9 de marzo de 2005

De libris fatalibus

En vista de que nadie me lo prohibió ayer, daré rienda suelta a los instintos para presentarles al amigo Kuhlmann. Yo me lo encontré hace tiempo, cuando leí Los viajes de Gulliver y me topé con aquella máquina combinatoria para producir grandes obras literarias y de pensamiento. Allí, en la edición que yo manejaba, había una serie de notas a pie de página que a un desequilibrado como yo le incitaron a investigar un poco acerca de estos asuntos.

La primera nota se refería a algunos intentos, contemporáneos de Swift, de producción mecánica de obras literarias y que, supuestamente, trataba de parodiar en el Gulliver. En particular se refería al panfleto Artificial Versifying: A New Way to Make Latin Verses que el matemático J. Peter había publicado en 1678 y que ya había sido ridiculizado en The Spectator (núm 220) por Richard Steele (no está de más echarle un vistazo al volumen IX de la fantásica Cambridge History of English and American Literature).

La segunda nota contenía una fascinante frase al referirse a los precedentes de la máquina. Se la transcribo en su literalidad para que entiendan por qué no me pude resistir a seguirle la pista a este personaje: El visionario silesio Quirinus Kuhlman (condenado a muerte en 1689), aseguró haber inventado una máquina que daría la esencia de todos los libros que se habían escrito. ¿Cómo resisitirse? Esta máquina promete el secreto que tan celosamente guardaba Adam Falter y ustedes ya tienen noticia de mi natural curiosidad rayana en el cotilleo.

La cosa no resultó nada fácil. Mi primera esperanza, el casi infinito Google, no se mostró muy útil a la hora de obtener información acerca de Quirin. Sólo cuando quien comenta bajo el nombre de Peru me sugirió que añadiera una ‘n’ al final del nombre la luz comenzó a aparecer. Kuhlman pasó a ser Kuhlmann y los datos más diversos florecieron por doquier.

Debo sincerarme con ustedes. El alemán no se cuenta entre mis idiomas (lo que quiere decir que se cuenta entre los idiomas que alguna vez intenté aprender sin éxito) y casi toda la información acerca de Kuhlmann está en alemán. Si a alguno de ustedes se le da mejor que a mi la lengua tedesca quizá pueda ilustrarnos mejor. Yo he tenido que escarbar entre las migajas que encontré en idiomas más sencillos (español, italiano, inglés, tagalo, sánscrito y esperanto, fundamentalmente). Aún así, les traigo aquí hoy algunos resultados de mis averiguaciones. Les adelanto que no he conseguido ninguna noticia sobre la fantástica máquina que me llevó a ellas. Aún así, creo que merece la pena el viaje.

Un 25 de febrero de 1651 vino al mundo en Breslau, Silesia, Quirin, o Quirinus, o Quirinius Kuhlmann. A los diecisiete años le dio por escribir poesía y en 1670, al trasladarse a Jena a estudiar jurisprudencia compuso la pieza por la que se ganó el derecho a figurar con letras de oro (como aquellas que Cicerón arrojaba en el segundo libro de 'De la Naturaleza de los Dioses') entre los literatos combinatorios: el Himmlische Liebes-küsse, una suerte de soneto obtenido a partir de un ingenio mecánico que permitía un inmenso número de combinaciones. La cosa le proporcionó una cierta fama y si se hubiera quedado ahí le habrían ido mejor las cosas (aunque nos habríamos quedado sin el post de hoy). Pero Quirinus no era alguien que pudiera contarse entre las personas normales. De hecho, ya de jovencito había tenido extrañas visiones del Diablo y de Dios. El caso es que lejos de contentarse con su fama de poeta combinatorio, en 1673 se trasladó a la Universidad de Leiden para proseguir estudios.

En Leiden tuvo contacto con la obra de Jacob Boehme, otro pintoresco místico cuya influencia se deja ver en lugares tan dispares como la obra de Hegel (curioso que Kuhlman llegara a Leiden precisamente desde Jena, ¿verdad?) y la religión cuáquera. Boehme, en su primera obra, conocida como Aurora, decía cosas como que Dios, en lo más profundo de su ser era incapaz de saber qué es él mismo y que por ello necesita de nosotros, los seres finitos para verse reflejado en ellos. Como pueden ver en el enlace que les he dejado, también prefiguró la dialéctica hegeliana estableciendo un principio de polaridad positiva-negativa que nada tiene que ver con la polaridad taoísta mientras Daniel K no nos diga lo contrario.

Pero no nos vayamos por las ramas que el protagonista hoy es Kuhlmann. El caso es que este caballero se emocionó tanto con la Aurora de Boehme que escribió inmediatamente el Nuevo Entusiasmo de Boehme (Neubegeisterten Böhme), luego le dio por los Rosacruces, se unió a un extraño profeta llamado John Rothe y acabó por escribir un texto titulado “Prodromus Quinquennii Mirabilis”. Venía a decir en él que ese mismo año comenzaría la Quinta Monarquía del Reino de Dios y que él (más bien su mujer) traería al mundo un hijo que a través de muchos milagros fundaría este reino porque él, Kuhlmann, era el Hijo de Dios. No me digan que no tienen curiosidad por saber qué clase de whisky bebía este individuo.

