4 de febrero de 2005

Y ya van dos mil y dos perdones

Les dejé ayer (por antesdeayer) con unas cuantas muestras de lo peculiar de uno de los participantes en lo que denominé ‘guirigay vasco’. Sólo ellas, y puedo asegurarles que hay muchas más, ya invitan a la completa desesperanza. Especialmente cuando tan inauditos personajes llevan nada menos que veinticinco años gobernando aquellas tierras, disponiendo de un amplísimo presupuesto dedicado en gran medida al adoctrinamiento de la población. Muchos de sus delirios hoy forman parte de los artículos de fé que por allí imperan sin que el recurso a la simple comprobación empírica muestre ningún efecto para desmontarlos. No sólo han reinventado la historia, sino que llevan todo ese tiempo formando a toda una generación en sus extraños dogmas.

Pareciera que el problema son ellos (recurro a su lenguaje, si nos denominan ‘ellos’, desde aquí, su ‘nosotros’ se vuelve ‘ellos’). Pero lo cierto es que no toda la responsabilidad recae en tan exóticos señores. Quizá lo empezaron, no lo sé. Pero no es cuestión de quién empezó. La cosa es que uno de sus principios más arraigados y más discutibles, la conciencia de ‘pueblo’ o, lo que es peor, de ‘territorio’como sujeto de derechos se ha trasladado al discurso general de la política nacional.

En términos teóricos el debate viene de lejos, pero no es cuestión de meterse hoy aquí en camisas de once varas (personalmente niego la existencia de ‘derechos colectivos’, pero en caso de que existieran seguiría resultando completamente inaceptable que éstos prevalecieran sobre ningún derecho individual, si quieren otro día discutimos sobre ello, que por algún lado tengo que recortar este post). Simplemente constaten que desde hace casi treinta años la discusión política entre las diferentes autonomías (la verdad, vaya palabra) ha consistido siempre en pelearse por el dinero (y pedir más competencias no es más que una forma de pedir mayor presupuesto que gestionar). A ver quien pilla más. Todos se sienten agraviados, todos quieren más (legítimo deseo, sin duda). Quien esto les escribe ha presenciado de cerca alguna de estas negociaciones y puede asegurarles que en ellas impera cualquier cosa menos la lógica. De ahí a lo que solemos ver en la prensa a diario acerca del ‘deficit fiscal’ de determinadas regiones sólo hay un paso milimétrico.Cosas como, ‘Cataluña aporta más de lo que recibe’. A lo que otros contestan: ‘es lógico, dado su mayor nivel de renta, mayor debe ser su contribución a las arcas generales, es un simple ejercicio de solidaridad’. Y todo va de esta manera, que diría el lazarillo de Tormes, todos descontentos y, sobre todo, todos inconscientes de lo falaz de un planteamiento como ese.

Lo cierto es que ni Cataluña, ni Murcia, ni Galicia, ni ninguna otra Comunidad Autónoma aporta nada. Son los contribuyentes, individualmente, los que pagan religiosamente sus impuestos (unos más religiosamente que otros) y, por tanto, los que aportan. Imaginen que al señor Bill Gates, a la sazón el ‘hombre más rico del mundo’, le diera por establecerse en España con toda su fortuna, y que lo hiciera concretamente, por decir algo, en Logroño. ¿Con qué derecho los riojanos podrían decir que su aportación a las arcas públicas supera con creces lo que recibien de ellas? La pretendida aportación de La Rioja no es más que la suma de las aportaciones individuales de cada uno de los riojanos, incluída la del señor Gates si allí residiera. Sería tan sólo el señor Gates el responsable de que la ‘aportación riojana’ fuera tan ‘excesiva’.Y si el señor Gates dijera que paga mucho más de lo que recibe, entonces sí, con toda lógica, podría explicársele, que en eso consiste nuestro sistema tributario. En términos de Robin Hood, los ricos pagan (vivan donde vivan) y los pobres cobran (vivan donde vivan), y les aseguro que también en Cataluña o Baleares hay quien cobra el subsidio de desempleo (otra cosa es el llamado ‘cupo vasco’ pero eso vendrá más adelante).

