y pueden tomarse como guía espiritual. Máximas tales como: “Cuando nos peguen una patada en los huevos, es mejor ofrecer la otra mejilla, porque si repiten en el mismo lugar, vamos listos”. A veces, la cosa tomaba un cariz más científico: “Después de comer es necesario esperar dos horas si queremos bañarnos. Si no queremos bañarnos, hemos de esperar, lógicamente, más tiempo”.

El problema es que llevo unos días descubriendo que todo lo que les vengo contando desde principios de diciembre pasado, de alguna u otra manera ya está contenido en la obra de Jaume Perich. Puede que la Divina Comedia, como decía Borges, lo contenga todo, pero empiezo a sospechar que los libros de Perich contienen este blog. El otro día, sin ir más lejos, les hablé de la muy ilustre Academia de las artes y de las ciencias cinematográficas y dejé caer, muy sutilmente, decepcionadas opiniones sobre el cine que hoy en día se realiza en nuestro país. Luego, tira uno del Perich y se encuentra cosas como esta: “Casi todo el cine que se hace en España es cine de suspenso”.

Si me pongo a discutir con Wally sobre los índices de lectura y la promoción del Quijote en su cuarto centenario luego me encuentro con que: “El Quijote no es sólo uno de los libros más leidos del mundo, sino uno de los menos leidos si contamos la gente que no lo ha leido”. Si nos ponemos a discutir sobre el arca de Noé, voy y me encuentro constataciones como que “En el Diluvio Universal, los peces que no estaban en el arca murieron ahogados”. Que la discusión versa sobre las palabras y lo que es posible expresar, pues entonces me encuentro con que “una de las razones por las que la palabra no puede expresar fielmente el pensamiento es la buena educación”.

Pero este señor, no sólo anticipó en sus libros todo lo que a mí buenamente se me va ocurriendo que contarles. No se sientan a salvo. Por ejemplo, el señor Borgeano lleva una temporada peleándose con la religión en su blog Oh, my God. Casi toda esa pelea ya está prefigurada en unas cuantas máximas. Por ejemplo: “La religión sirve para ayudarnos y consolarnos ante unos problemas que no tendríamos si no existiese la religión”. Debo reconocer que ésta se ve muy bien complementada por otra que consta en el diario de Cesare Pavese, concretamente en la entrada correspondiente al 13 de octubre (festividad de San Eduardo, por cierto) de 1938: “La religión consiste en creer que todo lo que nos sucede es extraordinariamente importante. Nunca podrá desaparecer del mundo precisamente por esta razón”.

Y si le da por la guerra, como le ha dado en su Festival del Odio (hoy en reformas), pues tres cuartos de lo mismo: “Un hombre de estado es aquel que no duda en dar tu vida por la patria” o bien “Gracias a la guerra uno no sólo puede morir por sus ideales, sino que incluso puede morir por los ideales de otro”. El señor Daniel K intenta desintoxicarse (culturalmente, claro), quizá sin saber que hace tres décadas el Perich había escrito: “El invento de la aspirina se llama progreso. El de la libertad, subversión” y también “todo el mundo desea ser feliz, pero no que lo sea todo el mundo” para concluir que “la libertad de uno acaba donde empieza la de otro con más dinero”. Wally estudia para historiador sin quizá suponer las grandes incógnitas a que deberá enfrentarse, como “saber qué apodo le daban sus súbditos a Alfonso X, el sabio”. Incluso he llegado a reconocer la sombra de Kaperucita Negra en frases como estas: “Fumar en exceso es malo. Beber en exceso es malo. Comer en exceso es malo. Follar en exceso es difícil”. Estoy seguro de que a poco que rebuscara, encontraría precendentes de Kill-9, de Chin, en fin, de todos. La única que parece a salvo es Ana, aunque cualquier día se nos descuelga con un cuento inspirado en esta frase: “A los picapedreros, cuando les condenan a trabajos forzados, les obligan a escribir poesías”.

Pero ahora tengo que dejarles porque, como saben, ando de semirodríguez y los churumbeles me reclaman y es que los hijos son “una gran satisfacción moral que los padres sienten después de una física”. ¿Imaginan de quién es la frase?