27 de febrero de 2005

Tamata

Tenía mis serias dudas sobre si el tema de hoy merecía dedicarle un par de días. En vista de mi ausencia ayer, la edición de la sección náutica de esta semana se va a quedar en un único escrito que intentaré que valga por dos. Zarpemos sin más dilación. Como averiguó el señor Aquende (cosa que ya viene siendo habitual, debo ofrecer pistas más difíciles) el protagonista de hoy es Bernard Moitessier.

Como pueden suponer, dado el nombre, Bernard era francés de pura cepa. Tan pura era la cepa que nació en Indochina, hoy Vietnam, en 1925, concretamente en Hanoi. Sus padres, estos sí franceses de los de aquí al lado, habían emigrado a Madagascar y, en vista de que el lugar no les cautivó, siguieron hasta Indochina, instalándose finalmente en Saigón. Bernard vino al mundo pocas semanas después de su llegada, le siguieron cuatro hermanos más. Pronto se inició en la navegación con los pescadores del golfo de Siam. Le tocó vivir la guerra de Indochina. Tras ella se dedicó una temporada a la navegación de cabotaje comercial a bordo de un junco. Su primera gran travesía la realizó en compañía de su amigo Deshumeurs a bordo de un viejo yawl carcomido. Tras seis meses de viaje, con el barco milagrosamente a flote, regresaba a Saigón, pero el virus de la navegación de crucero ya le había infectado.

Así pues, partimos Deshumeurs y to, cabalgando a lomos de nuestro corcel milagroso en dirección al amplio mundo que nos abría los ojos sobre la inmensidad de la vida... y el Snark nos daba el aliento, nos lo daba todo con la alegría de descubrir; hasta el día en que avisó que no iba a poder más. Entonces se produjo este retorno obligado a Saigón, fustigando el viejo barco que vacilaba sobre las olas, para alcanzar la costa antes de hundirse.

Nada más llegar ya pensaba en hacerse con un nuevo barco. En Kampot, Bernard adquirió un pequeño junco de 9,25 metros de eslora por 3,15 de manga que bautizó Marie Therese, y en 1952 partió nuevamente de Saigón, esta vez en solitario, a bordo del mismo. Todo marino está orgulloso de su barco, Moitessier no iba a ser menos y ahora, tras la travesía de la semana pasada está ustedes en condiciones de apreciar y valorar sus propias palabras.

Este barco es mi orgullo, pues, según todas las narraciones que he leído, solamente el Spray de Slocum mantenía el rumbo con la caña amarrada y viento en popa sin necesidad de trinquetas gemelas.

Atravesó el Índico hasta que naufragó en las islas Chagos. “Y yo lloraba, con la mejilla apoyada en la hermosa roda, desprovista de vida y oliendo todavía a sal, aceite de madera y aventura. Lloraba por mis recuerdos, mis libros, la pérdida de este mundo sin límites, hecho de sueños y de acción, en el cual me había fundido de una manera tan integral, que no podía imaginar, entonces, que pudiera existir otro. Pero, por encima de todo, lloraba por mi barco”. Un buque de la Royal Navy lo trasladó hasta Isla Mauricio donde se vió obligado a buscarse la vida de muy diversas formas. Pero ya tenía muy dentro el veneno del mar.

¡Necesitas un barco, eso es la libertad para los de tu especie, eso y no otra cosa!

Tres años después consigue construir el Marie Therese II en tan sólo tres meses y parte de Isla Mauricio. Dobla el Cabo de Buena Esperanza y atraviesa el Atlántico. La desgracia sigue cebándose con él y naufraga nuevamente en las Antillas. El golpe resulta, si cabe, más duro.

...tú no tienes idea de lo que significa la pérdida de un barco, no has pasado por esto....Ya había perdido mi barco anterior, en Diego García. Pero aquello no fue nada comparado con lo que siento aquí en las Antillas

Pero Bernard saca fuerzas de flaqueza. Decide llegar a su país, que todavía no conoce, para rehacer su vida. En Francia, supone, encontrará mejores oportunidades de salir adelante. Pero, ¿cómo llegar allí? Su primer plan es descabellado. Construir un barco de papel de periódico y brea y atravesar el Atlántico. Afortunadamente alguien le convence para cambiar de planes: escribir un libro relatando sus viajes en los dos Marie Therese y enrolarse en un petrolero para llegar hasta Europa. Muchos viajeros se han visto fascinados por Paris. Este no fue el caso de Bernard.

Me creía un solitario porque no concebía que se pudiese navegar de otra forma que solo, y ahora me doy cuenta de hasta qué punto la soledad en el mar posee ricos colores, violentos a veces, pero siempre cálidos, que no tienen nada que ver con este pedazo de universo gris, como el vacío total que experimenta un hombre sin compañeros, ahogado por una masa indiferente que siempre tiene prisa.