Este sí que es un principio básico (mejor o peor gestionado, pero eso es otro asunto) de nuestro ordenamiento político, que se basa, no lo olvidemos, en un acuerdo entre individuos, no entre pueblos o territorios, para organizarse colectivamente (y entiendo que estoy dejando de lado algun aspecto relevante del debate, como, por ejemplo la dimensión territorial de la inversión pública en infraestructuras, todo a su momento). La solidaridad de la que hablamos, aquella de “de cada cual según sus capacidades a cada cual según sus necesidades” es la solidaridad entre ciudadanos, que la establecen como un principio básico de convivencia. ¿Recuerdan aquello del Contrato Social? ¿Se refería acaso a un pacto entre estamentos, territorios o cualquier otra entidad?

La idea del contrato social mantiene una estrecha relación con la dicotomía establecida por Ferdinand Tonnies en su obra Comunidad y Sociedad (Gemeinschaft und Gesellschaft). Por lo que se ve, es ésta otra de tantas ideas olvidadas que conviene rescatar. Y tampoco es muy nueva ni muy extraña. Viene a ser aquella de la que hablaba Emile Durkheim: la ‘solidaridad mecánica’ frente a la ‘solidaridad orgánica’, qué cosa más nueva ¿verdad?. Son dos principios que, aunque no completamente excluyentes, responden a formas opuestas de entender la organización social.

Tonnies distinguió entre la ‘Comunidad’ (Gemeinschaft) como el tipo de asociación en la que los nexos entre los individuos no dependen de ningún propósito exterior a los mismos, y la ‘Sociedad’ (Gesellschaft), en la que se produce la diferenciación entre medios y fines y son estos fines, externos a los propios nexos entre individuos, los que los fundamentan. La Comunidad está regida por lo que Tonnies denominó ‘Voluntad Natural’ mientras que la Sociedad está regida por la ‘Voluntad Racional’. Cito de Gurney, P. y Aguirre, B.E. (1980), La Teoría Sociológica de Ferdinand Tonnies, Revista Interamericana de Sociología, Num. 29, Vol. IX, Pág. 149:

Las personas en GEMEINSCHAFT perciben el grupo como una entidad natural y durable creada por fuerzas o seres sobrenaturales, mientras que en GESELLSCHAFT el grupo es percibido como una entidad artificial y cambiable supeditado a los intereses individuales.

Si nos vamos a Durkheim la cosa no difiere mucho. En su primer gran trabajo, De la división del trabajo social, estableció la clásica dicotomía tratando de explicarse las condiciones de la organización social. No les aburriré con las sutilezas o críticas (que las hay) a los conceptos de ‘Solidaridad mecánica’ o ‘entre iguales’, concepto equiparable a la idea de ‘Comunidad’, y de ‘Solidaridad Orgánica’ o ‘entre diferentes’, asociable a la idea de ‘Sociedad’. Sólo les señalo que esta concepción, como exlicación de la organización social puede parecer o no apropiada (nunca fueron consideradas categorías empíricas, sino analíticas), pero que me parece clave para intrepetar y fundar la organización política de un estado.

