31 de marzo de 2005

Box of Taylor

A lo largo de los últimos días he de confesarles que me han enternecido muchas de sus reacciones ante mis últimos escritos. Por ejemplo, la encendida defensa de la filosofía de la corsaria Ana, que me hizo recordar aquellas palabras de Thomas de Quincey: cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar seguros de que no vale nada. Estoy viendo que la satira moderna, que es cosa del siglo XVIII, sigue sin leerse como tal aunque se sepa de su carácter satírico. Y mientras tanto yo me sigo sintiendo un poco como aquel mono que quería ser escritor satírico. Sin saber ya contra qué arremeter sin ofender a la mano que me da de comer o, simplemente, me aplaude.

Estos días he estado algo ocupado y los textos, de los que no reniego, han sido redactados bastante apresuradamente. Gracias a ello, supongo, al releerlos ahora resuenan los ecos que entonces, al componerlos, me pasaron desapercibidos. Recuerdo ahora una frase de Jaume Perich, sobre el que ya hablamos aquí, que más o menos decía: una de las profesiones que no ha llegado a alcanzar el reconocimiento que merece es la de sexador de rinocerontes. Ya ven, hasta el pobre A. W. F. Caldentey Gómez es, de alguna forma, un plagio.

Las cosas, las ideas, las sensaciones, todo se nos queda almacenado. En definitiva, la memoria es un poderoso instrumento de reproducción de la propiedad intelectual. Allí quedan registradas todas las obras con que nos topamos. Si mi tocayo bautista y la ministra calva cayeran en la cuenta, no me cabe duda de que andarían ahora exigiendo un canon por el uso y disfrute de la memoria (ni siquiera sería eso: teniendo en cuenta sus usos y costumbres más bien pretenderían recaudar una cantidad fija por ‘celebro’, se use este o no). Esto vendría a añadirse a la idea del señor Aquende de establecer un cánon sobre el folio en blanco, el más extendido soporte para reproducir obras protegidas por derechos de autor (por cierto, no se pierdan al bueno de don Gustavo hablando una vez más, con toda propiedad, de la cultura).

Con respecto al texto sobre las enciclopedias, el navegante Javier me ha hecho reparar en la idea de que la vida, la persona quedan fuera de ellas en favor de ‘el personaje’, uno de los ejes de mi escrito. Una vez más reconozco su origen. Releo El corazón de las tinieblas y me encuentro con esto: “...es imposible transmitir la sensación de vida de cualquier época determinada en nuestra existencia, aquello que la hace real, su significado, su esencia penetrante y sutil. Es imposible. Vivimos como soñamos, solos...”. Otro eco que debía andar resonando por ahí dentro mientras, con toda prisa, golpeaba el teclado.

Encuentro el origen de la idea del ‘reduccionismo’ de la persona a una profesión y una nacionalidad a una vieja costumbre de los anuncios (imaginarios) que solían publicarse hace años en El País Imaginario. Estaban, a su vez, inspirados en esa curiosa tradición de agregar, al bautizar una calle, la profesión de la persona cuando ésta no resulta suficientemente conocida a juicio del urbanista de turno. Así, por ejemplo, existe la calle Goya pero el Paseo del Pintor Rosales. Cuando no sé qué ayuntamiento dedicó una calle a AC/DC no se vió en la necesidad de colocar en las placas Avenida de los rockeros AC/DC, ya se sabía que no era una calle dedicada a las distintas formas de la corriente eléctrica. Sin embargo aquel payaso de nuestra infancia sí les pareció más fácilmente olvidable y, por tanto, bautizaron la calle como Payaso Fofó, para que no hubiera dudas. En aquel País Imaginario, todas las direcciones de los anuncios clasificados incluían siempre una profesión. Nunca olvidaré una de ellas: Escafandrista Cousteau, 25 3º Izda. Osvaldo López Quiroga es, estoy seguro, hijo de este recuerdo.

Bien es verdad que algunos de mis recursos a obras ajenas eran plenamente conscientes. En la apertura de mis discusiones filosóficas les coloqué una de las mas famosas citas de la Eneida (II, 354): una salus victis nullam sperare salutem. Nadie lo pidió entonces pero me voy a permitir traducirla (es decir, copiar una traducción). La única salvación de los vencidos es no esperar ninguna salvación. Claro que Aurelio Espinosa Posit, en su versión en endecasílabos lo tradujo como: ¿Qué salvación queda al vencido? Una: no esperar salvación. Mucho después Rabelais en su Gargantúa insistió en ello con claros ecos virgilianos: no hay mejor remedio de salvación para los que están agotados y destrozados que no tener ninguna esperanza de salvación. Transponiendo un poco lo que entonces era una llamada a la resignación veo claro ahora que no queda más remedio que resignarse a dejar que todos esos ecos sigan resonando en ese cajón de sastre que tenemos por cabeza, lleno de retales de los que resulta imposible deshacerse y que cosidos entre sí, la mayor parte de las veces sólo sirven para los armarios del Ejército de Salvación.

Como ven, sigo algo ocupado y sin mucho tiempo para atenderles. Disculpen que hoy ni siquiera me aproxime a esa barrera de las mil palabras que me impongo a diario y que tanto desalienta a los lectores ocasionales en beneficio de nuestra paz interior.