9 de febrero de 2005

Parlamentarios de segunda

Esta mañanita hemos tenido un coche bomba en Madrid y yo sin terminar la serie sobre el guirigay vasco. Tenía la intención de concluirla con una exposición algo más calma de algunos principios que me parecen básicos para entender la constitución política de un estado. Las ideas ya estaban, de alguna manera, en mi anterior escrito al respecto: un ‘estado’ sólo se ‘constituye’ sobre la asunción compartida de una serie de principios que rigen la vida colectiva. Cualquier otra consideración (‘realidades históricas’, ‘vínculos simbólicos’, ‘nexos lingüísticos’, etc.) carece de importancia. Y plantear la distribución de competencias entre unidades territoriales de mayor o menor entidad o dimensión sólo tiene sentido en terminos de eficacia y eficiencia. ¿Por qué en los debates sobre ‘centralismo’, ‘federalismo’ (con las simetrías o asimetrías que se quieran) y demás, jamás se habla en estos términos? Me parece evidente que hay cuestiones que ganan en eficiencia con una gestión centralizada, y cuestiones que lo hacen con su descentralización. Si de lo que se trata es de ‘promover el bienestar social’, dejémonos de chorradas y pongámonos a ello.

Tras exponer con mejor o peor fortuna (nos quedaremos sin saberlo) estos asuntos, mi intención era realizar un breve repaso a lo que pudimos oir en el Congreso de los Diputados el pasado día 1 de febrero. Como veo que no acabo de encontrar la predisposición necesaria para cumplir mi plan (yo también tenía un plan) pero el hecho de no hacerlo me tenía intranquilo sustituiré lo prometido o avanzado por este pequeño comentario al hilo de algunas de las palabras de los intervinientes en el debate (lo que no quita que algún otro día aproveche esas mismas palabras para colocarles otro ladrillo, que la cosa tiene mucho jugo). Todas las citas provienen del diario de sesiones de la Cámara, que pueden consultar en su página web institucional (sección ‘Públicaciones y Bases de Datos’, para ser precisos).

Entre los ‘mensajes’ del señor lehendakari me parece oportuno destacar uno que parece situar la clave de sus ‘reivindicaciones’

Y tenemos muy claro que hay un binomio que está asociado a los vascos y vascas en general con independencia de a qué partido voten, y es que el autogobierno ha sido y es hoy en Euskadi sinónimo de bienestar. Por eso reivindicamos más autogobierno, no para enfrentarnos con Madrid no con el Gobierno español ni con esta Cámara. No, en Euskadi queremos más autogobierno para vivir mejor, para mejorar el nivel de bienestar de vascos y vascas.

¿Qué tal les suena? (al márgen de la detestable palabra ‘binomio’). Desde luego hace abstracción de las cuestiones de solidaridad interterritorial y demás. Parece estar diciendo ‘con más competencias viviremos mejor’. Yo me pregunto si esto es así, si más autogobierno (en cualquier materia, en cualquier ámbito, sin especificar sobre qué se gana en gobierno) supone, por arte de magia, más bienestar (¿o acaso piensan que sólo es ‘su’ gobierno el que produce bienestar?). No entraré en la cuestión del bienestar de los miles de concejales no nacionalistas que viven amenazados de muerte acompañados (sólo algunos, otros no pueden permitírselo) permanentemente de escolta. Sólo les pondré un ejemplo de ‘autogobierno’ efectivo y les pediré que me expliquen las ganacias de bienestar que supone. Don Sabino (Sabin, para los amigos), tenía ideas muy claras sobre la pureza racial del vizcaíno, el gobierno vasco ha decidio extender sus consideraciones a las ‘razas animales vascas’. La página que les enlazo, no es muy neutral, lo confieso, pero tampoco la neutralidad me ha parecido nunca un valor (y en todo caso, la lectura de la revista El Catoblepas, se esté de acuerdo o no con ella, es siempre un sano ejercicio).

¿De veras les parece que esta gente tiene en mente el ‘nivel de bienestar de los vascos’ (y vascas, claro) cuando les da por hacer estas cosas? La intervención del señor Erkoreka, del PNV, en el debate me pareció más que ilustrativa de los espeluznantes problemas que asedian a los vascos (y a las vascas, claro). A ver qué les parece a ustedes:

Si hay que definir una ciudadanía que valga para todos, que no sea una ciudadanía que distinga entre ciudadanos de primera y de segunda, y le voy a decir por qué, que no distinga entre ciudadanos de primera, como el señor Rajoy, que puede utilizar esta tribuna para expresarse en su lengua, y ciudadanos de segunda, que no pueden hacer lo mismo, como yo. Que no se distinga entre ciudadanos de primera y de segunda.
[En este momento, el presidente de la Cámara le ruega que vaya terminando]
Ciudadanos de primera, como el señor Rajoy, a quienes el ordenamiento jurídico les permite gozar de la nacionalidad que realmente sienten –la nacionalidad española- y ciudadanos de segunda, a quienes el ordenamiento jurídico nos niega rotundamente ese derecho a gozar de la nacionalidad que realmente sentimos; ciudadanos de primera que tiene derecho a disfrutar de las selecciones deportivas que realmente sienten y ciudadanos de segunda que no tienen ese derecho ¿Sigo con la lista? Porque sería interminable.

Y tan interminable. Como que han hecho de la insatisfacción permanente su bandera. Estoy seguro de que la lista sería interminable, lo curioso y significativo son los tres ejemplos seleccionados de esa lista interminable. Lo lógico sería suponer que de tal lista infinita el señor Erkoreka Gervasio haya extraído ejemplos de singular gravedad y considerable importancia que, por recuperar las palabras del lehendakari, comprometen el bienestar y el desarrollo de los vascos (dado que el español no es ‘su’ lengua, es comprensible que ignore que la expresión ‘los vascos’ ya incluye a la población femenina y resulta innecesario referirse continuamente a ‘los vascos y las vascas’). Pues bien, detengámonos un momento en analizar brevemente estos factores discriminantes que establecen la ‘ciudadanía de segunda’ para el señor Erkoreka Gervasio.

