22 de febrero de 2005

Réquiem por Caín

Todos saben que en ciertas ocasiones yo me oculto derás del Mal, como cuando te enfermas y no puedes tomar un avión y el avión se cae y no se salva ni Dios; y que a veces, por lo contrario, el Mal se esconde detrás de mí, como aquel día en que el hipócrita Abel se hizo matar por su hermano Caín para que éste quedara mal con todo el mundo, y no pudiera reponerse jamás.
(Augusto Monterroso; Monólogo del Bien)

Tenía intención de dejarles hoy aquí un escrito rebosante de buen humor y optimismo, consecuencia de tener selectivamente inhibida la recaptación de serotonina. Pero, como bien dice el Bien, “las cosas no son tan simples”. Esta mañana me he despertado con la noticia del fallecimiento de Caín, no aquel del que hablaba el bien, sino otro al que debo muchas horas gratas.

Antes de ser Caín fue Guillermo, cosa que, con el tiempo volvería a ser. Sé que suena raro pero “las cosas no son tan simples”. Fue Guillermo de nacimiento, es decir desde 1929. Como tal Guillermo empezó a escribir a los dieciocho años, cosa en la que siguió insistiendo hasta que un cuento publicado en 1952 en la revista Bohemia le supuso la cárcel, una multa y la obligación de abandonar la Escuela de Periodismo durante dos años. Al año siguiente, “privado de usar su nombre en desgracia”, publicó un artículo para el que se vió obligado a usar un pseudónimo. Así, de la unión de la primera sílaba de su primer apellido, Cabrera, con la primera sílaba de su segundo apellido, Infante, nació Caín. Guillermo Cabrera Infante, ó G. Caín, como ustedes prefieran, falleció ayer en Londres a la edad de setenta y cinco años.

No les haré una glosa del personaje porque la prensa de hoy está llena de ellas. Alguna incluso sincera, como la de su buen amigo Javier Marías, que pueden leer en su blog. No les contaré su vida porque ya lo hizo él con gran maestría. Si se adentran por La Habana para un infante difunto tendrán buena noticia de su infancia, adolescencia y juventud en un texto maetsro. Tampoco les colocaré aquí un comentario de la obra que le catapultó a la fama, Tres tristes tigres, una celebración de la noche tropical que “debe leerse de noche”. No les hablaré de su oposición al régimen castrista, en el que inicialmente desempeñó varios cargos (dirigente cultural, directivo del Instituto del Cine, director de Lunes de Revolución, agregado cultural en Bélgica) para luego terminar como exiliado; todo ello pueden leerlo en la recopilación de sus textos políticos titulada Mea Cuba. No les escribiré sobre su apasionada obsesión por el cine, acudan a sus textos Arcadia todas las noches y Cine o Sardina. Mucho menos trataré hoy de otra de sus pasiones, los cigarros habanos (me consta que es numeroso el sector antitabaquista de esta parroquia, no cuenten conmigo en su guerra) que dieron lugar a un libro escrito originalmente en inglés, Holy Smoke, inicialmente ‘intraducible al español’ en palabras de su autor y posteriormente traducido, no sé si con o sin traición, bajo el título de Puro Humo. No sé pues qué hacer para rendir homenaje a quien se cuenta entre mis autores favoritos contemporáneos. Así que recurriré a algunos de sus textos menos comentados con los que, ténganlo en cuenta, no se podrán hacer una idea de su talento los que no lo conozcan.

Era éste un caballero muy dado a jugar con las palabras desde el mismo título. Ahí tienen sin ir más lejos el ‘infante difunto’ que es Infante en una Habana que no es Pavana. No hace mucho se publicó una colección de pequeñas biografías de personajes cubanos con el título de Vidas para leerlas en clara parodia de las Vidas paralelas de Plutarco. Todo es juego en sus letras y todo, como acertadamente se tituló una recopilación de algunos de sus relatos, ‘está hecho con espejos’.

