17 de febrero de 2005

Una imágen y mil palabras (cuéntenlas)

Me veo en la obligación de disculparme, en primer lugar con el hada madrina de El Corte Inglés (léanlo, por favor, merece la pena), y en segundo lugar con el resto de ustedes por haber estado ayer ‘tan calladito’. Con este son ya setenta y cinco los días que llevo dando salida (de emergencia, por supuesto) a todos los despropósitos que me asaltan la cabeza y pocos han sido los que he faltado a la cita. Si mis cuentas son correctas son sesenta y siete, contando el de hoy, los ladrillos que les he soltado. Por tanto, en mi descargo sólo puedo decir que me he ganado un 8,9 en asistencia, que no es tan mala nota.

Sé que cuando inicié este blog me impuse un ritmo excesivo, más de mil palabras diarias (para ustedes un suplicio comparable a escuchar a diario determinada música country, pero tengo que asegurarme de que lo que escribo valga más que una imágen). También me impuse mantener un cierto nivel de corrección (me niego a escribir ‘calidad’); tampoco mucho porque revisando mis anteriores escritos suelo encontrar bastantes faltas de ortografía y errores sintácticos. La cosa, ya se lo he comentado alguna vez, es aplicación práctica de la primera cláusula del (do)decálogo del escritor de Eduardo Torres, “Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.

Así lo he hecho desde el primer momento. Muchos han sido los días en que no he tenido nada que decir y la cosa no me ha impedido soltarles el correspondiente rollo macabeo. Si había faltado antes fue siempre por razones de fuerza mayor. Pero ayer la cosa fue distinta y me siento como un perfecto imbécil por ello. Me consuela saber que nadie es perfecto y, en consecuencia, mi propia estupidez tampoco alcanza la perfección. Pero lo cierto es que ayer no publiqué por miedo. No sé muy bien a qué. Estas páginas son casi secretas pero han bastado dos días seguidos superando las cien visitas (más bien ‘hits’) diarias para que me saliera un extraño sentimiento de responsabilidad desconocido hasta entonces.

No se alarmen, ya lo he superado y sigo tan irresponsable como antes. Así que ya puedo volver a hacer mía la dedicatoria de El mundo por de dentro de Quevedo: “Al lector, como Dios me lo depare, cándido o purpúreo, pío o cruel, benigno o sin sarna”, y, además tener en cuenta las sabias palabras que pueden encontrarse algo más adelante.

¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así, alegre, le dejas pasar hurtado de la hora que fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que fue ya volverá cuando lo hayas menester si le llamares? (Francisco de Quevedo, El mundo por de dentro).

Aún así, mi duda principal persiste. Sigo sin explicarme por qué vienen aquí. Sobre todo teniendo en cuenta la de veces que les he nombrado mejores cosas que leer. Tan sólo entiendo la llegada de aquellos que llegan aquí por error. Dicen por ahí que fue Picasso el que dijo aquello de “Yo no busco, encuentro”. La pena es que al bueno de don Pablo, fallecido en 1973, le faltaron veinticinco años para conocer Google. En 1998, año de la fundación de Google, puede fijarse el comienzo de la era del “yo busco y hay que ver lo que encuentro”. Hace tiempo ya dediqué algún post a contarles algunas de las cadenas de búsqueda por las que se había llegado a estas humildes páginas. Me imagino que casi todos los que mantienen una página en la web no pueden evitar sentirse fascinados por la sorprendente diversidad de las mismas y preguntarse a diario por el equilibrio mental de los ‘buscadores’ (entiendan con esta palabra lo que quieran).

A raiz de esta extraña fascinación por los intrincados caminos por los que se accede aquí el amigo Aquende llegó a comentarme, no recuerdo si dentro o fuera de estas páginas, que le costaba mucho creer que nada de lo que yo aquí escribía fuera inocente. Idea en la que otros, como el ausente Árcade, han insistido. Debo negarlo enérgicamente. ‘Inocente’ es el que no hace daño, el que no es nocivo y no está de más recordarles aquellos versos de Horacio:

... sed hic stilus haud petet ultro
quemquam animantem et me veluti custodiet ensis
vagina tectus…

Que puestos en romance vienen a ser:

...más mi pluma
no atacará sin razón a ser vivo alguno y me protegerá
cual espada envainada...

Sepan, por tanto, que aunque nadie es perfecto, el que esto firma es perfectamente inocente (y fácil de engañar, como en la tercera acepción del DRAE). La prueba la tienen en esa foto que he colocado a la derecha y que tanto ha entusiasmado a don Pelu. Quizá merezca una explicación, porque parece que muchos no han captado el sutil simbolismo que encierra: me presento desnudo (en realidad no estoy desnudo, pero ya sé que no me van a creer) antes ustedes y son las letras las que me tapan, las que me esconden. También esto tiene su justificación en Eduardo Torres, que en una ponenecia presentada ante el Congreso de Escritores del Todo el Continente celebrada en mayo de 1967, dejó claro que “la mejor manera de dejar de interesarse por las obras de los otros autores consiste en conocer personalmente a éstos”. ¿Cómo no tratar de esconderse? ¿Cómo no usar las letras para evitar que me conozcan? ¿Acaso no es lo que hacen también ustedes? ¿No es lo que hacemos todos?

Y así, llegados a las mil palabras sin nada que decir, les dejó por hoy en compañía de Quevedo. Mañana hablaremos de barcos por culpa del señor Borgeano, que el otro día le dio por hablar del Pequod y desató la tormenta.

A la larga o a la corta
diga yo lo que me importa
y di tú lo que quisieres.