El primer problema del señor Erkoreka (perdón, de ‘los vascos y las vascas’) es no poder hablar en euskera en el parlamento (problema que habrá que suponer extensible a otras ámbitos y foros porque pocos de ‘los vascos y las vascas’ tienen siquiera ocasión de hablar en el parlamento). Terrible, sin duda. Pero tampoco parece que una cosa así pueda ser responsable de un ‘conflicto de más de doscientos años’. A mí me parece lógico que en una Cámara Nacional, donde se sienta una mayoría de diputados que desconoce el euskera y en la que la totalidad de los diputados vascos (al igual que la totalidad de la población vasca) conoce perfectamente eso que llaman el ‘castellano’, se utilice esta lengua común por simplicidad y eficacia. Pero en fin, si este es el problema no veo por qué no puede dotarse un cuerpo de traductores simultáneos (financiado, eso sí, con el dinero de todos) para que estos señores pasen un buen rato expresándose en la lengua que más gustito les de. No sé a ustedes pero a mí no me parece mal, en principio, pagar impuestos para que el señor Erkoreka duerma más tranquilo.

El segundo de los terribles problemas del ‘pueblo vasco’ (incluyendo al señor Erkoreka entre ellos a pesar de su sospechoso segundo apellido) es ‘no disfrutar de la nacionalidad que realmente siente’. Este ‘problema’ ya nos exige algún trabajo de interpretación, porque no está nada claro en primer lugar en qué consiste eso de ‘disfrutar de una nacionalidad sentida’ ni, en segundo lugar, cómo cabe articular el supuesto derecho a ese disfrute. Si a lo que se refiere este caballero por ‘disfrutar de la naciuonalidad’ es a disponer de un Documento Nacional de Identidad y un Pasaporte vascos y a irlos enseñando por ahí en los lugares en los que se exige su presentación (a bote pronto sólo se me ocurren, las aduanas de viajeros, el control de seguridad de los edificios públicos, los casinos de juego y los registros de los hoteles, alguno más habrá), pues la cosa no parece muy grave. Coincidirán conmigo, de todas formas, en que necesitar un papel para afirmarse vasco no parece muy demostrativo de tan probada condición, pero en fin, seguro que nuestros ilustres prohombres son capaces de inventar alguna solución de circunstancias para tan apremiante problema discriminatorio.

En todo caso, eso del ‘derecho a gozar de la nacionalidad que realmente se siente’ es, cuando menos pintoresco. Porque habremos de convenir en que el ser humano, aún dotado de grandes limitaciones, posee una ilimitada ‘capacidad de sentir’. ¿Qué derecho asistirá al individuo que ‘se sienta’ samoano a pesar de haber nacido en Bollullos y no haber salido de allí nada más que para cumplir el servicio militar en Melilla? ¿Qué derecho asiste a los que se sienten apátridas, españoles o alaveses que residen en el País Vasco? Fiar los derechos a lo que sienten sus sujetos es singularmente peregrino amén de estúpido (a no ser que también establezcamos ‘sentimientos de primera’ y ‘sentimientos de segunda’, pero seguro que el señor Erkoreka no hablaba de eso ¿verdad?).

El tercero de los acuciantes problemas de estos ‘ciudadanos de segunda’ es la imposibilidad de animar a la selección de Euskadi en las competiciones deportivas internacionales para las que tenga a bien ganarse la clasificación (si hubiera alguna). Qué mejor expresión de la ‘opresión’ que sufrir que la imposibilidad de asistir a los estadios con la bufanda de la ikurriña. No me extraña que el conflicto lleve estancado más de doscientos años (¿era este el terrible problema?).

Como ven, el señor Erkoreka disponde de una lista interminable, pero, dado que su tiempo en el congreso es limitado sólo ha podido mostrarnos una jugosa selección de los asuntos que le discriminan y le convierten en ciudadano de segunda. No sé ustedes, pero un servidor anda de veras intrigado por conocer algún elemento más de esa interminable lista porque, seguro, que me proporcionará momentos tan gratificantes como los que me ha producido el conocimiento de sus divertidos tres ejemplos.

Pero no me quiero enrollar más. Les cuento la conclusión a que quería llegar con mis textos y a la que ya había llegado en mi cabeza hace tiempo. Si algún día me veo con ganas y fuerza lo mismo les expongo el camino que me llevó a ella. A la luz de toda la tabarra que les he dado no es difícil descubrirlo, pero si no lo ven no se hagan una idea equivocada, les aseguro que tengo mis argumentos. En fin, allá va: muchos no nacionalistas insisten en que el ‘problema’ (contencioso, cuestión o lo que quieran) vasco es ETA; pero en mi humilde opinión no lo es, la responsabilidad más bien es de un amplio sector de la población liderado por el PNV que lleva más de cien años defendiendo un discurso racista e insostenible (racionalmente insostenible quiero decir) que genera el caldo de cultivo necesario para que ETA exista y que impide un discurso político racional al exigir a sus opositores la asunción de un planteamiento viciado de raiz (que estos opositores asumen con ingenuidad pasmosa).

Discúlpenme de nuevo por el tostón. Prometo no volver por aquí con este asunto (en la medida de mis fuerzas). Mañana, para variar, y aunque tomaré prestadas algunas frases del Diario de Sesiones del Congreso, les contaré una pequeña historia sobre dinámica de fluidos (no se asusten, que tiene gracia).