8 de marzo de 2005

Coche escoba

Como alguno de ustedes sabrá, el coche escoba es aquel que en las carreras ciclistas en ruta va recogiendo a los corredores que van quedando por el camino. Creo que es símil adecuado para lo que pretendo hacer aquí hoy. Consciente de mi dispersión, tan sólo igualada por la suya, llegué a sospechar que el número de ‘ciclistas’ abandonados a su suerte superaba en mucho a lo que cabría considerar razonable. Algunos, probablemente, merecieran tal abandono, pero otros quizá contaran con el crédito suficiente como para haberse ganado un traslado hasta una nueva línea de salida. Con esta idea me abroché el cinturón y puse el marcha el coche escoba para recorrer las ‘Salidas de Emergencia’ desde el primerísimo día en busca de posibles ‘supervivientes’ que pudimos dejar olvidados.

Debo reconocer que este viaje me ha resultado particularmente curioso. En tres meses hemos visitado tan diversos lugares que el ‘lenguaje privado’ que nos ha nacido por el camino debe resultar inescrutable para el no iniciado. Hemos conocido el Hotel de Hilbert, luego transformado en Airbus y, finalmente, en estantería. Tuvimos noticia del hombre de Eusko-magnon. Averiguamos en su día que la bella Proserpina se ha reencarnado y organiza las rebajas en connivencia con los directivos de Visa. No sólo medimos la legibilidad de los textos sino que llegamos a establecer procedimientos operativos para la medición de la estupidez. Tantas cosas que así, leídas de cabo a rabo como acabo de hacer, descolocan hasta al más descolocado (que ya saben que soy yo).

Sin embargo les confieso que me ha sorprendido el gran número de promesas cumplidas que encierran las páginas pasadas. No me sabía yo tan cumplidor. Me rogaron que tratara el espinoso asunto del bautismo por inyección, y así lo hice. Me reclamaron un texto sobre el sexo de los ángeles y aquí lo tuvieron (la Corsaria Ana se preguntaba en cambio por sus alas y no “por la pichurreta” demostrando con ello que ya tenía resuelta la cuestión). Me solicitaron que me ocupara de Sterne y de Ambrose Bierce, en fin, que no se pueden quejar de lo en cuenta que les tengo.

Aún así, la sospecha de que habíamos dejado algún asunto con vida por el camino se ha demostrado cierta. Tengo pendiente, por ejemplo, explicarles quién es Peru Arloteagabeitia, comentarles algunos grabados de M.C. Escher, denostar la defensa de los ‘patrominios intangibles’ de la UNESCO y acólitos, echar por tierra la idea de progreso y celebrar los excelsos versos de Fray Luis de León. Quede aquí esta lista de promesas pasadas como hito al que prometo regresar para recuperar estos ‘ciclistas’. Les enumero con mayor detalle otros corredores que no tengo muy claro si rescatar o merecen quedar en la cuneta.

1. Cuando se me ocurrió (en este caso sería mejor haber escrito ‘me se ocurrió’) asociar aquel libro que Borges nombra en La Biblioteca de Babel y que “constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último” con un pasaje del Génesis basándome en la peregrina idea de que MCV no es más que el número 1105 en números romanos, quien firma sus comentarios como Peru (por algo será), sugirió una relación aún más inquietante. Pues si el capítulo 11 del Génesis narra precisamente el episodio de la torre de Babel, no es menos cierto que Números 11,05 en traducción de Casiodoro de Reina dice literalmente: “Acordámosnos del pescado, que comíamos en Egipto de balde, de los pepinos, de los melones y de los puerros y de las cebollas y de los ajos”. Y aunque cabe la posiblilidad de que don Jorge Luis compusiera este pasaje estando próxima la hora del almuerzo y tan sólo estuviera consolando su necesitado estómago, entra también en el terreno de lo factible alguna que otra oscura intención de aquellas a las que Borges era tan afecto. Urge, por tanto, una investigación serena sobre los significados de tan misterioso libro. (Y si algún día leen un relato mío en el que aparece un librero judío llamado Mario Cornelio Voynich, sepan que ni su nombre ni sus iniciales son casuales; perseguían, entre otras cosas, una librería en la que los libros salen siempre envueltos en un papel que repite pervesamente las letras MCV, nada de lo cual, por supuesto, se especifica en el relato).

2. Curiosamente no fue el día en que analizamos detalladamente los paralelismos entre la historia de Onán y el desarrollo del Plan Ibarretxe, sino uno anterior, inocentemente dedicado a las aguas del Leteo y un conocido soneto de Quevedo, cuando surgió aquel engmático asunto sobre la sospechosa hipertrofia de las antebrazos de Popeye y su posible relación con el sexo solitario. Este Peru del que les hablaba antes asumió el compromiso de llevar adelante una detallada investigación al respecto sujeta a todos los rigores de la moderna ciencia experimental. Pues bien, puede que no lo sepan, pero ha llegado a mis oídos que dicho estudio ya está concluído. Unan sus voces a la mía para solicitar sus resultados y sacarnos de este mar de dudas. Desde aquí asumo mi compromiso de ofrecerles un resumen en cuanto me lo haga llegar si así lo desean. Les anticipo, no obstante, que la relación entre este estudio y la figura de Dionisio el Areopagita que solicitó nuestro árcade particular resultará difícil de establecer.

3. Cuando comenzamos el viaje por el razonamiento combinatorio, pasando por la literatura combinatoria, visitamos a unos cuantos personajes curiosos. También conocimos unos cuantos ingenios que se aprovechaban de esta idea, desde los “ambiciosos redondeles” de Ramón Llul que luego se convirtieron en la “Máquina Aristotélica” del padre Emanuel en aquella novela de Umberto Eco; pasando por la máquina para el “perfeccionamiento del conocimiento especulativo por medio de procedimientos prácticos y mecánicos” que descubrió Lemuel Gulliver en su viaje a Balnibarbi, hasta el fantástico generador aleatorio de artículos posmodernos. Conocimos a Kurd Lasswitz, el vals combinatorio de Mozart, los cien mil millones de poemas de Raymond Queneau... Sólo un oscuro personaje se quedó en el tintero: Quirinius Kuhlmann. Muy oscuro visionario silesio que practicó la poesía combinatoria y que fue llamado “el príncipe de los fanáticos” (de hecho llegó a creerse el hijo de Dios).

Valoren ustedes si merece la pena subir a estos tres ciclistas al coche escoba para que en un futuro les dedique un post. Les reconozco de todas formas que según recordaba la figura de Kuhlmann me iba quedando claro que me va a costar resistirme a no dedicarle un día de estos y claro, como ya saben de mi tendencia a hacer lo que me da la gana... Pero, en fin, también saben lo mucho que tengo en cuenta sus opiniones. Lo único que les ruego es que no me digan que escriba un día sobre todo ello junto. Me encantaría pero es tarea sobrehumana.