En 1964, Mario Vargas Llosa aconsejó a Caín que publicara Ella cantaba boleros, “no como el hilo conductor que era de ‘Tres tristes tigres’, sino como una narración independiente”. Años después otro escritor, Javier Marías, vino a decirle lo mismo, pero con respecto al último capítulo de La Habana para un infante difunto: “...es perfecto. Debieras publicarlo por separado”. Estos dos relatos fueron finalmente publicados, juntos y por separado, en un volumen que con el título Ella cantaba boleros, incluye también una pequeña, muy pequeña, joya: lo que iba a ser el final original de la historia que le da título, finalmente eliminado de Tres Tristes Tigres. Un Metafinal que “se debe y puede leer también como Meta Final”. En él, Walter Socarrás cuenta el verdadero final de La Estrella, La Reina, La Monarca absoluta de la música cubana en todas sus manifestaciones.

Pero tenía razón Walter Socarrás, de verdadero nombre Gualterio Suárez, que es el marido de Gloria Pérez cuando ella se llama Cuba Venegas, ése que no sé si ustedes saben que es director de orquesta o conductor como dicen sus peores amigos queriendo decir que éste está mejor en una guagua de pie cobrando el pasaje que orquestando un pasaje parado sobre el podium o podio o poyo o como se llame esa tribuna de gestos, salvado en el último rollo por el Difunto quien solía decir solito que en definitiva ir en guagua de pie, con aquello de la velocidad, los tumbos y las maneras de ser de los guagueros no es más que estar sobre un podium que camina.

Si se atreven con un texto de estas características, conocerán el fallecimiento de la Estrella en México; los denodados esfuerzos de su secretario con el neceser (que acaba siendo el ‘necesario con el secreter’) por llevarla a enterrar a Cuba; las curiosas teorías del ‘tajidermista’ mejicano que había embalsamado el caballo de Zapata; el intento de trasladarla en un ‘esféretro’ con ‘hielo seco’ que acaba siendo ‘hielo a secas’; su accidentado viaje en barco desde Veracruz hasta que “el hedor se sentía en todo el barco cubriendo todas las zonas de la rosa de los vientos fétidos y supieron que el barco era el centro universal de la peste”; el extraño funeral; el posterior lanzamiento al mar del féretro por orden del capitán, polaco exilado; el desesperado intento de conseguir que se hunda, primero a tiros, luego en bote, todo sin éxito: “primero fue ballena de madera y grasa, luego pez fúnebre, después cresta de ola negra, luego mosca de los ojos hasta que se la tragó la distancia y se perdió en el mar, en nuestra eternidad Silvestre, navegando viajando flotando en el Gulf Stream a 13 nudos por hora [sic, se ve que, bien Caín o bien Gualterio, era poco marinero] con rumbo nor-noroeste”. ¡Y todo ello en poco más de catorce páginas! ¡Eso es ritmo!

Porque G. Caín fue un amante de los malabarismos lingüísticos y, entre ellos, le dió por intentar escribir en ‘hablanero’, esto es, habanero hablado. El máximo exponente de este tipo de ejercicios es un relato titulado “La duración del tiempo” del que les extraigo un pequeño fragmento para que comprendan las dificultades de un texto que deja a El ruido y la furia, de Faulkner, por no hablar del Ulises de Joyce, como simples ejercicios de colegiales.

Alguandaba jorobao sedía podque siempre le pedío laora a toel mundo así y nadien nunca m’ha fallao. ¡Qué femómemo caballero! Lo buenoque vino’tro tipo enseguía y como ya no tenía mi aversidá me dije bajito bajito, Educasión Chema educasión, y mu fino así, hechun negro e sosiedá le digual tipo, Me ha-ria ed fa-vó y ed tipo coje y me enseña ed forro de su bolsillo y coje y mueve su manitos paun lao y pal otro y va y me dise, lo siento amigo, dise, Será otro día. ¡Eto sí qued grande! L’andoba m’había confundío con un poddiosero o limonero o pedigüeño como se dise vulgadmente. Lo malo nuera eso sinó qu’entuavía no sabía laora quera y a lar dos’y media en punto tenía qu’etal en la puedta el miniterio.

Les aseguro a los que no lo conozcan que el relato es íntegramente así. Léanlo en voz alta y con acento cubano, no hay otra forma de entenderlo.

Y tras este obituario me despido por hoy reproduciéndo las palabras con que J. Marías cierra su artículo de hoy publicado en El País: “Bienvenido sea Cabrera Infante al pasado, del cual nunca tuvo miedo”.