23 de marzo de 2005

Con mala espina

En línea con mi escrito de ayer les presumo, en su mayoría, de vacaciones (en algunos casos más que presunción es firme convicción avalada por datos contrastables). Les aseguro que me alegro por ustedes, pero deben reconocer que su holganza me obliga a tomar una serie de decisiones. Por ejemplo, desde el inicio de esta Semana Santa el nivel de absentismo en nuestro relato colectivo ha aumentado de forma alarmante. Dado que se encuentra a punto de finalizar el segundo turno, en cuanto esto se produzca, el relato quedará suspendido hasta el próximo martes día veintinueve. Por lo demás, las vaciones son periodo de relajamiento de costumbres y si ustedes se relajan no veo por qué no he de hacerlo yo.

Quería traerles hoy aquí a un viajero, de nombre Alessandro, nacido en Mulazzo, en el seno de una noble familia, en 1754. Fíjense si la familia era noble que,de acuerdo con cierta tradición, en su torre estuvo encerrado el mismísimo Dante Alighieri, el cual, demostrando poderes equiparables a los del vidente don Juan ya anticipó en su Purgatorio que iba a disfrutar de la hospitalidad de la familia (cuando les digo que todo está en la Comedia hablo en serio).

«Así la luz que a lo alto te conduce
encuentre en tu servicio tanta cera,
cuanta hasta el sumo esmalte necesites,

–comenzó– si noticia verdadera
de Val de Magra o de parte vecina
conoces, dímela, que allí fui grande.

Me llamaba Conrado Malaspina;
no el antiguo, sino su decendiente;
a mis deudos amé, y he de purgarlo».

«Oh –yo le dije– por vuestras comarcas
no estuve nunca; pero no hay un sitio
en toda Europa que las desconozca.

La fama con que se honra vuestra casa,
celebra a los señores y a sus tierras,
tal que sin verlas todos las conocen.

Y yo os juro que, así vuelva yo arriba,
vuestra estirpe honorable no desdora
el precio de la bolsa y de la espada.

Uso y natura así la priviliegian,
que aunque el malvado jefe tuerza el mundo,
derecha va y desprecia el mal camino».

Y él: «Marcha pues, que el sol no ha de ocupar
siete veces el lecho que el Carnero
cubre y abarca con sus cuatro patas,

Sin que esta opinión tuya tan cortés
claven en tu cabeza con mayores
clavos que las palabras de los otros,
si el transcurrir dispuesto no se para».
(Purgatorio, VIII, 112-139)

En otras palabras, Conrado Malaspina, al que Dante encuentra en el Purgatorio, le predice que no pasarán siete años sin que conozca personalmente la virtud de su familia, cosa que efectivamente ocurrió en 1306, cuando Dante fue su huésped. Como ya les he dicho, años después esta noble estirpe tan elogiada por Dante traería al mundo a otro de sus grandes hijos, Alessandro Malaspina. No corrían buenos tiempos para los Malaspina por aquel entonces, pero eso no impidió que éste recibiera una completa educación antes de comenzar su carrera militar. Antes de partir para España (que había recobrado la soberanía sobre el ducado de Parma en 1748 mediante el tratado de Aquisgrán) fue investido caballero de la Orden de Malta al igual que todos sus antepasados.

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Malaspina fue un declarado admirador del capitán Cook que, tras dos viajes a las Flipinas, ya con el grado de capitán de fragata, llevó a cabo la mayor exploración bajo bandera española de la época. Recorrió las cota americana deste Montevideo hasta la Patagonia, desde allí hasta Alaska, de allí a las islas Filipinas con escala en las islas Vavao. De esta escala es la anécdota que quiero traerles hoy aquí, poco apropiada para una Semana Santa, pero de alguna manera relacionada con la relajación de las costumbres.

El caso es que don Alejandro, durante su estancia en el archipélago de Vavao mantuvo unos cuantos encuentros con el cacique local, un tal Ko-Vuna. En una de sus visitas a bordo, Ko-Vuna se presentó con unas cuantas jovencitas indígeneas con la pretensión de que el capitán y sus oficiales disfrutaran de ellas. A partir de aquí abusaré del derecho de cita, que yo tambien merezco unas vacaciones. En lo que sigue, este post procede el libro de Emilio Soler Pascual, La aventura de Malaspina. Las citas de éste, son literales del diario de don Alejandro.

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... Dado que Alejandro se niega a seguirles el juego, Ko-Vuna excluye al mismísimo comandante Malaspina: sortea una jóven para cada uno de los oficiales, pero saltándose al comandante cada vez que le tocaba el turno.

«Esta chanza, realmente divertida no dejaba sin embargo de refluir hacia los depositarios del buen orden un carácter realmente ignominioso, particularmente en un país donde todo convidaba al placer... ».

Alejandro sabe reaccionar a las bromas groseras de Ko-Vuna y busca la revancha. Le pide a Ravenet, «en una de aquellas horas en las cuales el espíritu oprimido del navegante, y la idea siempre varia del pintor, necesitan de un cierto alivio y distracción», que dibuje «con mucha propiedad» una mujer dotada de todas las gracias personales «que más comúnmente solemos admitir en nuestra Europa». Ravenet la vistió al estilo de cómo se emperifollaban las panameñas y la dispuso tendida, en actitud intencionadamente descuidada, sobre una hamaca.

Con una sonrisa de complicidad, Ravenet y Malaspina presentan el cuadro a Ko-Vuna y le aseguran que es el retrato de la esposa de uno de ellos y que todas las esposas de los oficiales se asemejaban a ella. Ko-Vuma se queda admirado y sorprendido de su belleza y de la sensualidad que emana del dibujo. Además de comenzar a entender la frialdad de los españoles para con las nativas, se apresura a frotar su nariz contras la de la desconocida panameña. Examina, después, uno por uno, todos los detalles de su espléndida anatomía y pronto decide, en su ingenuidad salvaje, que quiere poseerla, de modo que, entusiasmado, se muestra dispuesto a cambiarla por una cantidad enorme de mujeres vavao.

Como los expedicionarios le convencen de que tal cosa no es posible, Ko-Vuna propone que su heredero, Feileua, viaje a España con los expedicionarios, se case allí y conduzca a su regreso a algunas de esas mujerres con las cuales él también podría casarse.

«Pareciéndole ya despreciables, y nada adecuadas al Tálamo Real, las hijas del difunto Paulajo, que nosotros, a la verdad y con mucha razón, preferíamos infinitamente al objeto imaginario de la pintura».

De nuevo se ven forzados los españoles a disuadir al cacique de la conveniencia de que el príncipe heredero emprenda tan largo y peligroso viaje. Pero Ko-Vuna vuelve a la carga por última vez. Manifiesta, totalmente en serio, que él mismo viajará a España si la travesía resulta compleja y delicada. Alejandro, ya casi sin argumentos que oponer, le advierte que entre los blancos sólo está permitido tener una esposa y que esas mujeres, aunque bellas, resultan algo enfermizas y poco dispuestas a satisfacer continuamente al esposo. Al parecer, estas revelaciones desencantan un tanto al gran cacique, que comienza a moderar sus lúbricos deseos.


Les confieso que tengo delante el retrato que hizo Ravenet y coincido con don Alejandro en su apreciación y juicio. No tengo scanner a mano y he rebuscado por la red sin encontrar ninguna reproducción del mismo. Tendrán que pasarse sin él. Pero ¿no están de acuerdo en que el último argumento de Malaspina propone un interesante tema de debate?