1 de febrero de 2005

Se lo digo por experiencia

Ya sé que llego tarde. Los de acá se imaginarán por qué, los de allá supongo que ni imaginan lo que me ha tenido toda la tarde ocupado. Pero no puedo evitar seguir (apasionada pero desinteresadamente, o al revés, no estoy seguro) el debate parlamentario sobre el aquel asunto que llevo tanto tiempo resistiéndome a tratar aquí. Estén tranquilos, prometí ayer hablar de ‘otra cosa’ pero no será esa. De todas formas, y en vista de que nuestros prohombres siguen con sus cosillas y se ve que la cosa va para largo, no esperen que me extienda hoy gran cosa. Les dejaré hoy aquí unas líneas que me asaltaron ayer y que ya veremos adonde nos llevan.

En una de las, en mi opinión, mejores obras de Joseph Conrad, La línea de sombra, pueden encontrar el punto de partida de lo que pretendo contarles hoy: “La gente tiene una gran opinión sobre las ventajas de la experiencia. Pero por regla general, experiencia significa siempre algo desagradable y contrapuesto al encanto y la inocencia de las ilusiones”. Ignoro lo que nuestro compañero consultor pueda considerar en su blog en relación con la tan manida “experiencia” en el mundo laboral, pero, por una vez, me beneficiaré de no tener un blog temático y barreré hacia donde me conviene.

Como una vulgar folkórica me resistiré a confesarles mi edad. Les basta con saber que hace tiempo que no me hacen ‘descuento jóven’ en mis compras, viajes u operaciones bancarias. Tampoco soy un anciano, pero la ‘experiencia’ se va acumulando y a veces me preocupa que sea cierto que ésta se adquiere a costa de las ilusiones.

Pero con sólo un punto de partida no se hace camino, también hace falta ponerse en marcha. Les cuento ahora qué fue lo que lo consiguió: en una amable discusión en el blog del señor Daniel K salió a relucir (más bien saqué a relucir) el nombre de Walter Benjamin. A raiz de aquello me dio por releer algunos de sus ensayos de juventud y me topé con uno del que no recordaba casi nada, escrito en 1913 (es decir, con Benjamin recíen salido del colegio o recién ingresado en la Universidad, como prefieran) y que lleva por título, precisamente “Experiencia”. Tiempo después, en 1929, un Walter Benjamin más maduro escribió, en referencia a este temprano escrito, lo siguiente: “En un ensayo juvenil, movilicé todas las fuerzas de rebelión de la juventud contra la palabra “experiencia”. Ahora esa palabra se ha convertido en un elemento importante en muchos de mis trabajos. No obstante, sigo permaneciendo fiel a mí mismo. Porque mi ataque hundía la palabra sin aniquilarla. Y de esta forma penetraba en el centro del problema”. ¿Qué decía aquel ensayo? Extraeré algunas líneas con la esperanza de no traicionarlo demasiado para que se hagan una idea. Tengan en cuenta la juventud de su autor:

La máscara de los adultos es la “experiencia”. Es una máscara inexpresiva, impenetrable, siempre igual a sí misma. Todo lo han vivido ya estos adultos: juventud, ideales, esperanzas, mujeres. Todo resultó ser ilusión. (...) ¿Qué podemos responderles? Aún no henos experimentado nada.
Pero nosotros queremos intentar levantar la máscara: ¿Qué es lo que han experimentado estos adultos? ¿Qué quieren demostrar? Una cosa antes que nada: que ellos también han sido jóvenes, también han deseado lo que deseamos nosotros ahora, también dejaron de creer en sus padres y la vida les enseñó que estos tenían razón. Los adultos se sonríen con aire de superioridad: a nosotros también nos sucederá lo mismo. (...) Pero unos y otros desprecian y destrozan nuestros años y no dejan de sobrecoger nuestros sentimientos: tu juventud no es más que una breve noche (¡llénala de entusiasmo!); después de ella viene la hermosa “experiencia”, los años de compromisos, de pobreza intelectual y de carencia de entusiasmo: así es la vida. Así nos hablan los adultos.
(...)
Pero nosotros conocemos algo sistinto, que ninguna experiencia nos ofrece, a saber: que existe la verdad aunque todo lo pensado hasta ahora sea un error; que la honradez debe mantenerse por mucho que hasta el día de hoy nadie haya sido honrado. Esta voluntad no nos la puede arrebatar ninguna experiencia. No obstante, ¿no podrían tener razón nuestros padres con sus gestos cansados y su desencantada suficiencia? ¿No será inevitablemente triste todo lo que nosotros lleguemos a experimentar de tal manera que el valor y el sentido sólo pueda fundamentarse en lo inexperimentable? Entonces el espíritu sería libre, sólo que la vida le iría hundiendo cada vez más, vida que, como suma de experiencias resulta en verdad algo desconsolador.

Pero nosotros ya no comprendemos estas preguntas. ¿Habremos de llevar, según eso, la misma vida de aquellos que no conocen lo que es el espíritu y cuyo inerte “yo” acaba siendo arrojado por la vida como por olas a las rocas? No. Toda nuestra experiencia posee ya un contenido. Su contenido será el que le dé nuestro espíritu. La irreflexión sestea en el error: “¡Jamás encontrarás la verdad –gritan los adultos a quienes la buscan-: lo sé por experiencia”. Pero para el que busca la verdad el error no es más que una ayuda para encontrarla (Spinoza). La experiencia carece de sentido y de espíritu sólo para aquellos que carecen tanto del uno como del otro. Sin duda la experiencia resultará dolorosa para quien busque en ella, pero difícilmente le dejará sin esperanza.

Dada la hora, no le daré muchas vueltas a esto. Hoy sí me acuso de presentarles palabras ajenas, pero en mi descargo debo decirles que a mí me han quitado unos cuantos años de encima y, con toda mi buena fé, espero que tembién les ayuden a quitarse ustedes algunos otros, que nunca viene mal sea cual sea su edad. De todas formas, por complicar un poco la cosa, me parece que las palabras de Benjamin permiten una más completa y compleja interpretación de la frase que Sir Humphrey Maltravers pronuncia en “Decadencia y Caída”, la novela de Evelyn Vaugh: “Si todo el mundo, a los veinte, se diera cuenta de que después de los cuarenta habrá de vivir la mitad de su vida…”. Ustedes ¿qué piensan?