Consiguió un trabajo de visitador médico y posteriormente logró publicar su libro, Un vagabundo de los mares del sur. En Marsella conoció, además, a “una mujercita que se llama Françoise”. Con ella contrajo matrimonio, un matrimonio muy conveniente porque ya aportaba tres hijos y ya que las cosas parecían enderezarse, Bernard podía desentenderse de algunas obligaciones para concentrarse en la idea de construir un nuevo barco. Renuncia a la madera y se decide, por razones de facilidad de mantenimiento, por un barco de acero. Además, se dice a sí mismo: “has perdido dos barcos de madera; si hubieran sido de hierro, quizás aún tendrías el primero y seguro que no hubieras perdido el segundo”. Consigue fabricar el casco en una calderería y lo bautiza, no podía ser de otra forma, como Joshua, en homenaje a quien ustedes ya saben. Estaba naciendo su barco más mítico. Consigue un palo mayor en los astilleros Saint-Nicolas e instala como palo de mesana un poste de la compañia eléctrica. Finalmente establece una escuela de vela con la que ganarase la vida.


Tras dos temporadas con la escuela de vela decide llevar a Françoise a navegar por el Pacífico sur. Dejan a los dos niños en un pensionado y a la niña a cargo de la hermana de Françoise y parten de Marsella en 1963. Se toman las cosas con calma. Hacen escala en Gibraltar y pasan el invierno en Casablanca. Finalmente, en verano se reúnen con sus hijos en las Canarias, donde pasan una temporada recorriendo las islas. Finalmente parten el nueve de novienbre de 1964, cruzan el atlántico, también el canal de Panamá, visitan las Galápagos y finalmente se dirigen a la polinesia, llegando a las Marquesas el 22 de junio de 1965 y a Tahití el veinte de agosto del mismo año. Como ven, un agradable crucero de placer. Pero llegados a este punto está a punto de aparecer la leyenda.

El viaje se ha ido alargando mucho y parece que no es posible llegar a tiempo a Marsella para hacerse cargo de los niños. Entonces Bernard se plantea “la ruta lógica”, regresar por el Cabo de Hornos. Intentar explicar lo que es navegar por el Cabo de Hornos me llevaría (o llevará, quién sabe) otro post tan largo como este. El caso es que el 23 de noviembre de 1965 (mientras nacía uno de las comentaristas de estas páginas que hace tiempo que no se le ve por aquí, el amigo Et in Arcadia), Bernard y Françoise zarpan de Tahití y arriban, exhaustos el 29 de marzo al puerto de Alicante sin haber realizado ni una sóla escala. La narración de ese viaje, al que no me siento capaz de hacer justicia aquí, pueden encontrarla en el segundo libro de Bernard, Cabo de Hornos a la vela, un libro obligatorio en toda biblioteca marinera.

Con esta historia parecería que Moitessier ya se había hecho un sitio entre los marinos legendarios. Pero lo más espectacular estaba aún por llegar. En 1968 el Sunday Times propuso una regata desafío, una vuela al mundo en solitario y sin escalas. La magnitud del desafío es espectacular, recuerden a los circunnavegadores que ya han pasado por aquí, Slocum, Dumas, todos ellos hicieron sus viajes en varias etapas. Pero hacerlo sin escalas, vaya locura.

A Bernard Moitessier la iniciativa le parece repugnante: “esta idea del Sunday Times me da ganas de vomitar. Una travesía de estas características más allá del tiempo y al final de uno mismo, un viaje tan extraordinario y que ofrecerá tan pocas probabilidades de éxito pues la enormidad de la pieza que intentaremos cobrar es tal, que pertenece a un ámbito sagrado en el que el espíritu del mar ha de ser respetado por encima de todo. Uno no tiene el derecho de manosear esta hermosa historia con las manos sucias y de transformarla en un circo de payasos que partirán a luchar unos contra otros impulsados por el redoble de tambores de los medios de comunicación por dinero y un globo de oro”. Días despúes, sin haber cambiado significativamente de opinión, decide participar en la regata y parte de Plymouth en el Joshua con la intención de dar la vuelta al mundo sin escalas. Toda esta peripecia la narraría después en su tercer libro, El largo viaje. Y tan largo que fue, ya había doblado los tres grandes cabos, Buena Esperanza, Lewin y Hornos. Se encontraba en mitad del Atlánico con rumbo de regreso a Inglaterra cuando, marchando en primer lugar de la regata, en la que sólo quedaba a flote otro barco, el Suhaili de Sir Robin Knox-Johnston, decide que no le interesa la victoria, pone rumbo sur, vuelve a doblar el cabo de Buena Esperanza y se dirige a la Polinesia. Lo que hizo Moitessier sin escalas fue dar ¡vuelta y media al mundo! Sir Robin ganó la regata, fue el único en llegar a la meta, pero la hazaña la realizó Bernard Moitessier.


Moitessier se instaló en la polinesia aunque siguió recorriendo el mundo con su barco, el Joshua naufragó el 8 de diciembre de 1982 en México. Fue rescatado y reconstruido y pueden visitarlo en el Museo Marítimo de La Rochelle. Bernard construyó todavía un nuevo barco, el Tamata que era el apodo que le pusieron los habitantes de una isla del Pacífico donde vivió algunos años, y que significa el que busca o el que intenta o prueba. Relató toda su vida en su último libro, Tamata y la alianza, que terminó de escribir en la isla de Raiatea, una visión casi mística de la relación del hombre con la naturaleza y con el destino, un alegato a favor de la libertad y una llamada al despertar de las conciencias en un mundo cada vez más inhumano. Nada de lo que yo aquí les diga se puede igualar con leerlo directamente de su mano o de su corazón. Háganme caso.