15 de marzo de 2005

Arlote

Prometí hace algunos días contarles quién es Peru Arloteagabeitia. Imagino que no les intriga en absoluto pero he de ser fiel a mi palabra y, de paso, cubrir el expediente de hoy, que no lo tengo nada fácil. Coincido con ustedes en que es perfectamente posible pasar por esta vida sin saber quién es este ‘Arlote’ y sin sufrir mayores consecuencias. Es prefectamente posible salvo que se pertenezca a mi generación y se haya nacido en el seno de una familia de Las Arenas. No se me ocurre mejor manera de presentarles al personaje que reproducir íntegramente aquí el prólogo de José María Mateos a las ‘Arlotadas. Cuentos y susedidos vascos’.

Peru Arloteagabeitia, con su blusa negra y su paraguas, construido con una tela que distaba bastante de la seda, bajo el brazo, salió al escenario en cuanto se levantó el telón.
Al público le infundió curiosidad aquel aldeano vasco que miraba intranquilo a todas partes.
Se rascó Peru en la cabeza, allá por los alrededores de su oreja izquierda, y con un castellano que no era precisamente cervantino, comenzó a contar un ‘susedido’: le había pasado a él.
La curiosidad fue haciéndose amable y agradable. En muchas caras se inició la sonrisa. Se animaban los rostros y muy pronto sonaban, estrepitosamente, las carcajadas.
El cuento tenía mucha gracia, y su final, con un golpe maestro, producía el alboroto.
Así hizo reír a muchos Alberto San Cristobal, el ‘aldeano’ de la Casa Social de Las Arenas, que así se llamaba en aquellos años, ya pasada la década en la que consiguió gran popularidad.
Y si en aquel simpático escenario se dio a conocer, luego le oímos en la Radio y le vimos en otros Teatros, siempre con regocijo, y culminó su fama cuando, en compañía de una distinguida embajada teatral, llegó a Madrid y actuó ante personas reales produciendo un auténtico deleite.
San Cristobal ha sabido convertir en personaje, que parece real, lleno de ingenio, a su ‘Peru Arlote’.
El aldeano vasco es el tipo ideal para los cuentos de hacer reír. Pero no como ser grotesco, ridículo y caricaturesco, sino por su gracia natural.
Con su castellano vasquizado podría creerse que es un buen sujeto para ser burlado, pero él, ingenioso y socarrón, sabe sacar partido de lo que parece su inferioridad, por el idioma, para vencer a quien trata de convertirle en objeto de mofa.
Quienes no le conocen, pueden suponer que llevan ventaja por dominio del castellano, presentándoles situaciones que han de originar su traspiés; pero haciéndose el ‘inosente’ simulando una candidez que no tiene, salta la zancadilla, para hacer tambalear a su contrario, que diríamos en términos deportivos, caer sobre él y vencerle con una frase que es toda una burla.
Ahí está el ingenio y la gracia del cuento vasco, que hace brotar la risa del modo más espontáneo.
Y con parecer tan fácil ese chiste, ¡qué difícil es el expresarlo!
Se ha supuesto, por no pocos, que todo el colorido de nuestros cuentos estaba en colocar un ‘pues’ que no viene al caso y en salpìcar en las frases un montón de eses, acompañadas de unos cuantos infinitivos. Con un ‘desir’, ‘pues’, quedaba todo arreglado.
Unos cuentos que ni eran vascos ni tenían ingenio. No llegaban ni a la categoría de ‘sinsorgos’.
Les faltaba el sabor, que no pocas veces va acompañado de ‘olor’, ese olor que no es precisamente de ámbar. El sabor de nuestras cosas que no sólo es necesario vivirlo corporalmente, sino estar en su ambiente, convertirse, por lo menos un poco, en el aldeano que, alguien decía, todos llevamos dentro.
Hay que vivir esos cuentos, que tienen muchas pinceladas de verismo, que son trozos arrancados de la realidad.
Que más de una vez son ‘susedidos’ que hay que ver saber condimentar.
‘Peru Arlote’ tiene una fresca espontaneidad en sus ‘ocurrensias’ y en sus ‘arlotadas’. La frase ingeniosa le nace jugosa. Y lo dice con naturalidad, con esa misma naturalidad que, en quienes lo oímos o leemos, nos brota la carcajada.
Sigámosle mientras marcha con su típica boina y su inseparable paraguas, que no lo abandona ni aun en los días de sol, para que nos haga reír, ya que la vida se empeña tantas veces en hacernos llorar.

Este es el ‘Arlote’ cuyas ‘arlotadas’ me acompañaron en la infancia. No es aquel aldeano del que les hablaba de ayer, pero bien podría haber sido él. Y aunque a veces aprecio en los susedidos alguna muestra de ese extraño esencialismo que en los vascos se esconde hasta en los lugares más insospechados, no puedo negar que los releo con ese especial gusto del reencuentro con la propia niñez.

La figura del vizcaíno como personaje cómico tiene una larga e ilustre historia. Está documentada desde 1517 en la comedia Tinelaria de Torres Naharro y tiene su máxima expresión en el Sancho de Azpeitia de Cervantes. Si tienen interés por seguir la pista desde estos precedentes hasta las arlotadas de San Cristóbal no está de más que consulten el artículo de Jorge Eghagüe titulado ‘De los vizcaínos a los arlotes. Sobre el empleo humorístico del español hablado por los vascos’ .

El ejemplar de las ‘Arlotadas’ que yo leí en mi infancia continúa en la biblioteca de mi padre y no he tenido ocasión de consultarlo para seleccionarles algún pasaje que pueda servirles de muestra. Les confieso que he rebuscado por toda la internet pero se ve que Arlote no anda muy globalizado que digamos. Quizá el señor Aquende, que se da mucha mejor mano que yo para estas cosas, sea capaz de hallar algo. El único susedido que he encontrado es este. Háganme el favor de reproducir mentalmente el acento si quieren disfrutarlo en su totalidad:

[Peru y su novia de toda la vida, Mari-Pepa, deciden casarse]
Por fin, un buen día, entró precipitadamente Arlote en casa del Señor Cura y el dijo:
–Don Seledonio... Casar nos tiene que haser...
–Hola, hola... ya me alegro... ¿Pa cuándo queréis pues?
–Pa el domingo que viene...
–¿Eh?... ¿Lerdos estáis o qué?... ¿No sabéis que papeles hay que arreglar primero?... Tantos años que habéis relaciones y ahora, de errepenterre os ha entrado la gana de casar... Además... la doctrina os tengo que tomar... Así, que ya sabéis: el domingo en
vez de venir a casar, tenéis que estar conmigo para que os tome bien la doctrina.
Al domingo siguiente acudía puntual Peru con su futura y don Celedonio interrogó primero a Arlote:
–A ver, Peru... ¿Cuántos dioses hay?
–¡Ené!, don Seledonio –respondió nuestro hombre dando un brinco en su asiento–, ¿HA HABIDO NOVEDAD, O QUE?