Tal y como cabía esperar las autoridades holandesas no acabaron de creerse que estaban ante el Hijo de Dios y le expulsaron de todos aquellos lugares de los que podían expulsarle (la universidad, el país, ...). Comenzó así su peregrinaje por Francia e Inglaterra, durante el cual publicó a sus expensas multitud de obras en las que insitía en sus extrañas teorías y visiones. Una de ellas origino el episodio, a mi juicio, más maravilloso de la vida de este personaje, se titulaba De Conversione Turcarum, y en él se dirigía al sultán otomano Mohamed IV para convencerle de la necesidad de su conversión ante la inminente llegada del Reino del Dios uno y trino.

Ni corto ni perezoso, dejando a su mujer en Inglaterra (que por lo visto seguía sin dar a luz al fundador del reino de Dios) se dirigió a Turquía y solicitó ser recibido por el Sultán (no está claro si fue Mohamed IV o su hermano y sucesor Solimán III; Mohamed había tenido que abandonar el trono en 1687 por la rebelión de los jenízaros ante la derrota de Mohács). Kuhlmann no tenía ni idea de turco pero de alguna forma consiguió convencer a quien fuera menester diciendo (supongo que por señas) que era capaz de hablar cualquier lengua. Una vez en presencia del sultán se quedó allí quieto esperando la llegada de unas elocuentes palabras en turco de inspiración divina que jamás aparecieron. Qué escena más maravillosa. Todo un gran sultán turco esperando impaciente que la divinidad se exprese por boca de aquel personaje estrambótico que tenía enfrente. Al sultán, una vez recuperado de su asombro, no le quedó más remedio que ponerlo de patitas en la calle, pero en una calle fuera del país.

Kuhlmann se dirigió entonces a Rusia invitado por el círculo de seguidores de Boehme (entre ellos el comerciante alemán Konrad Nordemann y el pintor Otto Henin). Allí sus rarezas encontrarían fin, un fin que ya se va viendo venir desde sus primeras visiones. Aprovechando que había abandonado a su mujer en Inglaterra, había decidido casarse por segunda vez, no sé si para intentar concebir de una vez al niño salvador. Además había empezado a escribir cartas al entonces regente y luego zar Pedro I exponiendo sus curiosas visiones milenaristas. Esto llamó la atención de algunos pastores de la iglesia ortodoxa, algo revuelta ya por algún que otro intento de escisión interna, que lo denunciaron. En 1689, Kuhlmann, Nordemann y Henin fueron detenidos y procesados El pintor no pudo resistir la tortura y se suicidó en la cárcel. Los otros dos fueron condenados a muerte. El 4 de octubre de 1689, Kuhlmann moría en una hoguera a la que tambien se arrojaron todas sus heréticas obras. Sólo faltaban treinta y siete años para que Los viajes de Gulliver se publicaran. Tengo entendido que Tolstoi narró este proceso y ejecución en alguna de sus obras, pero no he tenido ocasión de leerla.

Pero no vayan a creer que con esta quema desaparecieron de la faz de la tierra todos los escritos de Kuhlmann. Alguno que otro, se conserva. Existe, por ejemplo un raro ejemplar del Kühlpsalter (1684-86) con sus cuatro partes completas, ¿adivinan donde? En la Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la Universidad de Yale, la misma que posee el conocido Manuscrito de Voynich, tan del gusto de esotéricos y parapsicofrénicos (disculpen el palabro, pero es que ya no sé cómo llamarlos) y sobre el que existe una curiosa y solvente teoría que afirma que fue compuesta mediante procedimientos combinatiorios (y que ya les señalé hace tiempo). Qué pequeño es el mundo, ¿verdad?

No hace mucho nos planteamos aquí, cuando hablamos de Arquíloco y Licambes, lo peligrosas que pueden resultar las palabras. Se nos quedó sin tratar, no obstante, el peligro más básico de las mismas: lo dicho dicho queda; lo escrito, escrito queda, y uno debe asumir las posibles consecuencias funestas de esas palabras que ya no podemos cambiar. Kuhlmann fue víctima de sus propias palabras que, por ello, fueron quemadas con él. Por la misma razón, una de mis fuentes para contarles la vida de Kuhlmann es un curioso librito que encontré en edición electrónica y del que no tenía ninguna noticia hasta comenzar mis pesquisas: Books Fatal to their Authors, publicado en 1894 por P.H. Ditchfield (si alguien lo quiere en PDF que me lo diga). No me negarán que la idea de presentar en un volumen a unos cuantos (porque todos, como reconoce el autor, sería inabarcable) de aquellos que perdieron la vida o sufrieron persecución por escribir tiene su atractivo. Ditchfield lo expresa aún más poéticamente: “The race of fools who made themselves uncomfortable through their insane love of writing”.

En este libro se expone la vida y obra de gentes muy diversas, cuyo único nexo es que sus escritos les costaron distintos padecimientos. Se habla de Miguel Servet, Guillermo de Ockham, Cornelio Agrippa, Roger Bacon, Giordano Bruno, Galileo, Dennis Diderot, Jean Jacques Rousseau, Daniel Defoe, y muchos más. El capítulo segundo lleva el sugerente título de Fanáticos y librepensadores y se abre, no podía ser de otra forma, con nuestro amigo Kuhlmann. Quizá otro día rescate a algún otro de allí. Por el momento, váyanse preguntando por los riesgos de la graforrea (hoy me ha dado por los neologismos) que todos los feligreses de esta parroquia padecemos.