Dijo el lehendakari durante su exposición en el debate que “el pueblo vasco es una sociedad dinámica, moderna, plural, que afronta el futuro con esperanza, somos una sociedad sensata y madura, tenemos mayoría de edad para decidir...”. Aclaremos conceptos para no equivocarnos. Según la terminología que les he presentado, el ‘pueblo’ no puede ser una ‘sociedad’. Si queremos llegar a alguna parte dejémonos de una vez por todas de ‘pueblos’ y hablemos ‘sociedades’, que es nuestra forma de organización. En los tiempos que corren, de globalización (les juro que no quería usar la palabra), de gran aumento de la inmigración (materia en la que curiosamente todos los partidos nacionalistas coinciden en reclamar competencias sobre ella), no se trata de defender ninguna ‘identidad’ sino de fijar principios básicos de convivencia para los que cosas como la unidad de la lengua, los símbolos históricos, los imaginarios o reales derechos que disfrutaron algunos terratenientes hace doscientos años (¿se imaginan la defensa del ‘derecho de pernada’ como ‘derecho histórico’?), las batallas ganadas o perdidas ayer o hace seis siglos, los vínculos simbólicos, etcétera, no juegan ningún papel. Para formar un estado, todas esas cuestiones carecen de relevancia. Las preguntas son otras. ¿No les parece mucho más sensato establecer las formas de una ‘organización entre diferentes’ que las de una ‘organización entre iguales’? Porque, para bien o para mal, diferentes vamos a ser, diferentes ya somos. Unos serán más ricos que otros, unos serán más gordos que otros, unos estarán más sanos que otros, alguno tendrá bigote y algún otro barba, habrá quien se haya quedado calvo y quien se depile el entrecejo, unos serán musulmanes y otros Testigos de Jehová, unos serán rumanos de nacimiento y otros descenderán (muy) directamente del Cro-Magnon pirenaico, ¿y qué? ¿Por qué hay que considerar la ‘identidad colectiva’ como fundamento del estado? ¿No se trata más bien de otra cosa?

No entraré en el debate sobre la llamada ‘Constitución Europea’, pero tengo claro, y aquí se lo digo, que la ‘unidad política europea’ sólo tiene sentido como pacto, como ‘contrato social’ si quieren, por la defensa y salvaguarda de una serie de valores que compartimos y que son previos a e independientes de cualquier ‘identidad cultural’. Los partidos nacionalistas han insistido hasta la extenuación en construir los que denominan la ‘Europa de los Pueblos’ (a pesar de ello y con la excepción del inefable señor Carod, todos andan pidiendo el Sí a la Constitución Europea en la actual campaña). Entiendan que a mí, ya sólo la expresión ‘Europa de los Pueblos’ me suene a rayos y centellas. ¿De qué estamos hablando? ¿De una serie de territorios acaudillados por estos señores que regulan entre ellos sus relaciones? (de alguna forma, así está organizada la Unión Europea actual, sólo que con unidades territoriales de mayor entidad) ¿No les parece feudal? ¿Por qué se ofenden tanto los nacionalistas cuando se les recuerda que sus propuestas parecen referirse a clanes o tribus? ¿Qué otra cosa puede ser esa ‘Europa de los Pueblos’? Lo sensato es la ‘Europa de los Ciudadanos’. Cierto es que los políticos nacionales que negocian en Bruselas (o en cualquiera de sus viajecitos) tampoco se plantean al ‘ciudadano europeo’, todos barren para casa, a todos se les llena la boca declarando que defienden los intereses de los suyos y acusan al contrario de no hacerlo lo suficiente. Se trata del mismo error, pero es que es rentable electoralmente apelar al terruño (sea este nación, región, provincia o comunidad vecinal). Y por ahí viene el problema. Esa concepción nacionalista de la política se ha extendido y trasladado a todos los participantes en el debate. Inconscientemente se aceptan supuestos inaceptables, planteamientos falaces y, básicamente, se alimenta el problema en pretendida busca de su solución.

Pues bien, éste es el asunto que quería desarrollar hoy, pero veo que vuelvo a extenderme demasiado sin haber llegado al meollo y, una vez más, tendré que posponer la cosa un día más (mis hijos no me habrían perdonado que no les hubiera llevado a la fiesta de carnaval). De todas formas, para que no se me aburran demasiado, que ya van dos ladrillos seguidos, les avanzo que mañana les pondré aquí algo más divertido. La tercera (y esperemos que última) parte ya vendrá algo después.